Padre, perdónalos
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
El Domingo de Ramos nos hace escuchar dos evangelios en una misma celebración. Primero, la entrada de Jesús en Jerusalén, entre ramos y aclamaciones. A los pocos minutos, la Pasión y muerte del Señor, según san Mateo, de principio a fin. La liturgia comprime en una hora lo que aquella semana desplegó día a día: «¡Hosanna al Hijo de David!», y después: «¡Sea crucificado!». No es un montaje retórico, sino la verdad de la historia. Y la pregunta queda en pie: ¿de qué lado estoy cuando la plaza cambia de parecer?
«Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: “Id a la aldea de enfrente: encontraréis enseguida una borrica atada, con su pollino; desatadlos y traédmelos”… La multitud… gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”» (Mateo 21, 1-9)
(…)
«Entonces Pilato les dijo: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?”… Ellos gritaban: “¡A ése, a Barrabás!”… Pilato… se lavó las manos… y dijo: “Inocente soy de la sangre de este justo”… Ellos respondieron: “¡Sea crucificado!”» (Mateo 27, 17. 24. 22-23).
San Mateo retrata con sobriedad la oscilación de la multitud. A la aclamación «Hosanna» —súplica que se volvió alabanza— le sucede la sentencia cruel: «Crucifícale». La escena no queda archivada en el pasado. La Jerusalén de entonces tiene su eco en el Occidente, que una vez se preció de llamarse “cristiandad” y hoy pide sustituir al Hijo por ídolos más manejables: la comodidad elevada a norma, el placer sin amor, el tener convertido en credo. Se siembra opinión desde altavoces que manipulan conciencias y desde pedagogías que deshumanizan. El mecanismo se repite: se desacredita al Bendito, se exalta a Barrabás. Porque elegir a éste no exige nada; elegir a Jesús pide conversión.
La Pasión según san Mateo nos hace atravesar los pasos decisivos: la entrega, la mesa de la Alianza, el Getsemaní, el juicio, la cruz, el velo rasgado. Allí aparecen las palabras que sostienen la Semana:
«Esta es mi sangre de la Alianza, que será derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mateo 26,28). Aquí la cruz queda interpretada desde el interior. No es improvisación, sino Alianza, perdón inscrito en el cáliz que se asume y entrega. La reconciliación con Dios, queda claro, no nace de un voluntarismo humano, sino de su sangre ofrecida. Sin este sacramento, el perdón se quedaría en tregua frágil; con él, se vuelve creación nueva.
Desde la Última Cena hasta la Cruz hubo una única entrega en cuatro cálices que utilizaba la liturgia de los hebreos en la pascua. En la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo el primer cáliz, de santificación (kiddush), abre la cena y declara que todo pertenece a Dios; el segundo, de memoria del éxodo, recuerda que la libertad no es autoafirmación sino rescate; el tercero, de bendición/redención es el que el Señor identifica con su Sangre, donde la antigua alianza se cumple en la Ley Nueva de la gracia; y el cuarto, de consumación (Hallel), que ritualmente seguía al canto final, Jesús lo aplaza para beberlo en la Cruz.
Es por esto que en Getsemaní, después de haber bebido de los tres primeros, Jesús ora: «Padre, si es posible aparta de mí este cáliz», y en el Gólgota, antes de expirar, proclama: «Todo está consumado», tetélestai (τετέλεσται). Por eso la Eucaristía no “representa” dramáticamente la Cruz; es la Cruz. Por eso, comulgar es entrar en el éxodo de Cristo: del Egipto del yo al Reino del Padre; del cálculo a la alabanza; de la autoafirmación cerrada al «sí» filial que hace fecunda la viña.
«Padre mío… que no sea como yo quiero, sino como quieres tú» (Mateo 26,39). En Getsemaní se escucha la respiración del Hijo. No hay teatro, hay obediencia. El fiat voluntas tua no cancela el temblor, lo consagra. Aquí aprende el corazón a vivir sin doblez: querer lo que el Padre quiere. San J. H. Newman llamaba a esto “someter el juicio propio a una Presencia que ilumina desde dentro”.
