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Un aventura principesca

El pasado 17 de enero el Papa León XIV recibió en audiencia privada a Su Alteza Serenísima el Príncipe Alberto II de Mónaco que le invitó a visitar su país, el más pequeño del mundo después del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Dos meses más tarde, el Pontífice ha pasado nueve horas del sábado en el principado universalmente conocido como un emporio de la finanza y del lujo. «No hubiera nunca imaginado que hubiese aceptado tan rápidamente la invitación que le hice en enero», declaró el monarca al «Corriere della Sera».

Una sorpresa que se explica entre otras cosas porque Mónaco es «uno de los pocos países del mundo –subrayó Prevost en sus palabras de saludo– que tienen la fe católica como religión del Estado», aspecto que siempre según sus palabras adquiere un mayor valor «en un momento histórico en el que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz».

De sus 40.000 habitantes se declaran católicos el 82 por ciento pero Mónaco es un microcosmos en el que conviven personas de 150 nacionalidades diferentes «a cuyo bienestar –dijo también el Papa– contribuye una minoría vivaz de personas locales y una mayoría de ciudadanos procedentes de otros países del mundo».

En cuatro ocasiones diversas León XIV ha manifestado sus mayores inquietudes, entre ellas las amenazas a la paz mundial. «¡No nos acostumbremos –sentenció en la misa celebrada en el estadio Luis II ante 20.000 personas– al estruendo de las armas ni a las imágenes de la guerra!. La paz no es mero equilibrio de fuerzas, es obra de corazones pacificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir».

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