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2026, el año de la espoleta: Radiografía de un mundo que acumula gasolina sobre el polvorín

Si tuviésemos que hacer una radiografía al año 2025 desde el prisma geopolítico, el veredicto sería demoledor: el mundo ha pasado doce meses regando el polvorín con lo más inflamable del arsenal humano —guerras enquistadas, liderazgos mediocres y una impunidad creciente frente a la violencia—. 2026 será, salvo milagro, el año en que la espoleta que transforme esa mezcla tóxica en uno o varios cataclismos geoestratégicos de dimensiones globales. Lo inquietante no es solo el número de conflictos activos —entre 100 y 130 guerras, insurgencias y conflictos civiles, la cifra más alta desde 1945— sino la sensación de que los dirigentes actuales están, en demasiados casos, muy por debajo de la talla que exigen las circunstancias.

La era de los pigmeos políticos

El planeta ha tenido la desgracia de encadenar dirigentes políticos que oscilan entre el fanatismo sanguinario y la miopía geopolítica, pero siempre hubo grandes hombres de Estado que dieron la talla. Hoy, por el contrario, tenemos la clase política más paupérrima de los últimos 80 años que gestiona crisis estructurales con tácticas de campaña electoral permanente, dando prioridad al titular de mañana sobre las consecuencias de la década siguiente. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial no se había visto una brecha tan obscena entre la gravedad de los desafíos y la alarmante incompetencia de buena parte de los líderes de Occidente. Si el gran James Freeman Clark (el verdadero autor de la frase de la diferencia entre el hombre de Estado y el político…) levantase la cabeza se volvería a morir.

Los errores acumulados de Occidente —en Oriente Medio o la errática gestión de las complejísimas relaciones con China y Rusia— han catalizado el acercamiento, todavía parcial pero extraordinariamente preocupante, entre Pekín y Moscú. Si nada cambia en los próximos años, podrían pasar de matrimonio de conveniencia a una sólida alianza entre Rusia, una potencia revisionista herida y China que aspira a reescribir las reglas del juego global. Moscú aporta disposición al riesgo, recursos energéticos y experiencia militar; Pekín añade músculo industrial, financiación, cobertura diplomática y una creciente y formidable potencia militar.

China: el verdadero adversario, un gigante inquietante

Pekín ya no es un «gigante demográfico sin músculo económico», sino una potencia militar y tecnológica en expansión que ha entrado en una fase determinante de su proyección histórica.

China tiene algunos nubarrones negros en su horizonte: un frenazo económico estructural, una crisis inmobiliaria crónica y la implosión demográfica (el envejecimiento acelerado de su población), pero sigue siendo la única potencia capaz de disputar a Estados Unidos la primacía global. Sus capacidades militares son ya extraordinarias en lo convencional, lo nuclear, lo naval, lo espacial y lo hipersónico. China bota cada año tantos buques de guerra como el total de la marina francesa y ha multiplicado exponencialmente sus inversiones en misiles antibuque, defensa aérea de área y guerra electrónica, diseñados expresamente para bloquear el acceso a las fuerzas estadounidenses en el Pacífico Occidental.


La estrategia de Pekín para 2026 va más allá de lo militar; es una batalla por el control de los nervios centrales de la economía futura:

  1. El monopolio de los materiales críticos: China ha consolidado un control asfixiante sobre las tierras raras —cerca del 80% de la producción mundial y, lo que es más importante, el 90% del refinado—, además de dominar la cadena de suministro del galio, germanio y grafito. Estos materiales son el oxígeno de la electrónica moderna, la defensa avanzada y la transición energética. Pekín ya no duda en utilizar las licencias de exportación como arma geopolítica.

  2. La geografía del poder: Su obsesión por controlar los «cuellos de botella» del comercio global es evidente. Desde el Estrecho de Malaca —su talón de Aquiles— hasta el Estrecho de Taiwán, Bab el-Mandeb y el Canal de Panamá. A esto se suman las nuevas rutas árticas que desarrolla en estrecha colaboración con Rusia («La Ruta de la Seda Polar») y la construcción de islas artificiales en el Mar de China Meridional, que han transformado arrecifes en auténticos portaaviones estáticos insumergibles.

  3. La guerra tecnológica: 2026 será testigo de la aceleración de la carrera por la supremacía en inteligencia artificial y semiconductores. A pesar de las restricciones occidentales, China está movilizando recursos estatales masivos para lograr la autosuficiencia en chips avanzados, entendiendo que quien gane la carrera de la computación cuántica y la IA dominará la guerra del futuro.

Las fricciones con sus vecinos se multiplican: Filipinas, Vietnam, Australia y Japón viven en contacto diario con la presión de la «zona gris» —uso de milicias marítimas, guardacostas agresivos y ciberataques—. Pero el foco rojo sigue siendo Taiwán. A medida que se acerca el 2027 —fecha señalada por la inteligencia occidental como el momento en que Xi Jinping exige a su ejército estar listo para una invasión—, el riesgo de un bloqueo naval o una cuarentena a la isla es más plausible que una invasión anfibia directa. China llevó a cabo unas complejas maniobras aero-navales en los últimos días de 2025 simulando un bloqueo total a Taiwán. ¿Necesitamos más pistas?


Más allá de Asia, la política exterior china se ha intensificado en el llamado «Sur Global». En América Latina y África, combina inversión masiva, diplomacia de la deuda e instalación de infraestructuras de uso dual (civil-militar), como puertos de aguas profundas y otras instalaciones estratégicas, consolidando una esfera de influencia que busca desplazar a las potencias occidentales tradicionales.

