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Los niños más tranquilos suelen nacer durante estos 3 meses del año, según un estudio

La personalidad infantil es el resultado de múltiples factores que van desde la genética hasta el entorno familiar y social. Durante décadas, psicólogos y especialistas en desarrollo infantil han analizado cómo influyen estos elementos en el carácter de los niños. Sin embargo, algunas investigaciones también han explorado variables menos evidentes, como la estación del nacimiento, planteando la posibilidad de que el momento del año en el que llega un bebé al mundo tenga cierto impacto en su comportamiento.

Diversos estudios han investigado cómo los cambios estacionales pueden influir en el desarrollo neurológico. Una investigación presentada en el Congreso del Colegio Europeo de Neuropsicofarmacología (ECNP) analizó la posible relación entre la estación de nacimiento y el funcionamiento de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, ambos implicados en la regulación del estado de ánimo y las emociones.

Los resultados sugieren que los bebés nacidos en determinadas épocas del año pueden mostrar, en promedio, diferencias en su temperamento. Aunque los expertos advierten que estas tendencias no determinan la personalidad de forma absoluta, sí podrían influir en ciertos rasgos emocionales y conductuales.

Mayo: bebés con temperamento estable y afectivo

Según la investigación, los niños nacidos en mayo suelen mostrar un carácter emocionalmente positivo y estable. Los especialistas relacionan este comportamiento con la transición hacia estaciones con temperaturas moderadas y mayor presencia de luz natural en el hemisferio norte, factores que podrían influir en el bienestar emocional de la madre durante el embarazo y en el desarrollo del bebé.

Los estudios sobre ritmos biológicos señalan que estos niños tienden a adaptarse con facilidad a rutinas de sueño y alimentación. Además, presentan menor tendencia al llanto sin causa aparente, lo que suele interpretarse como una mayor regulación emocional en sus primeros meses de vida.

Septiembre: menor irritabilidad y mayor observación del entorno

Los bebés nacidos en septiembre también aparecen en los análisis como menos propensos a mostrar irritabilidad frecuente. Algunos expertos relacionan este fenómeno con los cambios ambientales que se producen tras el verano, cuando disminuyen las temperaturas extremas y se estabilizan los ciclos de luz y oscuridad.

Investigaciones sobre estacionalidad y desarrollo infantil sugieren que estos niños pueden mostrar una mayor tendencia a observar su entorno antes de reaccionar ante estímulos nuevos. Esta actitud se ha asociado con niveles más equilibrados de respuesta emocional y con una adaptación progresiva a nuevas situaciones.

Enero: resiliencia y madurez temprana

Los nacidos en pleno invierno, especialmente en enero, también destacan en algunos estudios por presentar menor propensión a la irritabilidad. La investigación presentada en el ECNP indica que los bebés nacidos durante los meses más fríos pueden mostrar mayor tolerancia a la frustración y una actitud más tranquila ante estímulos externos.

Algunos científicos relacionan este fenómeno con la menor exposición a la luz solar durante las últimas etapas del embarazo, lo que podría influir en el desarrollo de sistemas neurológicos vinculados al control emocional. Además, ciertos trabajos en neurociencia sugieren que los bebés nacidos en invierno pueden desarrollar estrategias adaptativas que favorecen la resiliencia desde edades tempranas.

El papel de la luz solar y los factores ambientales

La comunidad científica coincide en que la exposición a la luz solar durante el embarazo podría influir en la producción de vitamina D y en la regulación hormonal, aspectos que afectan al desarrollo cerebral del feto. Asimismo, los cambios estacionales pueden modificar hábitos de sueño, alimentación y actividad física de la madre, lo que también podría repercutir en el desarrollo del bebé.

Sin embargo, los especialistas subrayan que estas asociaciones representan tendencias estadísticas y no determinan el carácter de un niño. La educación, el entorno familiar, la estimulación temprana y las experiencias personales siguen siendo factores fundamentales en la formación de la personalidad.

Los psicólogos infantiles recuerdan que cada niño es único y que el temperamento puede cambiar con el crecimiento y las experiencias vividas. Aunque la estación de nacimiento pueda influir ligeramente en ciertos rasgos emocionales, no predice el comportamiento futuro ni define la personalidad adulta.

Comprender estas investigaciones permite conocer mejor cómo interactúan los factores biológicos y ambientales en el desarrollo humano. Sin embargo, los expertos coinciden en que el cuidado, el afecto y la estabilidad emocional en el entorno familiar siguen siendo los pilares más importantes para el bienestar infantil.

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