El consejo de un "cura fantasma" que dio vida a la ONG que nunca deja solos a los niños en el hospital
Hay historias que no se planean, que surgen en silencio en medio del cansancio, la incertidumbre y el ruido. La de Majo Gimeno, valenciana de 47 años y madre de Adela y Borja, no comenzó como una idea brillante premeditada ni con un plan estratégico, sino que brotó como catalizador de un agotamiento profundo, el miedo, la impotencia, una maternidad recién estrenada y una parálisis existencial a la que la protagonista de esta historia no conseguía poner nombre.
Antes de fundar la ONG Mamás en Acción, Majo trabajaba en una gran entidad financiera y le gustaba su trabajo: «Me encantaba lo que hacía. Eran años de bonanza, había presupuesto, creatividad, proyectos… disfrutaba de verdad». Pero llegó 2008, la crisis y el vértigo. Mientras la economía se desplomaba, Majo ascendía sin buscarlo y, al mismo tiempo, llegaba su primer gran sueño: su hija Adela. La alegría chocó de frente con el miedo: auditorías, despidos, silencios incómodos en los pasillos y la sensación de estar dentro de algo que empezó a perder sentido.
Un día el cuerpo y la mente le dijeron basta, literal. Estaba dando un paseo a su pequeña cuando, en un paso de peatones, las piernas no le respondían y se quedó paralizada.Ese fue su punto de inflexión. En plena angustia, Majo empujó el carrito de su hija sin rumbo hasta una iglesia que reconoció al acercarse, la parroquia de San Nicolás, la misma donde iba de niña con su abuela, y allí se sentó buscando aire. Se le acercó un sacerdote; ella quería silencio. Comenzaron a hablar y ella se desahogó. Aquel cura, tras escucharla le dijo: «Majo, tus problemas son una buena noticia. Y ahora hazme un favor: acompaña a un niño que está enfermo y solo en un hospital. Verás cómo te sientes mejor».
Una habitación sin nombre
Ella pensó que no podía ser verdad, un niño solo en un hospital en Valencia, pero con todo lo que tenía encima descartó la idea, sin embargo esa frase se le clavó. Fue su marido quien le dijo que acudiera a aquella cita que, sin saberlo, le cambiaría la vida. Así hizo. Se dirigió al Hospital La Fe y buscó la habitación indicada por el párroco. Se encontró con una puerta sin nombre, solo un plástico vacío; dentro, un bebé dormía. Estaba absolutamente solo. «El impacto fue brutal», rememora. Las enfermeras confirmaron que aquel menor no tenía a nadie; podía quedarse con él, pero necesitaba pertenecer a un colectivo. ¿A cuál? No había ninguno. O sea, que si no pertenecía a alguna asociación o grupo de ayuda, ella, a nivel individual no podía quedarse acompañando al menor. Dice que sintió rabia, dolor, incredulidad. No podía creer que aquello fuera real. Intentó volver, no la dejaron. Regresó a la parroquia para buscar al sacerdote, pero ya no estaba, nadie sabía quién era aquel párroco. Nunca volvió a saber de él. Nadie lo conocía.
«Aquello fue como de película, como si hubiera aparecido solo para decirme eso y desaparecer». Pero había plantado una semilla en Majo que no había hecho más que iniciar un camino que ni ella sabía dónde la llevaría. Su vida siguió: el trabajo, los hijos, la rutina, pero la imagen de aquel bebé solo la perseguía. Pasaron meses, muchos meses hasta que un día decidió tratar de solucionar esa situación que a ella le parecía desgarradora.
Obstáculo tras obstáculo
«Quise montar una fundación, pero me solicitaban 30.000 euros de depósito, imposible. Entonces alguien me habló de otra vía: una asociación, cuatro firmas y 40 euros. Así que reunió a tres amigas y, casi sin hueco en nuestras agendas, firmamos la constitución de la asociación un viernes a las ocho de la mañana antes de ir a trabajar», relata. Así surgió Mamás en Acción. Era 2013. Cinco años después, Majo descubrió algo que todavía hoy la emociona: la asociación se había constituido el 5 de diciembre, víspera de San Nicolás, la parroquia donde empezó todo. «No soy practicante ni voy a misa, pero esa fecha... fue como si se cerrara un círculo». Pero los obstáculos continuaron. Pese a estar constituidas como asociación necesitaban un aval para acompañar a menores. Así que pensaron que lo mejor era colaborar como voluntarias en asociaciones donde había niños sin familia y desde ahí dar el salto a su objetivo: que ningún menor esté solo en el hospital.