Ucrania: la guerra a cámara lenta

En Ucrania, 2026 se anuncia como el año de la guerra «a cámara lenta»: pocas variaciones de líneas en el mapa, pero una intensidad constante de ataques contra infraestructuras críticas, ciudades y nodos energéticos. Moscú apuesta por agotar la resiliencia de Kiev y, sobre todo, la paciencia de las opiniones públicas occidentales. La estrategia rusa ha mutado: ya no busca una victoria relámpago, sino convertir a Ucrania en un Estado fallido funcionalmente incapaz de integrarse en la UE o la OTAN.


Los escenarios más citados hablan de posibles treguas parciales, negociaciones intermitentes y líneas de contacto congeladas, más que de una paz definitiva. El riesgo de desbordamiento hacia otros países de la OTAN no proviene tanto de una decisión deliberada de invadir un país báltico o Moldavia mañana (cosa que no hay que descartar) sino de la acumulación de incidentes híbridos: sabotajes a cables submarinos, interferencias al sistema GPS en el Báltico y campañas de desinformación masiva diseñadas para fracturar la unidad aliada.

Gaza: la paradoja moral de Occidente

Gaza sigue siendo una paradoja extraordinariamente compleja y una herida abierta en la conciencia global. Por una parte, están los imperativos morales innegables de garantizar el derecho a la existencia del Estado de Israel y su autodefensa legítima contra el terrorismo. Por otra, la tragedia humana que la guerra ha provocado. Por difícil que sea el equilibrio, resulta esencial garantizar el primer objetivo sin convertir a los gazatíes en doble víctima: de la organización terrorista mafiosa Hamás, que los usa como escudos humanos y a los que oprime y machaca cotidianamente, y de los efectos devastadores de la guerra.

Cisjordania, mientras tanto, se desliza peligrosamente hacia un escenario de violencia crónica por la expansión de asentamientos y la erosión progresiva de la Autoridad Palestina. No puede olvidarse que cuanto más tiempo dure el limbo actual, mayor será el resentimiento de los palestinos y del resto del mundo árabe, y más grave el riesgo de que Irán recupere influencia a través de sus proxies en el Líbano, Siria, Irak y Yemen.

La fractura más profunda, sin embargo, se produce en el plano de la legitimidad: el discurso occidental sobre derecho internacional pierde credibilidad cada día que se percibe la aplicación de métricas distintas a unas víctimas y a otras. Esa «doble vara de medir» es el combustible más potente para las narrativas antioccidentales desde el Sahel, que es sin duda la mayor concentración de violencia yihadista del planeta -como hemos analizado profusamente en estas páginas- hasta el sudeste asiático.

Estados Unidos: la «ruda prudencia» de Trump

La segunda presidencia de Donald Trump ha acelerado una transformación incómoda y profunda del papel de Estados Unidos. Su Estrategia de Seguridad Nacional concentra recursos en unos pocos intereses vitales —evitar una gran guerra directa, contener costes, reordenar alianzas comerciales— y exige a europeos y asiáticos que asuman, de una vez por todas, la responsabilidad de su propia defensa. El documento contiene algún error de bulto como considerar al terrorismo yihadista un riesgo regional, cosa que los hechos desmienten diariamente, el terrorismo yihadista extiende sus tentáculos desde Occidente pasando por el Sahel y África, Oriente Medio, Asia Central, el Subcontinente y resto de Asia. Es una gravísima amenaza global, no regional.

La política exterior de Washington combina ahora contención prudente y crudeza retórica. Es una diplomacia transaccional que pone precio a casi todo —desde las bases militares hasta el paraguas nuclear— y debilita los mecanismos multilaterales de defensa y podría envalentonar a sus enemigos.

Las periferias que arden y la guerra difusa

África continúa siendo el continente con más conflictos candentes y activos. El cinturón de inestabilidad que va desde Sudán y el Sahel hasta el Cuerno de África es un cóctel explosivo de golpes de Estado, yihadismo y competencia de recursos entre potencias externas (Rusia, China, Turquía, Occidente). En América Latina, la preocupación ya no es la guerra interestatal, sino la militarización de la seguridad pública y la consolidación de zonas grises donde el crimen organizado ejerce soberanía de facto, casi siempre con importantes vínculos transnacionales.

Pero más allá de los frentes visibles, 2026 será el año de la guerra difusa. Las infraestructuras críticas —cables de datos submarinos, redes eléctricas, sistemas financieros, satélites— son objetivos cada vez más expuestos. Un ataque cibernético exitoso puede hoy paralizar un país entero, interrumpir cadenas de suministro globales y desestabilizar gobiernos sin disparar una sola bala. La frontera entre la paz y la guerra se ha borrado digitalmente.

El coste de la inacción

El mundo llega a 2026 con demasiados incendios a medio apagar, un número limitado de bomberos y una opinión pública agotada. El peligro ya no es solo «la gran guerra» que todos tememos, sino la suma de conflictos medianos, crisis humanitarias y shocks geoeconómicos que corroen las democracias y normalizan la barbarie.


No se trata de resignarse a gestionar el incendio, sino de decidir si aceptamos vivir en un mundo donde la guerra es rutina o si, por primera vez en mucho tiempo, empezamos a tratarla como lo que debería ser: una anomalía y una tragedia intolerables.

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