World News in Spanish

Laia, Jaume y el niño Ferran, la Cataluña que no se regodea en el victimismo

Abc.es 
Antes de la matraca del 'Espanya ens roba', el irredentismo catalán había formulado otra acaso más delirante: «El papa no ens estima». En el segundo volumen de sus memorias, Jordi Pujol rememora la accidentada visita de Juan Pablo II al monasterio de Montserrat , bajo una lluvia torrencial, con varias horas de retraso sobre el horario previsto y una multitud calada hasta los huesos que aguardaba al ilustre visitante entre tiritonas y cánticos afónicos. Pujol y su señora, insigne coleccionista de misales, esperaban que el Papa polaco, que había sufrido la opresión de su patria a manos de los totalitarismos, mostrase una sensibilidad especial hacia el «hecho diferencial» catalán; pero Juan Pablo II se mostró –siquiera según su percepción—demasiado frío y distante (sospecho que, simplemente, se mostraría renuente a sus tabarras) y entonces la señora Ferrusola le dijo a su marido, desconsolada: «Este hombre no nos entiende, este hombre no nos quiere». Antes que a Juan Pablo II , el irredentismo polaquito ya había acusado a Pablo VI de la misma incomprensión y el mismo desamor, por atreverse a nombrar obispos para las sedes catalanas que no eran oriundos de Cataluña. Y en la visita relámpago que Benedicto XVI hizo a Barcelona, durante la cual consagró la iglesia de la Sagrada Familia como basílica menor, el irredentismo polaquito adujo, para no sentirse querido, que la liturgia de la consagración se había desarrollado apenas en un veinte por ciento en catalán. Con León XIV ni siquiera han esperado a hacer estos cálculos enfermizos; y antes de su llegada a Cataluña le han montado una campaña horrendamente chantajista, exigiéndole que emplee durante su visita a Cataluña una lengua que desconoce por completo, como reconoció campechanamente (sin entender la tormenta que se estaba tramando) durante el vuelo que lo traía a tierras españolas. La campaña de extorsión del irredentismo polaquito ha incorporado episodios en verdad repugnantes, con el errabundo Puigdemont al frente, que ha llamado a los cardenales «escarabajos», recuperando la estremecedora denominación que dedicaban sus asesinos a los sacerdotes martirizados en Cataluña durante el verano del 36. Y también episodios chuscos, como el protagonizado por Miriam Nogueras, que abordó imperiosamente al Papa en inglés, durante su visita al Congreso, para decirle que hablar en catalán durante su estancia en Cataluña sería un «maravilloso acto de amor y respeto» hacia los catalanes. Pero, pidiéndoselo en inglés y no en catalán, Nogueras estaba asumiendo que León XIV no domina su lengua ; y forzarlo a hablar en una lengua que no domina no parece el «acto de amor» más espontáneo. Finalmente, León XIV ha incorporado en todas sus alocuciones en tierra catalana pasajes en un catalán inevitablemente ininteligible, como no podía ser de otro modo. Converso sobre este asunto con Laia, una joven ampurdanesa muy franca y simpática que acaba de estrenar la maternidad, y con su marido Jaume, barbudo y jovial, que me han reconocido y pedido que me quede con ellos, a la sombra de un plátano, esperando el paso de León XIV, camino de la Sagrada Familia. Ambos han traído en un cochecito a su bebé de apenas cinco meses, el primogénito de su matrimonio, al que esperan dar pronto una hermanita. El niño se llama Ferran, como su abuelo materno. —¿Por qué el Papa tiene que humillarse de esta manera? –se lamenta Laia--. Es completamente grotesco. —¿Pero no os parece bien el gesto de hablar en catalán, aunque sea un catalán patatero? ¿Preferís que lo haga en castellano? —Preferimos que pueda transmitir lo que lleva dentro de la forma más plena posible; y es evidente que hacerlo en castellano le resulta infinitamente más cómodo. Todo el mundo ha visto esta mañana, en Montserrat, cómo se esforzaba en cantar el Virolai. ¿No les basta con ese gesto? Luego, cuando ha salido a saludar a la multitud que se agolpaba en la plaza de Santa María, ha saludado en catalán, antes de continuar hablando en español, para poder mostrarnos su amor de forma plena, sin impedimentos lingüísticos. Nos parece una bajeza que unas personas llenas de odio (y, por supuesto, nada católicas, o sólo católicas de boquilla) quieran medir el amor del Papa a los catalanes por la lengua en que se expresa. Uno ama más y mejor en la lengua que conoce. Y la lengua española, que el Papa conoce, la conocemos igualmente todos los catalanes. Jaume tercia en la conversación, recordando que antaño la Iglesia habría solucionado de inmediato este litigio, celebrando la misa y formulando la bendición