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Pequeña ciudadana, por Paula Távara

A inicios de abril, la profesora de esa pequeña ciudadana de tres años y medio a la que un día parí me contó que le había dicho, con su vocecita infantil: “¿Sabes que todavía no tenemos un buen presidente? Tenemos que votar bien”.

Y allí fuimos el 9 de abril, juntas. Yo marqué, ella introdujo la cédula en el ánfora. Y sonrió feliz. No ganó nuestra preferencia, pero la democracia, como digo en mis clases y le digo a ella, significa también saber perder. Y aunque perdimos, respetamos el resultado y seguimos adelante, siendo las mejores ciudadanas que podamos.

Mi pequeña ciudadana pregunta, mira, pone atención a las conversaciones de los adultos y trata de entender. Dice que cuando sea grande trabajará “en la política con mamá” porque, como ella bien sabe, “las mujeres y las niñas podemos hacer de todo”.

Frente al televisor de casa, con los ojos brillantes y absorta en las imágenes, Candela vio, por ejemplo, cómo Christina Koch se convertía en la primera mujer en sobrevolar la Luna.

A propósito de ir a votar, le conté que, así como antes ninguna mujer sobrevoló la Luna, no siempre las mujeres pudimos votar. Ni ser presidentas o congresistas. Lo que para ella es absolutamente normal, ver mujeres presidentas, congresistas, candidatas, no siempre fue así.

Le conté que su bisabuela Natalia se ponía su mejor vestido para ir a votar, porque había sido de las primeras mujeres en hacerlo. También que su bisabuela Dora, con casi 100 años, aún ve los debates presidenciales.

Lo que supongo que es más difícil de explicarle es que, pese a que han pasado 70 años desde que las mujeres votamos en el Perú, solo habrá 16 mujeres senadoras. Cuando se trata de la cámara parlamentaria con más poderes y facultades que se ha visto en el país, los partidos eligieron priorizar cabezas de listas masculinas y las mujeres han quedado relegadas a apenas un cuarto de sus escaños.

Tampoco he podido explicarle por qué, otra vez, un grupo de personas se empeña en rechazar los resultados de la elección, con argumentos imposibles, amenazas violentas y abusos de autoridad. ¿Cómo le explicas que, mientras ella espera su turno para los juegos infantiles, ellos no pueden aceptar que esta vez no les tocó? ¿Cómo enseñas a una pequeña la importancia de usar un lenguaje amable mientras un aspirante a presidente insulta y amenaza de muerte?

Supongo que se trata de explicarle que hay quienes entran a la política no para intentar hacer de este un país mejor, sino para intentar moldearlo a sus preferencias particulares. Cueste lo que cueste, y aplaste a quienes aplaste.

Porque el protagonista de semejante pataleta fraudista es el mismo partido político que lleva años intentando quitarle derechos a mi hija y a todas las mujeres del país.

El mismo partido que pretende negar los votos de peruanos y peruanas pretende negarnos a las mujeres justicia frente a la violencia machista, cambiando el delito de feminicidio (asesinato por la condición de mujer) por el de asesinato de la pareja. Como si Ayvi Ágreda no hubiera sido asesinada por su acosador precisamente por no aceptar ser su pareja. O como si Ruth Gutiérrez, de solo 22 años, no hubiera sido asesinada esta misma semana por su expareja.

El mismo partido que niega a las niñas violadas el derecho a salvar sus vidas y recuperar al menos parte de su infancia con un aborto terapéutico; que niega a las infancias transgénero la posibilidad de tratamientos afirmativos (evidentemente bajo supervisión y aceptación de sus familias); el mismo que decide quién entra y quién no a un baño.

Pocas cosas me gustan tanto de mi niña de fuego como cuando nos corrige. Yo pregunto “¿y todos los niños fueron?” y ella me responde “y las niñas”. Yo digo “es que había muchos niños” y ella me mira seria y dice “y niñas”. Eres ya mucho mejor feminista que yo.

¿A ver quién le dice a ella que ese mismo partido autoritario ha prohibido que se hable de niñas y niños, hombres y mujeres, ciudadanos y ciudadanas? Y que lo ha hecho al punto de haber intentado borrar a las niñas de una ley que protege a “niños, niñas y adolescentes” que reciben tratamiento para el VIH.

Y es que el autoritarismo en la política se expresa, claro, en los intentos de control de la esfera pública y de poder, pero su ambición llega, indefectiblemente, a la búsqueda de control y dominación de la esfera más privada de nuestras vidas.

Por eso, en Estados Unidos, el movimiento contra la Enmienda 19 de su Constitución, la que da el voto a las mujeres, empieza a cobrar espacio en las redes sociales, promovido por miembros de la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas, vinculadas hoy en día al secretario de Defensa de ese país.

Bueno, quizás esto no debería sorprendernos tanto —aunque suene a argumento de El cuento de la criada— si tenemos en consideración que una figura del partido que aquí grita fraude declara también, sobre el púlpito de su propia iglesia evangélica, que el hombre es el pastor de la casa y las mujeres solo debemos ser sus asistentes.

Hija mía, tú sigue jugando a ser Christina Koch, Harriet Tubman o Clara Campoamor. Tú sigue jugando a votar en la caja de zapatos que tu abuela ha convertido en ánfora para ti. Porque mientras estos partidos sigan intentando dominar nuestras vidas, también habrá mujeres peleando por un lugar en la política, en la democracia y en la vida pública. Tú y yo, mi pequeña ciudadana, estaremos entre ellas.

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