«¿A quién queréis que os suelte?» (Mateo 27,17). La opción entre Jesús y Barrabás no es un detalle histórico, es el cruce de caminos permanente. Barrabás representa el atajo: fuerza inmediata, promesa veloz, consenso fácil. Jesús trae la verdad que salva y que no se impone. Charles Péguy intuía que la esperanza sostiene la historia con pasos pequeños; la elección de Jesús nunca se grita a coro, se pronuncia en la conciencia.
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» —Elí, Elí, lemá sabajtaní (Ἠλί Ἠλί λεμὰ σαβαχθανί)— (Mateo 27,46). No es una rendición, es el Salmo 22 hecho oración del Hijo. La queja del justo abre el salmo que termina en alabanza. Mateo no recoge «Padre, perdónalos…» ni «Hoy estarás conmigo…» —palabras propias de Lucas—; en su relato resuenan el grito y la entrega: «Dando de nuevo un fuerte grito, entregó el espíritu» (Mateo 27,50). No hay desesperación; hay cumplimiento silencioso.
«El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se hendieron… El centurión… dijo: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”» (Mateo 27,51.54). El acceso queda abierto. El reconocimiento nace de labios de un pagano. La realeza que entró mansa en la ciudad se revela Realeza crucificada. Chesterton apuntó que Dios no arrebata tronos, los sostiene desde la cruz. La corona es de espinas y, sin embargo, funda toda esperanza.
Con estos dos evangelios juntos, el Domingo de Ramos nos llama a discernir voces. ¿Quién guía mis decisiones cuando la plaza presiona? ¿Quién me enseña a elegir cuando los fabricantes de opinión levantan consignas? San John Henry Newman recordó que la conciencia es “el primer vicario de Cristo”; no licencia, sí obediencia a la verdad. Sin conciencia formada, el grito del día suplanta al Evangelio.
Hay también un combate dentro de cada uno. Hoy agito ramos; mañana puedo cruzarme de brazos. La fidelidad no vive de altibajos, vive de verdad amada. Gerard Manley Hopkins habló de la “intelección del amor”: saber con el corazón lo que el amor pide y sostenerlo cuando no conviene. Esa inteligencia se aprende a los pies de la cruz y se alimenta en la Eucaristía, donde la palabra de Mateo se hace Pan y Copa: perdón derramado, alianza que permanece.
La Semana que comienza no es un relato que pasa, es un camino que se recorre. Desde la Puerta de Ramos hasta el Velo rasgado, el Hijo nos conduce con mansedumbre regia. Tolkien llamó eucatástrofe a la irrupción de alegría cuando todo parece perdido; la Liturgia de Ramos nos entrega el prólogo de esa alegría. La plaza varía de estribillo; el Cordero mantiene su fiat. Ahí descansa la Iglesia.
«¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»
¿Acompaño la aclamación con decisiones concretas durante la semana, o reduzco el Hosanna a entusiasmo fugaz?
«Esto es mi sangre… para el perdón de los pecados»
¿Vivo la Eucaristía como fuente real de perdón y reconciliación, o permanezco en deudas y memorias de agravios?
«Padre mío… no sea como yo quiero, sino como quieres tú»
¿Uno mi voluntad a la del Padre en lo que hoy me pide, o sigo rindiendo culto a mis “Barrabases” de comodidad, placer y tener?
«¿A quién queréis que os suelte?»
¿Elijo a Jesús cuando el ambiente presiona, o cedo a la consigna que libera atajos y encadena el corazón?
«Dando de nuevo un fuerte grito, entregó el espíritu… Verdaderamente éste era Hijo de Dios»
¿Reconozco al Hijo en su forma crucificada y me dejo abrir el acceso al Padre, o busco otra realeza hecha de propaganda?
Dile sinceramente a Dios
Señor Jesús, que mi Hosanna se vuelva fidelidad. Enséñame a elegirte cuando la plaza cambia de voz. Dame memoria de tu Sangre derramada para el perdón, valentía de Getsemaní y verdad de la cruz. Rasga hoy mi velo y haz que confiese contigo: Tú eres el Hijo de Dios.