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Israel Fernández en Madrid: misa flamenca en dos actos

Con los brazos en cruz, un ancho traje de chaqueta azul celeste y unos rizos cuidadosamente alborotados, Israel Fernández apareció este martes, pasadas las ocho de la tarde, bajo la luz de un foco y sobre el escenario del Teatro Circo Price de Madrid. Ante un público al que se le percibía sed de guitarra flamenca -como los fieles acuden a misa en busca de sanación-, el cantaor no ocupó con palmeros y músicos desde un primer momento las sillas que se distribuían por las tablas. Comenzó el concierto, enmarcado en la programación de Inverfest, cantando y tocando el piano junto a un trío de cuerda. Un inicio que sonó con la suavidad de quien pretende recoger al máximo la atención de la audiencia, hacerla suya, y una vez la tiene entre sus manos -o entre las teclas del piano-, la sabe ya preparada para llevarla hacia el entendimiento y el disfrute, en este caso, del flamenco.

El artista presentaba "De oro y marfil", uno de sus shows más ambiciosos, y que afronta como un sutil viaje por su personal manera de interpretar el cante flamenco. Un recorrido de composiciones propias y revisiones de clásicos, todos ellos hilados y llevados a un nuevo terreno escénico y musical. Con el piano como ornamentación central del concierto, también entraron en juego cuerdas, coros y flamencos, erigiéndose en suma el espectáculo como una serie de ritos entre lo delicado y lo melancólico, entre el desgarro y el festejo.

Fernández ofreció una misa flamenca en dos actos. Una experiencia sensorial y espiritual con no mayor religión o deidad que la de la moderna y "jonda" voz de Fernández. Tras el mencionado arranque del primero, salieron entre aplausos dos palmeros, un cajonero y un nombre que siempre va de la mano al del cantaor toledano: el guitarrista Diego del Morao. Conforman ambos una de esas duplas que tanto caracterizan al género, que lo alimentan con un encanto basado en la conexión entre voz y cuerdas. Juntos sacaron en 2020 "Amor", consolidándose como una de las parejas más potentes del flamenco actual, herederos y discípulos quizá de aquel arte con el que brillaron Camarón y Paco de Lucía, Morente y Pepe Habichuela. Un coro de tres mujeres completaban la formación completa del concierto.

Con las "Alegrías de Santa Ana", el cantaor rindió homenaje a la ciudad en la que estaba actuando, y que también le vio crecer. "Madrid es mi tierra, donde me he criado, me he hecho, he aprendido tanto por las calles del centro... en el Candela, en Casa Patas o en la Plaza de Santa Ana, con García Lorca cogiendo las palomas. Doy gracias a la música, a Dios, que es el que manda, y a mi Diego del Morao, por tenerlo cerca de mí", confesaba Fernández, mostrándose en sus palabras tan respetuoso como su arte se enfrenta al cante. "Las gracias en la música, el amor y la comida no hay que guardarlas, siempre hay que darlas", añadía con su también particular encanto.

Tras cantar por soleá y una serie de tangos flamencos, Fernández dejó sonar en solitario la guitarra de Diego del Morao, quien interpretó una bulería que se hizo con el volcado aplauso del público. Y así dio comienzo al segundo acto de este solemne y sentido concierto, apareciendo Fernández esta vez vestido entero de blanco, y sentándose de nuevo ante el piano. Brindó uno de los momentos más emotivos del show: interpretó "Al alba", icónico himno de Luis Eduardo Aute. Un tema, definió el cantaor, "muy especial, es la primera vez que lo interpreto ante un público. Ojalá fuese un pianista virtuoso. Aprendí a tocarlo en la iglesia, y lo sigo haciendo con mucha humildad, con las negras no me llevo muy bien", explicó. En seguida, volvieron los violines, el violonchelo, la guitarra y compañía, y el artista cantó una granaína para, después, de nuevo en el piano, atreverse con otro acto inédito: "Nunca he cantado por fandango con el piano", confesaba.

El artista cerró el concierto como quien es consciente de que el mensaje ya ha calado entre el público: con la celebración del arte flamenco en su faceta más reconocible y fiestera. Se arrancó por bulería, antes de que el escenario se tiñera de verde -ese color que recuerda a la esperanza, al misticismo y la renovación artística- para interpretar "La inocencia". Una canción que sonaba a despedida, pero que precedió a un bis que consolidó el espectáculo como un auténtico rito flamenco. Los diez músicos y el cantaor se despidieron cantando y bailando rumbas. Un broche festivo que, más que percibirse como un "podéis ir en paz", se recibió como un "podéis ir bailando, taconeando, hasta que la guitarra de Diego del Morao deje de sonar".

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