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Francisco de Goya, en los archivos de palacio: "Suplico mi jubilación"

Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) lo intentó el 24 de julio de 1779. Pedía a su majestad que se «dignase a concederle plaza de pintor de cámara», firmaba este en una carta a Carlos III. Había llegado a Madrid desde Italia, llamado por Anton Raphael Mengs, y ya sumaba cuatro años trabajando en los cartones de la Real Fábrica de Tapices. Se estaba iniciando por estos lares bajo el auspicio de su cuñado, Francisco Bayeu. Pero no pudo ser. Su experiencia todavía era insuficiente para escalar hasta semejante puesto de honor.

No sería hasta una década después, recién ascendido al trono Carlos IV –hijo del anterior–, cuando el de Fuendetodos volvería a intentarlo, «ya con otra experiencia y otro bagaje detrás», puntualiza Álvaro Moreno, técnico de Patrimonio Nacional. Esta vez sí: contratado. Así lo demuestran los documentos conservados en el Archivo General de Palacio –de carácter público–, donde los funcionarios de la Real Casa daban su visto bueno a la entrada en la Corte del que con el paso de las décadas terminaría convirtiéndose en una de las figuras más influyentes de la historia de España.

Cedió las planchas de sus «Caprichos» para ayudar a su hijo y, a su vez, librarse de la Inquisición

En esa misma carpeta, a la que ha tenido acceso este diario, aparecen otros informes en los que se hace referencia a ese momento en el que, a finales de 1792, se le «quiebra la salud» al artista y comienzan sus problemas de apoplejía «que marcarían mucho su carrera», añade el técnico sobre un contratiempo que haría «madurar internamente al pintor». Bache que conviene tener en la cabeza cuando en los «Caprichos» (finales del siglo XVIII) nos topemos con una suerte de Goya recostado sobre un pupitre y escoltado por los supuestos «fantasmas» de su cabeza (lechuzas, murciélagos, linces...): «El sueño de la razón produce monstruos», reza el doliente grabado que invita a pensar en un autorretrato de esa etapa en la que perdió la creatividad y el ánimo de producir. Es a partir de ese instante cuando empezó a rogar al rey sucesivas licencias para viajar a Andalucía, por los beneficios de su clima, y a Francia, en concreto a esos baños que se daba en Burdeos y que tenían un resultado reparador para su cuerpo.

Entre peticiones y consentimientos, la documentación muestra otras instancias significativas, como la de 1798, donde Goya solicita al monarca que se le pague todo lo que ha adelantado a su moledor (encargado de moler los pigmentos), pues llevaba 27 meses sufragando los gastos de esta persona, a 6 reales el día, y los de los materiales. Reclama así el dinero para poder continuar con sus trabajos. O también otra carta en la que el de Fuendetodos expresa «sus ardientes deseos de perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa», firmaba como anticipo de su cuadro sobre la carga de los mamelucos, de 1814.

Un tesoro en el que bucear

Palacio guarda con celo el expediente de su pintor de cámara; un tesoro en el que bucear y en el que encontrar otro gesto llamativo dentro de la trayectoria de Goya. Con la Inquisición pendiente de que nadie se saliera del rebaño, el artista hace un movimiento doble con la entrega de las planchas de sus «Caprichos», también conservados por Patrimonio Nacional en su cámara de seguridad junto a otros ejemplares como la primera edición del «Quijote de Avellaneda». Con ese regalo al monarca, don Francisco mata dos pájaros de un tiro: por un lado, «pide a cambio una pensión para su hijo Francisco Javier, con el que se dice que no se lleva muy bien y que, además, no debía ser muy avispado. Sin oficio ni beneficio», puntualiza Moreno ante un texto en el que se puede leer la petición para el «hijo del expresado de 12.000 reales de vellón anuales para que viajando en países extranjeros e instruyéndose en la pintura pueda distinguirse como su abuelo materno y su padre, quien cuidará de dirigirlo a tan importante objeto». Solicitud, por cierto, aceptada por parte de la Casa Real.

Y por otro lado, Goya se protege de la citada Inquisición, que aunque entraba en una fase terminal todavía estaba vigente: «Él tuvo alguna delación y consideró que la mejor manera de evitar que le hicieran pesquisas personales era regalar al rey las planchas y quitarse del medio los ejemplares. Por eso pasaron luego a la Real Academia de San Fernando», explica Valentín Moreno, técnico superior de Patrimonio Nacional, sobre una pista que nos lleva hasta la Real Biblioteca de palacio, donde Nuria Torres, guardiana del lugar, espera a LA RAZÓN con esos «Caprichos» goyescos, sacados para la ocasión de esa caja de seguridad y donde el artista se destapa como el maestro absoluto del grabado.

En los documentos son habituales las peticiones de viajes para cuidar de su maltrecha salud

Sobre la mesa se presentan las 80 estampas que, como indica el experto Valentín Moreno, representan su «primera obra de madurez, incluso de antes que sus grandes cuadros». Un título engalanado con unas tapas azul noche que ya dan pistas del aspecto tenebrista de lo que guarda en su interior, y cuyo origen intelectual se encuentra en la década de los 80 del siglo XVIII, cuando el pintor trata con ilustrados como Jovellanos, Meléndez Valdés y León de Arroyal. Es ahí cuando cambia su mentalidad de hombre del antiguo régimen por una ya ilustrada, prerromántica. De hecho, la primera imagen del cuaderno es un autorretrato «muy innovador», señala el técnico de ese Goya inmortalizándose con un sombrero burgués de copa.

Sobre estas bases, el ejemplar, valorado en su época en unos 5.000 euros actuales, se divide en tres partes: una primera crítica social a los vicios y costumbres de la época, sobre todo a las clases altas en la que se puede ver la impronta de figuras como la duquesa de Alba y la reina María Luisa; un sector central que hace de «bisagra» con grabados asnales donde la sátira política se centra, entre otros, en un Godoy inmortalizado como un burro; y una última serie más oscura que dispara con bala a los vicios de la iglesia y los frailes –a los que llamaba «duendecitos»–. «Lo que le causó ciertos problemas con la Inquisición, que le delataron», puntualiza Valentín Moreno.

53 años de servicio a la corona

Por lo que fuera, el artista esquivó la guadaña inquisitoria hasta completar 53 años al servicio de la corona. «Suficientes», pensó cuando el 30 de mayo de 1826 sumó una última carta a su carpeta: en ella hace alusión a su servicio durante décadas a su majestad y amigo, a sus diferentes «achaques», a su exilio voluntario en Burdeos por la represión de los liberales y al peso de los 80 años que tenía a sus espaldas. Es por todo ello por lo que Francisco de Goya realizaba una última «súplica», firma de su puño y letra: «Se digne a concederme mi jubilación con el honorario que gozo o con el que sea del agrado de N. M. para volver a aprovecharme del clima, alimentos y baños que tanto me han aliviado».

Así, el expediente se completa con otra misiva, esta vez firmada por su hijo Francisco Javier, donde anuncia la muerte de su padre el 16 de abril de 1828: «Falleció en Burdeos, reino de Francia, don Francisco de Goya y Lucientes, primer pintor de cámara de S. M. jubilado». Información en la que detallaba «una parálisis en el lado derecho que terminó en un accidente apoplético», cierra.

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