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Libertad para no ser sometidas como mujeres

Como mujer de izquierdas y feminista, no entiendo el debate de la prohibición del burka y el niqab en espacios públicos. Ni desde el respeto a la libertad religiosa, ni desde la visión con tintes racistas e islamofóbicos que destilaba la proposición debatida en el Congreso de los Diputados a propuesta de Vox.

Durante demasiado tiempo se ha querido disfrazar esta imposición como la libre elección de las mujeres conforme a sus creencias religiosas. Nada más lejos de la realidad. No existe precepto alguno en el Corán que obligue a las mujeres a taparse el rostro e íntegramente el cuerpo. Los versículos que aluden a la modestia instan a cubrir el pecho y recatar la belleza, pero todo lo demás han sido imposiciones extremistas que buscan la opresión y el sometimiento de la mujer en el ámbito público y privado.

Quienes dudan en nombre de esa supuesta libertad religiosa deberían escuchar a las mujeres iraníes y afganas que se rebelan descubriendo su cabello en defensa de su libertad individual. Lo hacen sabiendo que puede costarles la vida. Las protestas tras el asesinato de Masha Amini y el lema «mujer, vida, libertad» evidenciaron hasta qué punto estas imposiciones se sostienen mediante violencia y represión.

Como recuerda Najat El Hachmi, se ejerce presión sobre las mujeres para ajustarse a normas que no han elegido libremente. Ella las denomina «prisiones ambulantes». Y desmonta el marco de Vox cuando afirma que «el problema no es de seguridad ni de convivencia; el problema lo tienen las mujeres que sufren esta violencia».

El rechazo en las Cortes a una iniciativa que no buscaba la libertad ni la dignidad de las mujeres musulmanas debería haberse acompañado de un nuevo texto legislativo impulsado por las fuerzas democráticas, en línea con otros países europeos que ya lo han regulado.

Esta opresión trasciende el hogar. Estudios universitarios europeos apuntan que el burka y el niqab generan exclusión, aislamiento y pérdida de libertad. Hay testimonios de mujeres que relatan cómo “eran borradas del mundo” e “invisibilizadas”, y cómo recuperar el rostro supuso recuperar su identidad, su educación y su capacidad de amar en libertad.

La defensa de la Constitución y la libertad religiosa (artículo 16) no impide reconocer que determinadas prácticas implican subordinación y sumisión de las mujeres. Muchos sentimos la necesidad de denunciar que lo que pretendía la extrema derecha era alimentar el miedo, el odio y la exclusión, vinculando inmigración con inseguridad.

Por eso, cualquier medida de prohibición, en sintonía con países como Francia, Dinamarca, Portugal o Bélgica, debería ir acompañada de políticas de apoyo educativo, formativo y espacios seguros de escucha. Un camino que combine respeto cultural y no criminalización, evitando nuevos estigmas.

La cuestión de fondo no es solo si la prenda debe ser legal o no, sino por qué se impone y con qué fin. La libertad es para ser y sentirse libre. Nunca debería utilizarse para oprimir, someter o invisibilizar a una mujer. Cuando eso ocurre, no es libertad; es la imposición de un régimen teocrático.

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