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Mucho Juanma y poco Sánchez: la final del Carnaval de Cádiz parece la gala de los Goya

Soy cañaílla, de La Isla, así que puedo abordar este delicado asunto sin que me acusen de «apropiacionismo cultural», como me dijeron cuando di mi opinión sobre Bad Bunny, y eso que San Juan de Puerto Rico, al igual que La Habana, se refleja en Cádiz como un siamés al que separaron para hacerlo infeliz. Bueno, dejémonos de poesía carnavalera y florituras andaluzas y vamos al lío. Uno es tonto, pero no carajote, y siento desde hace unos años que el concurso del carnaval se deja querer por la hegemonía cultural e ideológica del momento, lo que convierte la celebración en un altar más en el que plegarse a lo que se lleva: caricaturizar y dramatizar con los temas que afectan a la derecha y callar sobre lo que planea sobre la izquierda. La burla del carnaval de Cádiz, y no me parece ni mal ni bien, se ha escorado siempre a la izquierda, más rojos que los callos de La Pasionaria, pero otra cosa es rendir vasallaje a lo que manda el canon: eso supone la mayor traición al carnaval mismo, y a Cádiz. Que los gaditanos traicionen la libertad de la ciudad es un caso misterioso peor que el de la nariz de Lucas, también gaditano. Y eso está pasando.

Vamos al ajo: la crítica política se quedó en los cribados de cáncer de mama de los que es responsable Juanma Moreno, y claro que merecía dos guantazos en forma de estribillo, pero en qué se quedó Pedro Sánchez. En nada. Aquello de «son las cinco y no he comido» merecería una noche entera del Teatro Falla y, sin embargo, ni esa anécdota, ni el drama del apagón, ni los retrasos y la posterior tragedia de los trenes, ¡los que van o salen de Cádiz!, tuvieron su momento de gloria ácida. Los que pudimos haber muerto esa noche merecíamos reírnos de nuestra sombra. Pero no. Las agrupaciones, y el público, parecían sentirse cómodos en el olvido del presidente del Gobierno y del ministro orangután. Tiene cojones la cosa. El año pasado abuchearon a unos que iban de negacionistas del cambio climático. Para que nos entendamos: Cádiz no está para discernir lo que está bien o lo que está mal. No es el qué sino el cómo. Si lo haces con arte, para ti la perra gorda. Así era, hasta hoy. Si hay preguntar al lobby progre de qué se puede o no hablar estamos apañados. Para mandarlos a tomar por saco.

Lo bueno de las letras del carnaval es que escocían en todas direcciones. Genial aquella coplilla que decía «Teo, Teo, Teo, que hasta el nombre los tienes feo» en referencia a la entonces alcaldesa de la ciudad, la popular Teófila Martínez que aguantó muchos años las caricias de mala leche de los que luego la votaban. Llegados a este punto uno se pregunta dónde quedó la rebeldía.

El concurso del Falla está domesticado y eso convierte este asunto, que para muchos será baladí, en una tragedia. Es de suponer censura desde el momento en que se concibe, lo contrario a lo que es, y lo que era, un carnaval. Para ser guionistas de «El intermedio» de Wyoming no hace falta nacer en Cádiz, ni siquiera en Puerta Tierra. Wyoming no pasa de las urbanizaciones «cool» de Zahara de los atunes. Los del barrio de La Viña han comprado la mercancía «preppy», lo que supone la muerte de la Ilustración, de las putas del Pay Pay y de los maricones del Chato. El pueblo sigue la consigna del poder y eso solo lleva al desastre. Para las pancartas de la gala de los Goya ya están otros.

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