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Pensar como forma de resistencia: homenaje a Javier Sádaba

Javier Sádaba, maestro, amigo y autor -de Almuzara- recibió esta semana en el Ateneo de Madrid, el merecido homenaje a toda una vida dedicada a la Filosofía y a hacernos reflexionar. El acto, fue, no solo una forma de gratitud, sino de reconocimiento a uno de nuestros mejores pensadores, formado como teólogo y catedrático de Filosofía –no le gusta definirse así- sino como ejercicio moral, como respiración cotidiana del pensamiento libre.

El Ateneo, casa histórica de la razón crítica y del disentimiento ilustrado, abrió sus salas para reconocer a uno de los grandes filósofos españoles de la Transición. Entre los asistentes se encontraban Nieves Herrero, Antonio Garrigues Walker, Luis Alberto de Cuenca y Fernando Savater, nombres que, cada uno desde su orilla, han contribuido a construir el paisaje intelectual de las últimas décadas. Pero aquella tarde no pesaron los currículos ni las etiquetas: pesó la palabra, el recuerdo y la conciencia de estar ante una obra cumplida.

Sádaba, bilbaíno, se ha definido a sí mismo como progresista y “anarquista pacifista”, una fórmula que resume bien su desconfianza hacia cualquier poder que aspire a ocupar el lugar de la conciencia individual. Experto de la obra de Wittgenstein, supo encontrar en él no solo una reflexión sobre los límites del lenguaje, sino una ética del silencio y de la responsabilidad: decir solo aquello que pueda manifestare con verdad y callar ante lo que se impone como dogma. Su pensamiento ha girado siempre en torno a la ética laica, la crítica de la religión institucionalizada, la dignidad humana entendida sin tutelas trascendentes o la bioética. En Sádaba, pensar es un acto de decencia. De resistencia.

A su lado -y no exento de iguales méritos- estuvo Fernando Savater, nacido en Donosti, con quien compartió durante años amistad, debates y complicidades intelectuales.

El donostiarra, tantas veces calificado como “liberal”, ha defendido la libertad individual, la educación como núcleo moral de la democracia y la filosofía como una invitación a vivir con coraje. Si Sádaba desmonta las falsas certezas, Savater combate el miedo; si uno se inclina por la sospecha metódica, el otro apuesta por la afirmación vital. Ambos, sin embargo, forman parte de una misma estirpe: la de quienes sacaron la filosofía de la torre de marfil para ponerla en manos del ciudadano común. Los últimos filósofos de la Transición. Los grandes maestros de la agógica del pensamiento.

Durante quince años no tuvieron contacto. El silencio se instaló entre ellos como una frontera incorpórea, nunca irrespetuosa, siempre atravesada por la admiración. No fue la ideología lo que volvió a reunirlos, sino la experiencia más desnuda de la condición humana: la pérdida. La muerte de las esposas de ambos actuó como un puente silencioso. Desde ahí, sin declaraciones solemnes ni ajustes de cuentas, se reencontraron como los amigos que siempre fueron. Hoy se saben compañeros en la pasión por la cultura, por la reflexión y por algo que no suele figurar en los manuales: la amistad, el respeto y el amor. El acto no convirtió ese reencuentro en su centro, aunque su carga simbólica flotaba en el aire. El verdadero protagonista –con perdón de Savater- fue Sádaba y su magisterio. Se recordó su luminosidad expositiva, su rechazo de la jerga innecesaria, su vocación pedagógica y su empeño constante por hacer de la filosofía una herramienta para vivir más y mejor, no un refugio para peritos que poco saben de peritajes.

Hubo también espacio para la memoria de una época irrepetible. Se evocó su amistad con Carmen Díez de Rivera, musa indiscutible de la Transición, con quien compartió afinidades, conversaciones y afecto, pero nunca -como se subrayó erróneamente- como un flirteo, pues la fallecida Elena, mujer de Javier, era amiga de ella. La precisión dio paso (y esto es memoria de quien escribe) a una anécdota celebrada: aquella frase de Lola Flores que pedía no llevar filósofos a sus fiestas —en alusión a Aranguren—, pero sí al “Pájaro Espino”, como denominaba a un guapísimo Javier Sádaba, porque sabía cantar, beber y enseñar a un tiempo. La broma, entre el gracejo y la verdad, retrata una época en la que la cultura era mezcla, riesgo, celebración y artisteo.

El homenaje del Ateneo fue, en esencia, un acto de justicia. Necesidad hacia un pensador que nunca quiso ser complaciente, que pensó a contracorriente y que entendió la filosofía como una forma de responsabilidad cívica y que nunca desatendió ningún extracto social, cultural o de género. Celebrar a Javier Sádaba es celebrar la idea de que una vida dedicada al pensamiento -cuando se hace con honestidad y valentía- sigue siendo una de las formas más altas de servicio a los demás. Te quiero maestro y amigo. Te querré siempre, porque tu pensamiento sigue enseñándonos a mirar el mundo con menos miedo y más decencia.

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