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Irán, la revolución de Dios

En 1978 y 1979, el pensador francés Michel Foucault escribió varios textos –18 en total– analizando con simpatía lo que estaba ocurriendo en [[LINK:TAG|||tag|||63361488ecd56e3616931d8f|||Irán]]. En un gesto más frecuente de lo que parece, el nihilismo desembocaba en la fascinación por las formas más fundamentalistas de la experiencia religiosa. Mientras, tras la salida del país del Sha el 16 de enero, el ayatolá Ruhollah Jomeini llegaba a Teherán procedente de París para hacerse cargo de la Revolución. En cuanto a lo primero, poco ha cambiado. La República islámica de Irán sigue fascinando al progresismo occidental, como muestra su indiferencia ante la brutal represión sucedida en las últimas semanas. En cambio, la Revolución chiita se acaba de enfrentar a una nueva crisis, más de fondo que las anteriores, y en condiciones mucho peores. Lo que fue un triunfo resonante lleva mucho tiempo convertido en una pesadilla.

Jomeini quería convertir a Irán en un faro para la renovación del islam y Oriente Medio

Esta es la historia que relata «La sombra del Ayatolá», el reciente libro de Javier Gil Guerrero, investigador y profesor de la Universidad de Navarra especializado en la política exterior norteamericana en Oriente Medio y, sobre todo, en el Irán contemporáneo, al que ha dedicado numerosos estudios académicos. El libro arranca, como no podía ser menos, con la crisis final del régimen del Sha, aunque se echa de menos alguna página sobre el momento crucial de la salida. La crisis resulta aún más esclarecedora en estos días en que la figura del emperador suscita el interés de los jóvenes, como ocurre aquí con la figura de[[LINK:TAG|||tag|||633618f159a61a391e0a15f7||| Francisco Franco]], y por razones no del todo distintas.

Obsesiones de la Revolución

Están bien analizadas las obsesiones ideológicas de la Revolución: antiimperialismo –en recuerdo del Sha, pero también de las humillaciones de los británicos–, búsqueda de una vía propia entre el comunismo y el mundo capitalista, y, de fondo, el antiamericanismo y la voluntad de destruir Israel como constantes. Estos elementos articulan una posición antiliberal, contraria de raíz a los presupuestos políticos e ideológicos de la modernidad. Se entiende que para un postmoderno como Foucault la Revolución iraní resultara tan atractiva.

Como describe Javier Gil, fue el líder de la Revolución quien consiguió definir el régimen que prevalecería después de aquellas jornadas. Jomeini lo había definido muchos años antes, en algunos textos revolucionarios, como el «velayat-e faqih», la custodia del jurista o gobierno de los clérigos. Serían estos los que detentarían el poder único en virtud de su excelencia en el conocimiento de la doctrina religiosa y la jurisprudencia islámica. El Gran Ayatolá, como la máxima autoridad, se arroga el poder supremo e indiscutible, y para su gobierno elige a un Consejo de la Revolución Islámica que ejerce de gobierno en la sombra. También dirige los Comités de la Revolución Islámica (CRI), encargados de la purificación de la sociedad mediante el terror, y el Cuerpo de Guardianes de la Revolución islámica, o pasdarán, que actúa como un ejército paralelo al oficinal –el artesh–, nutrido con voluntarios creyentes firmes en el islam chiita y en la Revolución. Con una jerarquización que el resto del islam desconoce, las universidades islámicas seguirán formando a los clérigos distribuidos por todo el país, en particular por las muy extensas áreas agrícolas, donde ejercen un control estricto sobre la población apoyados por los CRI. A todo esto se suman las fundaciones encargadas de la política social, que han creado una gigantesca arquitectura de subsidios de los que depende –hoy más que nunca, dada la intensidad de la crisis económica– buena parte de la población.

El armamento nuclear siempre ha sido la gran baza de la República y su obsesión

Este diseño institucional responde al proyecto primero de Jomeini, que aspiraba a crear, con el «velayat-e faqih», un gobierno dominado por los religiosos y con el poder concentrado en exclusiva en la figura del Gran Ayatolá. No pudo ser, y Jomeini tuvo que transigir con el resto de las fuerzas revolucionarias. Así es como la Constitución, que proclamó la República Islámica, fundó también un régimen de partidos, con elecciones periódicas y un Gobierno controlado por un Parlamento. Quedaba instaurado el principio de la libertad de expresión y la tolerancia con las minorías religiosas, salvo los bahaís, aborrecidos por el chiismo y sometidos a una persecución sistemática. Por mucho que la Revolución se hubiera hecho en nombre del islam, los apoyos que había recibido eran demasiado variados, y la sociedad iraní demasiado pluralista como para que la República, aunque islámica, lo fuera en exclusiva.

