Un Dios salvaje
La dramaturgia de Yasmina Reza posee esa rara cualidad de convertir lo cotidiano en un campo de batalla filosófico sin perder ligereza ni ironía. En su obra, las conversaciones más triviales se transforman en duelos verbales donde el humor es bisturí y espejo a la vez. Reza observa a la burguesía contemporánea con una lucidez casi quirúrgica: desarma sus convenciones, desnuda sus hipocresías y, sin embargo, jamás pierde una profunda compasión por sus criaturas. Cada réplica late con ritmo musical, cada silencio pesa como una revelación. Su teatro no solo se escucha; se paladea.
Y cuando estalla la risa, siempre deja un eco inquietante, una pregunta suspendida en el aire. En esta puesta en escena, el texto encuentra intérpretes a la altura de su agudeza. Luis Merlo ofrece una interpretación magistral, llena de matices y precisión. Su dominio del tempo cómico es impecable, pero lo verdaderamente admirable es cómo deja entrever la fragilidad de su personaje bajo una fachada de seguridad y de falso machismo cargado también de retintín y de humor en todas y cada una de sus frases. Cada gesto, cada inflexión, está cargado de intención y humanidad. Digno hijo, nieto y no sé si bisnieto de una familia de actores de primerísima fila. Magistral, esencia pura de la interpretación.
Clara Sanchís aporta una energía magnética y una inteligencia entre el atolondramiento y la causticidad que brilla en cada una de sus palabras y mordacidad y la guasa que iluminan cada escena. Su capacidad para transitar del sarcasmo a la vulnerabilidad en cuestión de segundos demuestra una comprensión profunda del universo de Reza. La química que genera en escena es eléctrica.
Por su parte, Natalia Millán construye un personaje lleno de aristas, equilibrando elegancia y desgarro con una naturalidad admirable. Su presencia impone, pero también conmueve; su voz y su corporalidad sostienen momentos de enorme tensión dramática. Finalmente, Juanan Lumbreras sorprende con una interpretación vibrante y honesta. Aporta frescura y una entrega absoluta que potencia el conjunto. Su trabajo demuestra que entiende el delicado equilibrio entre comedia y tragedia que exige Reza. El resultado es una experiencia teatral deslumbrante: incisiva, hilarante y profundamente humana. Tragicomedia, ya digo, en estado puro.