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Margarita Beese, la falangista "intersexual" a la que protegía Pilar Primo de Rivera

El 24 de junio de 1896, en Tenerife, doña Juliana dio a luz a Margarita Juana Beese Rodríguez, hija también de don Bruno, un alemán rudo que sentía devoción por ella. Sin embargo, la niña no fue «oficial» hasta el 22 de mayo de 1901. Otros tiempos; otros ritmos; otras circunstancias. Aquel día, con la niña a punto de cumplir los cinco años, a las 9 de la mañana, la madre y el padre declararon que no estaban casados, pero que la criatura, sin duda, era suya.

Hoy, más de un siglo después, Any y Bruno, dos de los nietos de don Bruno y doña Lola, «no entienden nada». De esta manera presenta la historia Andrea Momoitio, periodista y responsable de un libro, «Farsante» (Libros del K.O.), en el que se sigue la pista a la figura de Margarita Beese.

Any y Bruno habían escuchado que Juliana era una mujer mayor con la que el «güelo» se casó cuando estaba a punto de morir y poco más. No se hablaba del tema: «Lo que me han dicho siempre es que el abuelo Bruno la reconoció [a Margarita] por hacerle un favor a la madre, pero que no era su hija». Era difusa: rebelde, fallecida en la guerra, despilfarradora del dinero de la familia, falsificadora de firmas... «Cada hallazgo les despierta una mezcla de ternura y pudor», explica la autora.

Por su parte, Bruno (nieto) ya intuía que Margarita era un personaje «conflictivo» dentro de la casa: un día se le ocurrió nombrarla en una pequeña conferencia y aquello molestó profundamente. La rumorología habla de que «era lesbiana» y «machuna»; y que «le mandaba papelitos e historias», decían, a una chica del colegio de la que estaba enamorada... Un hecho «terrible» para la época...

Un puñado de pistas

Así, entre medias verdades, chismorreos y recortes de prensa, Momoitio sentencia que «don Bruno tuvo una hija con Juliana antes de formar una familia con su sobrina Lola». A partir de ahí surge una investigación en la que la periodista ha seguido el rastro de lo que ha subtitulado «una historia queer en la Falange». Como ya hiciera con su primer libro, «Lunática», la autora convierte un puñado de pistas confusas en una narración que mezcla «energía, rabia y curiosidad», añade la editorial sobre el cuento de una mujer que dirigió una revista, escribió textos feministas desde posiciones conservadoras y que en los años 30 se introdujo en círculos falangistas hasta convertirse en una colaboradora cercana de Pilar Primo de Rivera.

¿Fue Margarita una falangista queer? ¿Se pueden aplicar las etiquetas de género de hoy a la posguerra española? ¿Por qué viajó a la Alemania nazi después de salir de la cárcel? ¿Por qué su nombre no aparece en ningún documento oficial de su partido?... Son muchas las preguntas que Momoitio trató de contestar en su viaje a Tenerife, donde recopiló los escasos testimonios que recuerdan algo de esta trama telenovelesca, y que cuenta ahora en «Farsante», una obra que comienza por el final: por el juicio a Margarita Beese por falsear su partida de nacimiento bajo el nombre de Juan Carlos. Entonces, los médicos que testificaron en su favor hablaron de «anomalías médicas» que apuntaban, en unos casos, a la «intersexualidad» de Margarita y, en otros, a su «homosexualidad».

Para disgusto de sus padres, dejó Tenerife por Madrid: llegaron las mentiras y vació la cuenta familiar

Hija de una tinerfeña y un alemán que actuó en Los Sabandeños (y del que la familia todavía conserva un cuarto lleno de recuerdos), Margarita «creció bajo la sombra de su padre (...) en una casa en la que todos sabían que había otra casa, otra mujer, otros hijos e hijas (...) Era una persona extrovertida y abierta, que nunca pretendió pasar desapercibida. Confiaba en sí misma, se sabía bien arropada. Apegada a su familia, sí, pero ansiosa por vivir en libertad», describe el libro.

El carácter público de don Bruno Beese en la isla hizo que la pequeña tuviera «cierta relevancia y visibilidad» muy pronto. Su carrera como escritora comenzó en «La Gaceta de Tenerife», un periódico de corte católico y conservador que hasta anunciaba con un día de antelación los textos de la cotizada Beese Rodríguez, quien también llegó a presentarse como poeta, aunque de esta producción no se ha encontrado nada. «Seguro que [sus poemas] eran bien intensos», fantasea Momoitio.

Llegaron los años 20 y Santa Cruz creció, pero seguía siendo insuficiente para ella. Estaba orgullosa de su «patria chica», pero sus planes pasaban por la gran capital, por el bullicio de vivir a la madrileña, hacia donde se embarcó el 28 de abril de 1920, cuando la ciudad «sonaba a cuplés picantes de Raquel Meller o La Chelito, que llenaban teatros mientras la monarquía de Alfonso XIII se tambaleaba. La noche madrileña quería parecerse a la del París de los años locos». Beese quería empaparse de la efervescencia cultural y política de los años veinte.

«Doña Juliana estaba tan orgullosa como asustada con la aventura de su hija», continúa Momoitio: «Sabía, mejor que nadie, que su ambición no tenía límites. Lo más sensato era mantenerla bajo control. Por eso, los padres de Margarita habían apostado por inscribirla también en la Residencia de Señoritas, una institución que ofrecía a las familias garantía de “un hogar espiritual”».

