World News in Spanish

Javier Corcobado ante la droga más poderosa del mundo

Es un personaje legendario de la escena musical española, una personalidad diferente. Javier Corcobado (Frankfurt, 1963) lleva cuatro décadas por los márgenes de la música en España, aunque quizá sea más apropiado hablar de los extremos de una escena cada vez más domesticada y previsible. Corcobado ha visitado los lados más salvajes pero ahora encuentra su mundo en calma y plenitud para mirar atrás: ha publicado «Soledad y solitud» (Intromúsica), un disco doble en el que presenta temas nuevos surgidos del amor, su estado actual, contrapesados por sus clásicos temas de desamor nostálgico, a veces desgarrador, con sonadas colaboraciones como las de Alaska, Andrés Calamaro, Nacho Vegas y La Habitación Roja. Además, publica por fin un monumental esfuerzo, el libro «Canción de amor de un día» (Liburuak), un volumen que recoge 100 piezas –instrumentales y canciones–, concatenadas en una especie de singular suite, con un nexo común: el amor por la evolución y la salvación de la música. Un trabajo que le ha llevado seis años de su vida.

Corcobado vive un momento de plenitud creativa y de conexión con el arte. «Me han preguntado siempre –sonríe–: ‘‘¿Cuál es la droga más fuerte?’’. Y siempre contesto que la música, aunque ya sé que puede sonar a tópico. Soy un poeta que se ha servido de la música para expresar mi filosofía, mi ética y mi actitud ante la vida, ante el amor y ante la sociedad. Que es absolutamente apolítica. Yo soy un anarquista poético y pacifista que rechaza la violencia y que la única que ejerzo es la del ruido. La violencia está en el arte, como en el surrealismo o en el dadaísmo, pero yo detesto la violencia psíquica o física. La música es un don que deviene en mí. No soy un compositor al uso que se sienta a tocar y a buscar melodías. Me considero una especie de canalizador, un receptor que procesa una información que se me regala, la escucho en mis pensamientos, tanto la música como las letras, y con mis manos hago canciones», dice con serenidad. Asegura Corcobado que el proceso, a veces, es doloroso. A veces, esas ideas llegan y no puede evitar darles forma, pero se llevan toda su atención, le roban el espacio. «Las plasmo aunque me pillen en el proceso de una novela, y muchas veces las descarto. No las tiro porque pienso que pueden servirle a alguien», dice el compositor, que cedió canciones especialmente en los 80 a artistas como Los Enemigos, Esclarecidos o incluso Luz Casal.

Incomprendidos

«Estoy en un buen momento, me está durando y hay que aprovecharlo. Estoy enganchado, adicto, no me quiero ocultar. Creo que ahora la música me quiere y otras no me ha querido nada. Se ha querido ir de mí. Y ahora nos llevamos bien», asegura. También se siente más comprendido ahora que en determinadas épocas de su vida. «En los tiempos de Mar Otra Vez nos veían como el grupo más raro del mundo. Fue dificilísimo hacernos camino y hacernos entender. Era casi violento, porque no nos encuadraban en ningún lado. Ni siniestros, ni rockeros, ni en la Movida... nos sentíamos como un rompehielos, pero poco a poco llegaban fans. Lo que pasa es que casi todos estaban loquísimos. Yo me preguntaba: ‘‘¿a qué gente le gustamos?’’», ríe Corcobado. Ahora, los hijos de aquellas personas «peculiares» le siguen. «El post-punk parece haberse puesto de moda de nuevo. A México siempre he vuelto porque tengo un público sorprendentemente fiel», explica. Uno que busca una visión hermosa y a veces terrible del mundo.

«Sobredosis demográfica»

En la última ocasión que hablamos con Javier Corcobado, al hilo de «Somos demasiados», su anterior trabajo, el músico admite que «no estaba contento por la sobredosis demográfica. Sigo pensando que somos demasiados, pero ponerle la solución a eso es un paso peligroso hacia resortes temibles. Prefiero aprender a amar al ser humano. Casi todas las personas, de una en una, siempre tienen algo bueno. Creo que el ser humano se pervierte y se vulgariza cuando se reúne en masa. Y ahí es cuando da más miedo».

Читайте на сайте