Donald Trump insiste en su agenda económica y no cede ante Irán
Donald Trump compareció anoche ante el Capitolio para pronunciar su primer discurso del Estado de la Unión de su segundo mandato en un momento políticamente delicado: con la aprobación en retroceso, la economía bajo escrutinio y las elecciones legislativas a menos de nueve meses vista. Lejos de modular el tono, el presidente redobló su apuesta. Defendió su agenda económica tras el revés del Tribunal Supremo a su política arancelaria, amagó con nuevas acciones militares contra Irán y reivindicó una política exterior de puño firme en el hemisferio occidental.
El discurso, que se prolongó durante más de una hora ante ambas cámaras del Congreso, magistrados del Supremo y la cúpula militar —con el boicot de varios demócratas que organizaron un acto alternativo fuera del Capitolio—, tuvo un claro eje doméstico. Trump insistió en que su prioridad seguía siendo “devolver el sueño americano a los trabajadores”, una fórmula repetida en varias ocasiones. El mensaje buscó contrarrestar el desgaste en las encuestas, que reflejan creciente inquietud por el coste de la vida y el rumbo económico.
La intervención se produjo pocos días después de que el Tribunal Supremo anulara la base legal de los aranceles que habían sustentado buena parte de su estrategia comercial durante el último año. Lejos de admitir el golpe, el presidente arremetió contra los jueces —incluidos dos conservadores nombrados por él— y anunció que seguiría adelante por otras vías. Recordó que había firmado una orden ejecutiva para imponer un gravamen global del 10% a las importaciones durante 150 días y que elevaría hasta el 15% un nuevo arancel general destinado a reemplazar los impuestos declarados ilegales.
Trump defendió que los países que pretendieran “jugar” con la decisión judicial se enfrentarían a tarifas “más altas y peores” que las pactadas. El mensaje, sin embargo, no disipó la incertidumbre. Analistas económicos advirtieron en las últimas horas de que la proliferación de instrumentos legales alternativos podría incrementar la confusión entre empresas e inversores, justo cuando la Casa Blanca intenta demostrar resultados tangibles en materia de empleo y precios.
En política exterior, el presidente combinó la reivindicación de logros con la insinuación de nuevas medidas. Celebró el frágil alto el fuego alcanzado en Gaza, la presión ejercida sobre los aliados de la OTAN para elevar el gasto en defensa y, especialmente, la captura del líder venezolano Nicolás Maduro en una operación militar que lo trasladó a Nueva York para enfrentar cargos federales por narcotráfico. Trump presentó esa acción como prueba de que su estrategia en el hemisferio occidental —a la que ha bautizado como “Doctrina Donroe”, en alusión a la Monroe— protege a los estadounidenses de la inmigración ilegal y el tráfico de drogas, al tiempo que abre oportunidades económicas en Venezuela.
No obstante, el foco más sensible de la noche fue Irán. Con dos portaaviones y una quincena de buques desplegados en Oriente Próximo —el mayor refuerzo militar en la región desde 2003—, Trump dejó abierta la puerta a un ataque “limitado” si Teherán no aceptaba concesiones en las negociaciones sobre su programa nuclear. “Si no hay acuerdo, pasarán cosas malas”, advirtió, retomando una expresión utilizada la semana pasada.
El presidente trató de explicar que cualquier eventual acción tendría objetivos concretos y que no perseguía necesariamente un cambio de régimen, aunque tampoco lo descartó de forma explícita. Recordó que hace ocho meses ordenó bombardeos que, según él, “obliteraron” tres instalaciones nucleares iraníes. Sin embargo, el camino hacia un pacto se antoja incierto. Diplomáticos estadounidenses e iraníes tienen previsto reunirse esta semana en Ginebra, mientras Washington insiste en incluir en la agenda el programa de misiles balísticos y el apoyo de Teherán a milicias regionales.
Las encuestas conocidas en los días previos mostraban un malestar creciente: un 61% de los adultos desaprobaba la gestión de la política exterior y un 56% consideraba que Trump había ido “demasiado lejos” en el uso del Ejército en otros países. Incluso antiguos aliados conservadores habían expresado dudas sobre si el presidente se mantenía fiel a su promesa de “America First”.
Ucrania fue otro de los capítulos destacados. En el cuarto aniversario de la invasión rusa, Trump reconoció las dificultades para cumplir su promesa de poner fin a la guerra en “un día”. Aunque defendió que estaba presionando a Kiev y Moscú para alcanzar un acuerdo antes de junio, admitió que las posiciones seguían alejadas. Sostuvo que Rusia acabaría imponiéndose en parte del territorio y urgió al presidente Volodímir Zelenski a “moverse” para salvar vidas.
La réplica demócrata corrió a cargo de la gobernadora de Virginia, Abigail Spanberger, que centró su intervención en la asequibilidad y acusó al presidente de agravar la incertidumbre económica. El senador Alex Padilla ofreció la respuesta en español, subrayando la preocupación por el rumbo de la política exterior y el impacto de las decisiones comerciales en las familias.
Así, el primer Estado de la Unión del segundo mandato de Trump dejó más preguntas que certezas. El presidente reivindicó firmeza y ambición, pero lo hizo bajo la sombra de un Supremo vigilante, unas encuestas adversas y un calendario electoral que amenaza con alterar el equilibrio de poder en Washington. Con el país dividido y el mundo pendiente de sus próximos movimientos, la Casa Blanca apostó por la confrontación como estrategia para recuperar la iniciativa política.