solemne de la Torre de Jesucristo en la lengua milenaria de la Iglesia: —Durante siglos, la Iglesia fue la principal promotora de las culturas vernáculas; y eso no le impidió invocar y adorar a Dios en latín. Bastaría volver al latín y se acabarían estas… Laia pega un codazo a su marido, para impedir que remate la frase, y vuelve a tomar la palabra: —El Papa ha probado su amor a los catalanes dando consuelo a las personas que sufren, como hizo ayer en el estado de Montjuic. Lo ha probado esta mañana, saliendo a saludar a los fieles e improvisando unas palabras ante ellos, en Montserrat. Lo ha probado esta tarde, en la parroquia de San Agustín, respondiendo a la carta que le había escrito un niño necesitado. El amor no se prueba hablando una lengua que no conoces, se prueba hablando de corazón a corazón, que es lo que el Papa ha hecho desde que llegó a Barcelona. Pero esa gente enferma no sabe lo que es amar y respetar, tampoco les interesa. Sólo les preocupan sus mezquindades y sus provincianismos morbosos, que nos están matando. ¡Y esto te lo dice una catalana de pura cepa! No sabemos si esos «provincianismos morbosos» están matando a los catalanes; más evidente parece que están matando la fe del pueblo y sustituyéndola por idolatrías maniáticas. Hace unos días, escribía jocosamente Salvador Sostres, otro catalán de «pura cepa», refiriéndose a sus paisanos y a la figura del caganer: «Somos los que, para celebrar el nacimiento más trascendente de la Historia, nos escondimos tras unos matorrales y nos pusimos a cagar». Se trata, sin duda, de una pulla tan hiriente como tremendista, considerando que, además de aportar la figura del caganer, Cataluña ha aportado al mundo esta catequesis de piedra que se alza como un acantilado en medio de la ciudad, bajo la advocación de la Sagrada Familia; pero sin duda Sostres ha sabido denunciar magníficamente ese victimismo narcisista que pretende medir el amor a Cataluña contando las palabras que se pronuncian en una u otra lengua. Prat de la Riba, en un pasaje espeluznante de 'La nacionalitat catalana', refiere cómo los pioneros del nacionalismo catalán, al descubrir que el ser de Cataluña estaba adherido al ser español «como los pólipos al coral», decidieron forzar su separación: «Y esta obra --reconoce Prat de la Riba-- no la hizo el amor, sino el odio». Inevitablemente esa obra del odio acabó matando realidades espirituales que estaban ligadas al «ser español». Tal vez por ello el doctor Sánchez y sus mariachis, que evitaron en la medida de lo posible asistir a los actos papales que se celebraron en Madrid hayan venido en manada hasta Barcelona, donde el enfriamiento de la fe parece abrigarlos. Pero ese enfriamiento que envuelve a los mariachis gubernamentales no alcanza a la multitud que se congrega en la calle Rosellón, por donde aparece el papamóvil, como una barcaza sobre el río detenido del asfalto. El gentío que se agolpa en ambas aceras alza entonces un bosque de teléfonos móviles como por arte de ensalmo, mientras Laia se vuelve al cochecito donde Ferran dormita, y lo toma en brazos, con un orgullo casi fiero. Entre el barbudo Jaume y yo mismo conseguimos abrir un hueco entre el gentío, para que Laia pueda hacer visible a su bebé a los guardaespaldas que rodean el coche papal. Hemos tenido suerte porque el coche se ha detenido justo delante de nosotros y un guardaespaldas del séquito papal, muy alto y de pelo cano, ha reparado en Laia, que le tiende a su hijo, con una sonrisa desarmada y desarmante como la paz que predica el Papa. Y el guardaespaldas no puede resistirse, cede y se acerca para tomar a Ferran en volandas, hasta ofrendarlo con un movimiento grácil y raudo a León XIV, que sonríe en catalán mientras le hace la cruz sobre la frente y le acaricia los mofletes también en catalán, con mucho amor y respeto, antes de que el guardaespaldas del pelo cano se lo devuelva a su madre con una pasmosa facilidad, adquirida en estos días en que cientos de niños han volado por las calles de Madrid y Barcelona, en busca de la bendición papal. El pequeño Ferran tiene un gesto intrépido y absorto, como si la bendición papal le hubiese lavado las legañas. —Déu n'hi do, quin fill! Rei meu! –exclama una exultante Laia, haciéndole carantoñas y besando la frente donde acaba de ser santiguado por León. Me ha impresionado la falta de prevenciones y reparos con que Laia ha entregado su niño al guardaespaldas. —¿No tenías miedo de que se le cayera de las manos? Laia me mira sorprendida, con ese gesto de pasmo que provoca la flojera entre las ampurdanesas: —¿Pero estás tonto o qué te pasa? L'amor del Papa protegeix es meu nin!

Читайте на сайте