Entonces llegó el primer caso. Una llamada del Hospital de La Fe les avisaba del caso de un niño de siete años, víctima de maltrato extremo, que llevaba dos meses en UCI y que solo podía pasar a planta si ellas lo acompañaban. Estuvieron con él cinco meses y medio sin dejarlo solo ni un minuto. Las cuatro amigas hacían turnos de mañana, tarde, noche. La psiquiatra infantil les habló del riesgo de agresividad futura en niños maltratados; ellas, por intuición, empezaron a escribir libretas sobre su estado emocional, y sin saberlo estaban creando un material clínico valiosísimo.
Ese niño tuvo un final feliz, pero el desgaste emocional fue inmenso y Majo pensó en cerrar la asociación. Y entonces llegó otra llamada: una bebé con leucemia, terminal, sola. «No fui capaz de decir que no. Nos pidieron que no muriera sola. Y así fue». Desde ahí, las llamadas no pararon. En 2018, la jefatura de pediatría y psiquiatría de La Fe presentó un estudio nacional a través del análisis de10.000 horas de acompañamiento que ellas habían realizado: los niños acompañados se recuperaban antes y los niños víctimas de maltrato no desarrollaban el patrón agresivo habitual.
Fue un análisis científico histórico gracias a la labor de las por entonces cuatro mamás en acción. A partir de ese momento comenzaron a llamar pediatras de toda España. Su primera reacción fue decir que no pues su vida no le daba para más. Pero el gerente del Hospital Niño Jesús de Madrid insistió, le ofreció empezar en secreto, sin presión. «Cómo iba decir que no?», reflexiona.
54 hospitales, 11 ciudades y más de 3.000 voluntarios
Majo llamó a amigas tanto de Madrid como de Valencia e inició una movilización. En julio de 2019 comenzaron a acompañar en paliativos infantiles. El proyecto se hizo algo inmenso, llegaron La Paz, 12 de Octubre, Gregorio Marañón, Gómez Ulla… luego Murcia, Barcelona, Bilbao, Zaragoza, Sevilla, Huelva, Castellón, Alicante, Las Palmas… Y hoy en día están en 54 hospitales, 11 ciudades, más de 3.000 voluntarios, y siguen aumentado, pero ese crecimiento implicaba muchísima dedicación a un proyecto que todos los voluntarios compaginaban de manera altruista con su día a día: seguros, formación, desplazamientos, evaluaciones psicológicas, cumplir la ley... Majo siguió trabajando hasta 2021 conciliando como podía: por el día familia y Mamás en Acción, por la noche trabajo, hasta que no pudo más.
Es más, todos los gastos e inversiones los realizaba Majo de su bolsillo. «Tenía una gran deuda, me estaba quedando sin fondos y estuve a punto de cerrar. Pero decidí reunirme con inversores. Les conté todo el proyecto y aceptaron financiar con una condición: que yo dejara mi trabajo y me dedicara al 100%. Me moría de miedo y temía que hubiera quien pensara que había montado esto para vivir de ello. Pero los inversores me dijeron: ‘‘Si te importan más las críticas que los niños no lo hagas’’». Tomó entonces la decisión, el 2 de abril de 2022, su cumpleaños, firmó su contrato. Desde entonces trabaja oficialmente dirigiendo Mamás en Acción junto a un consejo y acompañan a tres perfiles de menores: los que están solos porque sus padres no pueden permanecer a su lado, aquellos cuyos progenitores están sobreviviendo a situaciones límite y los tutelados por la Administración, que suponen más de 51.900 menores en España y hay más de 17.000 esperando ser acogidos.
«Cuando nuestros hijos enferman, el medicamento no es lo primero, sino esa voz que les dice: ‘‘Estoy contigo’’. Esa mano que arropa y acompaña», dice Majo, que ahora trabaja en nuevas aperturas del proyecto en Mallorca, Pamplona, Málaga y Granada.
Y pensar que todo esto surgió de una conversación con un «cura fantasma» del que nunca más volvió a saber.