El incendio boliviano, por Ramiro Escobar
Allá por el año 2009, por una de esas fortunas de la vida, me invitaron a una conferencia en Cochabamba, una de las ciudades más importantes de Bolivia. Para cierta sorpresa mía, lo que me encontré no fue, en modo alguno, un colectivismo andino o algo similar, sino una carrera de autos, más bien propia de un país en bonanza y relajado.
Al país vecino no le iba mal entonces. Crecía sostenidamente, al punto que el Banco Mundial, en algún momento, felicitó al gobierno de Evo Morales por su gestión económica. No parece cierto, por eso, que los tiempos del Movimiento al Socialismo (MAS) fueran siempre un fracaso. La macro y la microeconomía evista convivían entonces con cierto éxito.
En ese mismo viaje, sin embargo, fui a una comunidad andina y unos campesinos me contaron que, en una ocasión, Morales llegó y regaló dinero en efectivo. Ese era, según me dijo un analista político, uno de los problemas del gobierno: el despilfarro. Y otro problema, grave, fue no prever cómo manejaría en el futuro la riqueza gasífera boliviana, más allá de verla como una caja de programas sociales.
Además, la insistencia de Morales en creerse un predestinado, lo que lo llevó a forzar una reelección a pesar de haber perdido un referéndum que se lo prohibía en 2016, terminó de contaminar el sistema político boliviano. El líder cocalero se perfiló entonces como un obsesionado por el poder.
Morales salió del poder en medio de un tumulto social en 2019, pero el MAS volvió al poder en 2020 con Luis Arce, el exministro de Economía de Morales, y entonces vino el declive del movimiento. Luego, en 2025, gana las elecciones Rodrigo Paz, quien triunfó tras hacer acuerdos tácitos con las distintas facciones de ese movimiento o con votantes proclives a la izquierda. Su victoria era el escenario menos malo para ellos.
Una vez llegado al gobierno, Paz se ha convertido en un miembro más de la derecha pro-Trump regional. Además, tomó medidas que agitaron seriamente las calles: una reforma agraria al revés y una anulación de los subsidios a los combustibles. Su propio vicepresidente, Edman Lara, se ha puesto en contra de él. ¿Sobrevivirá? Siempre es una mala noticia que haya una crisis política en el barrio. Aunque parece que este presidente no midió la fuerza de la calle y del movimiento social, que históricamente tiene peso en Bolivia