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¿Está Costa Rica debilitando su democracia para combatir la parálisis política?

Como dice el viejo refrán popular: “el que peca y reza, empata”. Partiendo de esa mezcla de ironía, sabiduría callejera y resignación moral, quisiera compartir algunas reflexiones sobre los últimos acontecimientos relacionados con el quehacer político de nuestro país.

Primero voy a pecar. A mis ochenta y tantos años, la vida aún me sigue dando lecciones. Confieso que jamás imaginé presenciar algo semejante a lo que en días pasados contemplaron mis ojos.

Nunca, en toda mi larga experiencia ciudadana, había visto que un presidente de Costa Rica presuntamente llegara al extremo de promover, insinuar o celebrar medidas de represalia contra ciudadanos costarricenses, utilizando como instrumento la cancelación de visas para ingresar a Estados Unidos.

Los últimos actos antes de “entregar el poder” –y coloco la expresión entre comillas deliberadamente– parecen haber estado dirigidos a castigar a distinguidos ciudadanos que, desde sus cargos en la Junta Directiva de La Nación, se han propuesto preservar no solo una empresa periodística, sino un espacio histórico de nuestra libertad de prensa.

De ser verdad lo que tanto se rumoró, el aún mandatario y sus contactos norteamericanos, como diría el lenguaje popular, “la sacaron del estadio”.

Podría concedérseles a las autoridades estadounidenses la dudosa excusa de que desconocían plenamente a quiénes estaban afectando. Pero resulta difícil aceptar que una representación diplomática ignore la honorabilidad, la trayectoria pública y la integridad de las personas involucradas.

Y ahí radica precisamente la gravedad del asunto. No estamos hablando de delincuentes, narcotraficantes ni personajes vinculados al crimen organizado. Estamos hablando de ciudadanos honorables, figuras de reconocida trayectoria, personas cuya conducta democrática merece respeto aun desde la discrepancia política. Lo ocurrido constituye, más que una sanción individual, una ofensa moral contra Costa Rica misma.

Porque cuando se agrede simbólicamente a ciudadanos vinculados con la justicia, la institucionalidad, la vida republicana o la libertad de prensa, lo que termina golpeado es el alma democrática de toda la nación.

Debo decirlo con tristeza: percibo en estos hechos un profundo resentimiento hacia la prensa independiente, hacia el equilibrio de poderes y hacia el modelo democrático del cual Costa Rica se sintió orgullosa durante décadas. Y utilizo el verbo en pasado deliberadamente. Porque los acontecimientos recientes han dejado heridas profundas en la imagen de aquella Costa Rica institucional que durante años exhibimos ante el mundo como ejemplo de civilidad republicana.

Algunos podrían interpretar estas acciones como parte de una lógica peligrosa: aquella mediante la cual las grandes potencias premian la obediencia de los pequeños subordinados. Y quizá alguien llegue a pensar, con amarga ironía, que el precio pagado fue barato, pues bien pudieron haberse exigido concesiones mayores y de verdadero beneficio para el país.

Sin embargo –y aquí deseo “empatar”, como dice el refrán–, debo reconocer algo importante. En días recientes, he conversado con varios buenos amigos, personas inteligentes, decentes y profundamente patriotas, quienes votaron por la papeleta presidencial triunfadora.

Todos coincidían en algo: la popularidad del actual movimiento político nace, en gran medida, de la frustración acumulada de un pueblo cansado de ver a Costa Rica avanzar con desesperante lentitud, o quedar atrapada en una parálisis casi permanente.

Y debo admitir que no les falta razón. Durante las últimas décadas, la extrema fragmentación política, la proliferación de pequeños partidos y la incapacidad de construir acuerdos nacionales terminaron produciendo inercia, inmovilismo y desesperanza.

Muchos costarricenses sienten que el país dejó de decidir, dejó de ejecutar y dejó incluso de soñar. Por eso, amplios sectores de la población apostaron por un liderazgo fuerte, convencidos de que una amplia mayoría parlamentaria podría finalmente destrabar decisiones urgentes para el futuro nacional.

Ahora bien, con la enorme cuota de poder que el pueblo les ha otorgado, ya no habrá excusas. El país espera resultados concretos en seguridad, infraestructura, transporte público, reducción del costo de las medicinas, modernización institucional, solución de las interminables presas, ampliación de carreteras, disminución de la deuda pública y saneamiento de las obligaciones con la Caja Costarricense de Seguro Social.

También será el momento de demostrar si proyectos largamente prometidos –como el tren eléctrico, la intervención en Crucitas, Ciudad Gobierno o las reformas relacionadas con instituciones estratégicas del Estado– eran verdaderas propuestas de transformación nacional o simples consignas electorales. La historia será la que dicte sentencia.

He escrito lo que siento, lo que mi corazón le dicta a mi conciencia. A mi edad, no temo represalias; me asustaría mucho más guardar silencio frente a aquello que considero una peligrosa erosión de nuestra vida democrática.

El tiempo nos dirá si el pueblo tuvo razón en su apuesta… o si, por el contrario, algún día descubriremos, demasiado tarde, que, en el afán de combatir la lentitud de la democracia, terminamos debilitando la democracia misma.

jaime.feinzaig@icloud.com

Jaime Feinzaig es cirujano dentista y exembajador de Costa Rica en Italia.

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