Dormir y comer entre historia: Hotel Intelier Palacio de San Martín
Los hoteles
funcionan como un simple punto de descanso, por muy placentero y
confortable que sea tal cosa en determinados establecimientos, y otros que ayudan
a entender una ciudad. El Hotel Intelier Palacio de San Martín
pertenece claramente a los dos bandos. Situado en pleno centro histórico de
Madrid, este edificio del siglo XIX —declarado Bien de Interés
Cultural y antigua sede de la primera Embajada de Estados Unidos en
España— ofrece una manera distinta de alojarse en la capital: con la sensación
de formar parte de su historia cotidiana.
Cabe decir,
antes que nada, que Intelier Hotels & Suites inicia este año
consolidando su presencia en destinos urbanos clave como Madrid, Sevilla
y San Sebastián, y el Palacio de San Martín es uno de los mejores
ejemplos de esa estrategia. La cadena, con más de 60 años de trayectoria,
apuesta aquí por una hospitalidad que dialoga con el entorno y por experiencias
con identidad propia. Como explica su director general, Iker Llano:
«La clave de nuestra estrategia en 2026 es consolidar lo que hemos
construido hasta ahora y mirar al futuro sin prisa pero con
determinación. Queremos que cada hotel sea un reflejo de la ciudad que
lo acoge, mejorando la experiencia del huésped y aportando dinamismo a
cada destino donde operamos».
Esa filosofía se
percibe en cada rincón del hotel. Una reforma integral ha
permitido actualizar el edificio sin perder su esencia histórica, en un
proyecto liderado por la decoradora Catherine Grenier & Acdeco. El
resultado son 94 habitaciones renovadas con un estilo fresco y
contemporáneo, espacios comunes cuidados y llenos de luz, un patio
interior con un espectacular jardín vertical y una fachada
restaurada que recupera el tono verde original del siglo XIX. «La
reforma de Palacio San Martín no solo refuerza su esencia histórica,
sino que también lo proyecta hacia el futuro, ofreciendo a los huéspedes
una experiencia única en el corazón de Madrid», señala el propio Iker
Llano.
Restaurante Antigua Embajada
A todo ello se
suman servicios pensados para el viajero urbano actual: un gimnasio
compacto pero equipado con tecnología de última generación, con
acceso exclusivo para huéspedes y sauna; salones para eventos
como el espacio Antigua Embajada, con capacidad para hasta 90
personas y vistas panorámicas de Madrid; y un desayuno buffet
basado en productos de proximidad y opciones saludables. Todo en
una ubicación privilegiada, en pleno Madrid de los Austrias, a un
paso del Palacio Real, la Ópera, Callao o la Puerta del
Sol, y con una conexión inmejorable tanto a pie como en transporte
público.
Si el edificio
invita a mirar hacia arriba, la mesa anima a quedarse. Antigua
Embajada, el restaurante del hotel, traslada esa misma idea de respeto
por la historia al terreno culinario, con una cocina que parte del recetario
madrileño y lo actualiza sin disfrazarlo. Se trata de una lectura
contemporánea de lo castizo, apoyada en producto de proximidad y en
una propuesta pensada tanto para el viajero como para el comensal
local. La competencia es dura en el centro madrileño, pero lo cierto es que
este restaurante es garantía de comer a las mil maravillas y no buscar
nada más.
Además de la
carta, el restaurante ofrece un menú semanal que cambia con regularidad
y que se sirve a un precio muy ajustado dada su altísima calidad
—23 euros en la terraza y 21 en el interior—, lo que lo convierte
en una opción perfecta en la zona. La incorporación de la brasa
marca el tono de la cocina: sabores reconocibles, bien definidos y con
ese punto directo que invita a volver. Y si no, lean lo que sigue:
platos como la hamburguesa de pollo de corral marinado en chimichurri,
servida en pan pretzel con manchego y pack choi; la hamburguesa de
vaca madurada en pan brioche, con setas shimeji y brie fundido;
clásicos castizos como el mollete de pringá madrileña con toque de barbacoa
coreana; o el croissant roll de rabo de ternera desmenuzado con
salsa Pekín trufada y cacahuete. La tarta de queso con base de Oreo y
helado de pistacho o el tiramisú con licor de madroños ponen el broche
perfecto.
Todo ello se
disfruta en un entorno que suma tanto como el plato: una terraza
abierta a la Plaza de San Martín, tranquila y peatonal, que funciona
como un pequeño paréntesis dentro del centro histórico. Sentarse aquí es
comprobar que todavía existen rincones donde Madrid se saborea con calma,
lejos del ruido, pero en el corazón mismo de la ciudad.