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Un tesoro geológico en el tramo Barranca-Limonal

Hace unas semanas, durante un fin de semana largo, unos 20 geólogos visitamos la ampliación del tramo Barranca-Limonal, sobre la carretera a Guanacaste. Cualquier persona razonable se preguntaría quién, en su sano juicio, se va a observar cortes de carretera a pleno sol en vez de ir a la playa a disfrutar de las olas. La respuesta es sencilla: las personas que nos interesamos en la Geología.

Son pocas las oportunidades que tenemos de observar capas de sedimentos y rocas sin la cobertura de suelo y vegetación tropical. Por eso, los geólogos sentimos debilidad por los sitios donde el paisaje deja ver sus entrañas: taludes, acantilados, márgenes de ríos y quebradas, cuevas o deslizamientos recientes y, por supuesto, los cortes de carretera. Esos lugares que llamamos afloramientos.

La palabra tiene algo poético. Aflorar es emerger. Asomarse. Dejarse ver después de haber permanecido oculto. Quizás por eso los geólogos del trópico perseguimos afloramientos: porque son instantes raros en los que el paisaje parece entreabrirse y revelar fragmentos de una historia mucho más antigua que nosotros.

La buseta iba cargada de piquetas, chalecos reflectivos, cascos y mochilas, pero sobre todo de experiencia –por no decir que la media de edad era superior a los 50– y de enormes ganas de compartir y seguir aprendiendo. Guillermo Alvarado, uno de los colegas que más ha estudiado las rocas volcánicas de Costa Rica, se ofreció a liderar el viaje, aunque tampoco tenía claro qué íbamos a encontrar ahí.

A eso de las 9 de la mañana, nos detuvimos en la primera de las seis paradas que, es necesario admitir, sirvieron a veces para rehidratarnos con fresquitos de tamarindo en latas con aves imperiales. Como buen profesor, Guillermo nos puso tarea: describir el afloramiento e inferir su origen. Había que batear –ojo, con criterio– qué había ocurrido ahí a partir de lo que veíamos.

Caminamos al lado de la carretera. El talud se extendía por unos 100 metros. Con solo verlo, estaba claro que aquello venía complicado. Nos juntamos para comparar notas.

Había bloques volcánicos de hasta dos metros de diámetro, poco redondeados, inmersos en sedimentos finos. Entre ellos aparecían fragmentos de madera y niveles oscuros que daban la impresión de ser suelos antiguos. Hacia un costado, inclinados y cortados por fallas, sedimentos intercalados con lavas.

Se trataba de un ambiente volcánico; eso estaba claro, pero ¿qué había ocurrido ahí exactamente? Probablemente observábamos el depósito de un megadeslizamiento que había arrasado con bloques, suelo y vegetación, de forma parecida a los que nos afectan todavía hoy, aunque a una escala mucho mayor.

Todo aquel material terminó depositándose sobre sedimentos y lavas más antiguas, que probablemente se habían inclinado antes del colapso. El uso de “probablemente” no es casual. Forma parte de las interpretaciones iniciales que hacemos los geólogos al leer las rocas. Después, afinamos esas hipótesis con análisis detallados, comparación con mapas y dataciones.

Hay algo de trabajo detectivesco en el intento de reconstruir, a partir de fragmentos de roca, historias que ocurrieron hace miles o millones de años.

Esa primera parada fue un adelanto de lo que veríamos después: depósitos volcánicos caóticos, asociados a deslizamientos, flujos de lodo o lahares, similares a los que afectaron Taras de Cartago durante las erupciones del Irazú. También veríamos otros más ordenados, como la colada de riolita de 6,5 millones de años, una roca clara e inusual en Costa Rica, expuesta en el parqueo del restaurante junto al río Ciruelas.

Fue fascinante escuchar cómo cada colega observaba el paisaje desde su especialidad. Sergio Mora, con su visión de geoingeniería, nos señalaba una torre demasiado cercana al talud; Adrián Villegas, desde su experiencia en minería, revisaba la orientación de fracturas con alteración hidrotermal –es decir, asociadas a posibles mineralizaciones–, y el hidrogeólogo Ernesto Echandi reconocía lavas importantes al definir pozos de extracción de agua.

Esta gira nos recordó que Costa Rica es un territorio volcánico, sísmico y en permanente transformación. Bajo la vegetación y los suelos permanece oculta una historia geológica compleja que rara vez se deja ver.

Los afloramientos duran poco. El trópico se encarga de cubrirlos rápidamente. Por eso, conviene detenerse cuando aparecen. Así lo hicimos ese fin de semana, en que afloraron interpretaciones, anécdotas y el entusiasmo intacto de quienes nos emocionamos frente a un corte en el camino.

emma.tristan@icloud.com

Emma Tristán es doctora en Geoquímica Ambiental y directora de la empresa Futuris Consulting.

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