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Alarma en Reino Unido por un brote de meningitis B

Un brote de meningitis ha sacudido al condado de Kent, Inglaterra, poniendo en alerta a las autoridades sanitarias británicas. Dos personas han fallecido —una estudiante de la Universidad de Kent y una alumna de secundaria— y, al cierre de esta edición, al menos una decena más permanecían hospitalizadas, en algunos casos en estado grave. Detrás del brote, según los científicos del Gobierno, se encuentra la cepa B de la enfermedad: una variante especialmente preocupante porque la mayoría de los jóvenes no está vacunada frente a ella.

La Agencia de Seguridad Sanitaria del Reino Unido (UKHSA) ha identificado el meningococo del grupo B como el responsable de los contagios. Se trata de una cepa frente a la que no están protegidos quienes nacieron antes de 2015, año en el que la vacuna fue incorporada al calendario del Sistema Nacional de Salud Pública, pero solo para bebés. A diferencia de otras variantes —A, C, W e Y— cubiertas por la vacuna que sí reciben los adolescentes, la meningitis B quedó fuera por considerarse entonces que su vacunación masiva no era coste-efectiva.

El resultado es ahora evidente: una generación entera de jóvenes, incluidos universitarios, carece de inmunidad frente a una de las formas más comunes de esta enfermedad potencialmente letal. Según datos oficiales, la meningitis B representó más del 80% de los casos de enfermedad meningocócica invasiva en Inglaterra en el último año.

El foco del brote se sitúa en Canterbury, donde las autoridades han rastreado vínculos entre varios de los infectados y un conocido local nocturno, el Club Chemistry. Más de 2.000 personas pasaron por el establecimiento en los días señalados por las autoridades —5, 6 y 7 de marzo—, lo que ha obligado a desplegar una operación contrarreloj para localizar contactos y administrar antibióticos preventivos. La Universidad de Kent ha movilizado a miles de estudiantes y ha trasladado sus exámenes al formato online, mientras que algunos centros educativos han cerrado aulas o enviado a sus alumnos a casa de forma preventiva.

Las imágenes de largas colas de estudiantes esperando antibióticos reflejan la magnitud de la preocupación. Y no es para menos. La meningitis bacteriana puede evolucionar con extrema rapidez: en cuestión de horas, un cuadro leve puede convertirse en una emergencia vital. Uno de cada diez infectados muere y hasta la mitad de los supervivientes sufre secuelas permanentes.

La gestión del brote, sin embargo, no ha estado exenta de polémica. Diversas voces han cuestionado el retraso en la comunicación pública de los primeros casos, que según algunas informaciones habrían sido detectados al menos 24 horas antes de emitirse la alerta. Expertos en salud pública advierten de que una notificación temprana no solo alerta a la población, sino que permite a los médicos detectar antes los síntomas iniciales, a menudo inespecíficos.

En paralelo, crece la presión sobre el Gobierno para que impulse un programa de vacunación de refuerzo dirigido a adolescentes y jóvenes no cubiertos por la vacuna de la meningitis B. Las farmacias alertan de un aumento de la demanda de dosis privadas —con un coste de más de 250 euros por el tratamiento completo— y de la escasez de suministros. “Las familias no pueden depender de una lotería”, advierten desde el sector.

Mientras tanto, las autoridades insisten en que la medida más eficaz en este momento es la administración de antibióticos a quienes hayan estado en riesgo. También recomiendan evitar prácticas de contacto cercano, como compartir vapeadores u otros objetos, ya que la enfermedad se transmite por secreciones respiratorias.

El brote ha dejado una profunda huella en la comunidad educativa de Kent. Los homenajes a Juliette, la estudiante fallecida, la describen como una joven brillante, alegre y generosa. Su muerte, junto a la de otro estudiante, ha convertido una alerta sanitaria en una tragedia tangible.

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