La convivencia de estas dos grandes realidades –un Estado islámico, por una parte, con todas sus ramificaciones sociales, militares y policiales, y por otro el Estado republicano y una sociedad muy joven en cambio constante– explica la complicada historia de la República Islámica de Irán desde 1979. Gracias al relato de Javier Gil entendemos la naturaleza, los apoyos y los propósitos de las oleadas reformistas que se suceden desde entonces. También contemplamos cómo esa voluntad reformista y liberal se estrella una y otra vez en el Estado islámico que constituye la columna vertebral del régimen: los candidatos a las elecciones tienen que pasar el filtro del CRI, las decisiones del Parlamento son anuladas y, llegado el caso, la voluntad del Líder Supremo se impone sobre cualquier otra. No sin resistencia, como muy bien analiza Javier Gil, con episodios dramáticos protagonizados, en un lado y en otro, por personajes casi siempre fascinantes, muchos de ellos con una extraordinaria preparación intelectual. No por nada la República iraní es una república de clérigos.

En perpetua lucha

Esta perpetua lucha entre dos grandes tendencias –característica, por otro lado, del antiguo dualismo chiita– va atravesada por la política exterior, que ha sido decisiva en los designios y la conformación del Irán moderno. Jomeini y sus clérigos no hicieron la revolución para atrincherarse en sus fronteras. Desde el principio, quiso convertir la nueva República en un faro para la renovación del chiismo, del islam y por tanto de todo Oriente Medio. Esta voluntad se plasmó primero en la creación de grupos que actuarían como exportadores de la revolución islámica en la región: Hezbolá, en el Líbano, Hamas en Gaza y los hutíes en Yemen.

A pesar de los intentos de los líderes de Irán, ellos solo han arruinado y aislado el país

La República islámica emprende así una acción desestabilizadora, política y terrorista, bestialmente violenta llegado el caso, para redefinir todo Oriente Medio y convertir a Irán en el Estado hegemónico de la región. El armamento nuclear era una baza fundamental en este proyecto y quedó convertido en la segunda gran obsesión del régimen. Las dos han fracasado y –junto con la ya lejana Guerra con Irak, de entre 1980 y 1988, que desangró literalmente el país por mucho que movilizara el fervor nacional y religioso– han acabado por aislar y arruinar a Irán. Consecuencia de este fracaso son las últimas revueltas. Aunque estas forman parte, en cierta medida, de la propia dialéctica de la República islámica, las últimas han sido particularmente virulentas y han puesto en cuestión el régimen y han sido reprimidas con una violencia inusitada, incluso para los parámetros vigentes hasta ahora.

El libro de Javier Gil llega hasta pocos meses antes de esta última actualidad, pero permite comprenderla cómo hasta ahora no era posible hacerlo en lengua española. Pero no habría venido mal una mayor insistencia en los fundamentos religiosos de la Revolución y el régimen iraní (se puede consultar el estudio de Alfred G. Kavannagh, «Irán por dentro», 2010, y el clásico de Michael Axworthy, «Irán, una historia desde Zoroastro hasta hoy», 2010). Es cierto que, como dice el propio autor, se trataba de escribir una historia política.

Aun así, resulta difícil separar esta de los fundamentos del chiismo, del proyecto de Jomeini, revolucionario incluso en el islam chiita, y del intento, también inédito, de crear una teocracia auténtica. La República islámica es el gobierno de los clérigos, titulares, en su máximo rango, de la infalibilidad absoluta que les otorga el representar en la tierra al Imán oculto desde el año 941. Ese mismo gobierno quiere instaurar en la tierra el orden revelado y considera a los opositores y a los adversarios como enemigos de Dios. Es este núcleo incandescente, teológico y político al tiempo el que otorga a la República Islámica de Irán su originalidad y su fuerza. Y el que fascinó en su momento a Michel Foucault, santo patrón de los antiliberales occidentales. Estamos por tanto ante un trabajo de síntesis indispensable para comprender el Irán moderno.

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