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El combustible que se acaba

Cuando una coalición de Gobierno anda a la gresca sobre si incluir o no una prórroga de alquileres en un decreto anticrisis y esa gresca pasa a los titulares; cuando, sin precedentes, los consejos de ministros se retrasan por pugnas de interés particular o partidista; cuando todo eso ocurre en mitad de una guerra y de una inflación que golpea a los más débiles, la pregunta pertinente no es quién tiene razón en ese litigio concreto. La pregunta es qué tipo de política es esta, tan ajena al liderazgo en medio de una crisis, a las necesidades de una economía y una sociedad en medio de tensiones extraordinarias; tan ajena, en definitiva, a la realidad del país.

Porque la política tiene varios combustibles posibles: la convicción de que algo debe cambiar, la lealtad a una manera de entender la vida en común, la confianza en que quienes gobiernan saben adónde van. El miedo es el combustible de emergencia, el que se usa cuando los otros se han agotado, el que permite seguir moviéndose, pero no permite elegir la dirección. Una política construida desde el principio sobre el miedo al adversario no es una política empobrecida; una que ha renunciado de antemano a la pregunta más exigente, que no es cómo vencer al adversario, sino qué se quiere construir como alternativa.

Esta semana, Gabriel Rufián ha anunciado un acto conjunto con Irene Montero en Barcelona para abril, bajo la pregunta deliberadamente inacabada de qué hay que hacer. Podemos, que hasta hace poco rechazaba la iniciativa, ha recogido el guante después del hundimiento en Castilla y León, donde las izquierdas no obtuvieron representación parlamentaria. El argumento que mueve a los convocados es el mismo: si no nos unimos, ganan ellos. La extrema derecha, el PP, la reacción y lo que sea menester. Ese argumento puede tener la virtud de lo rimbombante, pero tiene seguro el defecto de lo insuficiente, porque una coalición que solo sabe decir lo que impide nunca sabrá decir lo que construye.

El mismo resorte opera dentro del Gobierno. Sumar permanece en una coalición que le niega sistemáticamente sus principales demandas porque la alternativa, según su propio cálculo, sería peor. Y por toda respuesta, solo tiene gestos vacíos. El PSOE administra esa dependencia sin amago de disimulo, porque Sumar tampoco puede disimular del todo que está atrapado y que, realmente, no son ni el vaporoso «espacio político» que afirman ser. La coalición sigue porque su ruptura produciría algo que ambas partes temen más. Este es su retrato más desnudo: el mal menor perpetuamente renovado, la política reducida a ingeniería del espanto. Lo inquietante no es que la política use el miedo, porque siempre ha sido un recurso a su alcance, sobre todo, al alcance de los malos políticos. Lo inquietante es que esta izquierda haya llegado a un punto en que el miedo es prácticamente lo único que le queda. Rufián lo sabe, y por eso formula su convocatoria como pregunta y no como respuesta.

Las sociedades que únicamente se gobiernan por el miedo a lo que podría venir desarrollan con el tiempo una fatiga específica, una forma de hastío que no es ideológica, sino vital, un cansancio de vivir en permanente estado de emergencia sin que la emergencia nunca acabe de resolverse. Ese agotamiento es lo que hace posibles los proyectos políticos que prometen algo distinto a la gestión de la amenaza, que afirman –con razón o sin ella– que la política puede ser también una manera de imaginar lo que todavía no existe.

Cuando Sumar y el PSOE discuten en público sobre contratos de alquiler mientras medio país no puede pagar el suyo, y cuando Rufián convoca actos para preguntarse qué hay que hacer sin atreverse a decirlo, no están gestionando una crisis. Están revelando que llevan tiempo sin saber responder a algo que no se resuelve con una prórroga ni con un frente amplio ni con ninguna otra ingeniería de la supervivencia electoral.

Hay algo profundamente revelador en que la izquierda española lleve años ganando o perdiendo elecciones en función de lo mucho o poco que asuste el adversario, sin que nadie en ese espacio haya sido capaz de formular una imagen del país que no dependa de lo que el otro haría si gobernara. No es un problema de liderazgo ni de programa electoral ni de candidaturas más o menos unitarias, aunque todo eso importe: es un problema anterior y más hondo, que tiene que ver con si este espacio político ha tenido alguna vez una idea genuina de la España que quería construir o si nació ya como coalición de resistencia, definida por sus enemigos antes que por sus convicciones.

El miedo, como combustible, se les está agotando. Rufián pregunta qué hay que hacer. Que esa pregunta suene a novedad después de años gobernando dice más sobre el estado real de la izquierda española que cualquier resultado electoral.

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