Cambio de aires... a 420 pesetas el mes

Margarita, por supuesto, estaba encantada con el cambio de aires. Su padre, no tanto: empezaba a sospechar que mandarla con los «godos» no había sido buena idea. Y no le faltaba razón, en solo diez meses, la joven se había gastado 4.200 pesetas. Tenía acceso a la cuenta de don Bruno en el Banco Alemán y aquello fue un pozo sin fondo. No escatimó. Gastaba bastante más de lo que su familia se podía permitir y sin ninguna explicación.

Su sueño, como le dijo a su padre, era «ser alguien en la vida y lo conseguiré con la ayuda de Dios y también de mi padre». Sus prioridades quedaban claras en sus columnas en «La Gaceta...», en 1921: le gustaban aquellas mujeres que sentían la necesidad de «abrirse paso en la vida, ayudar a la patria y propagar la cristiandad». Aunque el feminismo que defendía la señorita Beese encontraba resistencias no solo entre las posturas más progresistas, sino también dentro del seno de la propia Iglesia, que temía que el avance de los derechos de las mujeres condujera a una sociedad inmoral.

Su expediente laboral está repleto de decenas de bajas por enfermedad sin especificar

Y así, entre unas y otras, Margarita fue progresando y haciéndose su hueco en la vida. Terminó trabajando en Correos, y pese a que el sueldo (208 pesetas) le hacía «vivir con cierta libertad», aquello no le convencía. Aun menos cuando la trasladaron a Málaga: Miguel Primo de Rivera había dimitido y la monarquía estaba todavía más enferma que ella, que no paraba de empalmar una baja con otra sin que hayan quedado registros de qué le pasaba. «Tuvo una mala salud de hierro. En su expediente laboral hay decenas de bajas y altas, pero en ningún caso se indica el motivo concreto».

No quería perderse lo que estaba pasando en España apoltronada en una oficina. «Necesitaba más», apunta Momoitio. «Quería estar en Madrid» y tampoco cesaba en su empeño de seguir estudiando, pues regresó (estando de permiso) para estudiar Medicina, aunque de esto tampoco ningún examen que lo acredite.

¿Conoció a la Zapatera?

Con el «chorro» monetario de su padre cortado, la incógnita es de dónde sacaba el dinero, pues los periódicos la sitúan de un lado a otro constantemente. Y es en esas cuando el libro especula con una posible conexión, en algún lado, quizá en Granada, con la Zapatera, Agustina González López, una escritora y política que sufrió el descrédito de sus vecinos, incapaces de comprender su pensamiento vanguardista. «Cuentan que se vestía de hombre para poder entrar en los bares y que Lorca se inspiró en ella para escribir “La zapatera prodigiosa”».

Aun así, desde que Besse dejó la dirección de «Héroes» no volvió a publicar artículos en prensa. La revista explicó a su audiencia que estaba enferma y fin.

En 1933 se afilió a la Falange; y en diciembre de 1937, Pilar Primo de Rivera recibió en Salamanca, centro de operaciones de la principal dirigente de la Sección Femenina, a nuestra protagonista. Adonde llegó, como no, estando de baja (y posiblemente con permiso del presidente de la Junta Técnica del Estado). Pilar Primo de Rivera, a pesar de las restricciones, entendió que estaba justificadísimo que Beese se apartara de su lugar de trabajo durante un tiempo y pidió un permiso para ella: «Me son imprescindibles los servicios de la mencionada funcionaria». Mientras, en Málaga, el jefe de la oficina de Correos, daba palmas con las orejas porque todo «redundaría en beneficio de nuestra Santa Causa», firmó. Así que la petición fue aceptada «por ser altamente beneficiosa para los sagrados intereses de España» y pudo dedicarse «con entera libertad a los sagrados trabajos de la Sección Femenina», recuerda Momoitio. El 18 de diciembre de 1937, Margarita llegó a Salamanca con un permiso de 30 días hábiles.

Apenas se había instalado en la ciudad, la propaganda Falangista arrastró a la columnista a la caravana que pregonaría las bondades del bando nacional: comenzando por la genuflexión ante el legado de Santa Teresa de Ávila y el regalo del «best-seller» hitleriano, «Mein kampf». Y tras Castilla, su «lucha» continuaba en Andalucía, lo que «lamentablemente» hacía imposible su incorporación al tedioso puesto de trabajo. Pero fue durante esta peregrinación cuando Margarita Beese cambió de planes. Para sorpresa de nadie, alegó una nueva enfermedad para pedir el traslado a su tierra: «Mi destino actualmente es Málaga y en ella pasé todo el tiempo que estuvo bajo la dominación roja», firmó. Para entonces, doña Juliana ya había muerto. En Correos, esta vez, le negaron el traslado, así que volvió a sentirse indispuesta.

Quedaban muy lejos ya sus columnas en el periódico, la redacción de la revista «Héroes» y sus incursiones en el movimiento estudiantil. Pero estaba de vuelta y don Bruno celebraba tener cerca a su niña. «Había sufrido demasiado –las mentiras de Madrid, los apuros económicos, la desaparición en Málaga– y ahora podrían recuperar el tiempo perdido», escribe la autora de una historia que termina ante el juez y con una condena de dos años y cuatro meses de prisión por asegurar que ya no era Margarita, sino Juan Carlos.

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