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La misión de los nuncios

Últimamente León XIV ha cambiado de destino a diversos nuncios situando en puestos estratégicos a algunos de los más destacados miembros de la diplomacia vaticana. El más sobresaliente, sin duda, ha sido el nombramiento de monseñor Gabriele Caccia, hasta ahora observador de la Santa Sede ante la ONU, como nuncio apostólico en Estados Unidos, sustituyendo al cardenal Christophe Pierre, llegado a los ochenta años de edad.

En Washington le espera la doble tarea de acabar con la polarización del episcopado norteamericano y de afrontar la relación con el presidente Trump, cuyas directrices no coinciden precisamente con las de su compatriota Robert F. Prevost.

El Código de Derecho Canónico insiste en que la función principal del nuncio «consiste en procurar que sean cada vez más firmes y eficaces los vínculos de unidad que existen entre la Sede Apostólica y las Iglesias particulares». El cardenal Casaroli, maestro de sabiduría diplomática, afirmaba que el nuncio no es «un funcionario burocrático sino un obispo que, sin sustituir al episcopado local ni ser un diafragma entre él y el Papa, debe representar siempre al que se gloría del título de siervo de los siervos de Dios».

Los nuncios, entre otras misiones, proponen a la Sede Apostólica los candidatos para el nombramiento de obispos y a este propósito cabe recordar que no son los nuncios los que los nombran, pero son una pieza fundamental en el proceso informativo que se transmite al Dicasterio para los Obispos y en última instancia al Santo Padre. A él, como enseñó el Concilio Vaticano II, compete exclusivamente este derecho excluyendo en esta materia cualquier privilegio de las autoridades civiles.

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