World News in Spanish

Albert Einstein: el genio que desconfiaba de los genios

Hay rostros que se convierten en ideogramas. El de [[LINK:TAG|||tag|||6336139a87d98e3342b26998|||Albert Einstein]] –cabello indómito, mirada oblicua, jersey arrugado– terminó siendo sinónimo de inteligencia. Pero el hombre real desconfiaba profundamente de esa caricatura. «No tengo talentos especiales. Solo soy apasionadamente curioso», escribió en 1952 a su biógrafo Carl Seelig. No era falsa modestia, sino una declaración de principios.

Einstein nació en 1879 en Ulm, en el entonces Imperio alemán, en una familia judía de clase media. Durante décadas circuló el mito del niño torpe que suspendía matemáticas. Falso. Los registros escolares en Múnich y Aarau muestran calificaciones sobresalientes en física y matemáticas. Lo que sí chocaba con él era la disciplina prusiana y la memorización mecánica. Con 16 años renunció a la ciudadanía alemana para evitar el servicio militar y quedó apátrida hasta que obtuvo la suiza en 1901. Ese gesto temprano, y no menor en una Europa militarizada, anticipaba su independencia moral.

En 1905, siendo empleado técnico de tercera clase en la Oficina de Patentes de Berna, publicó cuatro artículos que cambiarían la física: sobre el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano, la relatividad especial y la equivalencia masa-energía. No trabajaba en un laboratorio de élite, sino entre expedientes de inventos. Años después recordaría que aquel empleo le dio algo precioso: tiempo para pensar. En 1921 recibió el Nobel, no por la relatividad –todavía discutida–, sino por el efecto fotoeléctrico, decisivo para la física cuántica. La leyenda del «milagro» de 1905 tiene respaldo documental; lo que carece de respaldo es la idea de que fuera un iluminado solitario: mantenía correspondencia constante con colegas y discutía sus intuiciones con rigor casi obsesivo.

Hay anécdotas que lo humanizan y que están atestiguadas. Tocaba el violín con devoción –decía que si no hubiera sido físico habría sido músico– y buscaba a Mozart cuando una ecuación se le resistía. Odiaba los calcetines; en cartas privadas bromeó con que siempre se agujereaban por el dedo gordo y decidió prescindir de ellos. En Princeton, donde se instaló tras huir del nazismo en 1933, paseaba con suéteres gastados y sandalias, indiferente al protocolo académico. No era pose en su caso; se trataba de una coherencia con su desprecio por la pompa.

Pactos domésticos

Su vida sentimental fue menos armoniosa. Se casó con Mileva Maric, brillante estudiante de física, con quien tuvo una hija, Lieserl, cuyo destino exacto sigue siendo objeto de investigación, y dos varones. La correspondencia conservada revela tensiones, pactos domésticos ásperos y una ruptura dolorosa. Einstein reconoció años después que no fue un marido fácil. Los biógrafos coinciden en que su dedicación absorbente al trabajo dejó heridas.

Políticamente, fue un pacifista que aprendió a matizar. Durante la Primera Guerra Mundial firmó manifiestos contra el militarismo alemán. Pero en 1939 rubricó, a instancias de Leo Szilárd, una carta al presidente Roosevelt alertando del potencial militar de la fisión nuclear. La carta existe y está archivada; no fue una invitación a construir la bomba, sino una advertencia ante la posibilidad de que la Alemania nazi la desarrollara primero. Tras Hiroshima, Einstein reforzó su activismo por el control de la energía atómica y la cooperación global. La coherencia fue en él un combate constante entre principios y circunstancias.

También fue un icono político involuntario. En 1952, el primer ministro David Ben-Gurión le ofreció la presidencia del Estado de Israel. Einstein declinó por carta: se consideraba sin experiencia para el cargo y dudaba de su capacidad para tratar con personas. El documento se conserva en los archivos del Estado israelí. Es un gesto revelador: el hombre más famoso del mundo renunciando al poder por honestidad intelectual. Su relación con la fama fue ambigua. Sabía que su imagen vendía periódicos –la célebre fotografía sacando la lengua, tomada en 1951 por Arthur Sasse, es auténtica–, pero temía que el culto a la personalidad deformara el debate científico. En las entrevistas insistía en que la ciencia es un trabajo colectivo. Mantenía una mesa desordenada y respondía cartas de escolares con paciencia sorprendente. Muchas de esas respuestas se conservan y muestran a un divulgador claro y juguetón.

En el terreno estrictamente científico, su grandeza no lo blindó del error. Rechazó durante años la interpretación probabilística de la mecánica cuántica –«Dios no juega a los dados», frase documentada en correspondencia con Max Born. La historia posterior dio la razón a la física cuántica estándar, pero sus objeciones impulsaron debates que aún hoy alimentan la investigación sobre fundamentos. Su terquedad fue fértil. Cuando murió en 1955, el patólogo Thomas Harvey extrajo su cerebro sin contar con el permiso familiar.

Читайте на сайте