John Connolly: «No escribo novela negra; para mí ese género significa un mundo sin esperanza»
En 1999, John Connolly era periodista freelance del Irish Times y escribía de madrugada. Trabajaba en el primer capítulo de lo que sería 'Todo lo que muere' cuando recordó una historia que había cubierto años antes: una mujer llamada Belinda De Pereira había muerto de manera muy violenta. La reacción inicial de la población fue de horror, de tristeza, hasta que salió a la luz que en vida era trabajadora sexual. La tristeza, entonces, se evaporó con llamativa rapidez. «Se convirtió en una persona secundaria», recuerda Connolly. «Una mujer sin importancia». La observación de cómo la empatía pública funciona con criterios de selección que nadie enuncia pero todos aplican se convirtió en el motor secreto de toda la serie: ¿Por quiénes lloramos y por quiénes no, y qué dice eso de nosotros? Charlie Parker, que surgió de aquella intuición, es un exagente de policía convertido en detective privado que investiga los casos que otros prefieren ignorar. Marcado por el asesinato de su esposa y su hija, Parker habita un territorio donde la investigación criminal convive con preguntas sobre la culpa, la memoria y la redención. A lo largo de más de veinte novelas, el personaje se ha convertido en una de las figuras más reconocibles de la ficción criminal contemporánea, precisamente porque sus casos rara vez tratan solo de resolver un crimen. El detective privado, recuerda Connolly, nació como género en California en los años veinte y treinta. Un estado de enorme corrupción, controlado por las grandes empresas ferroviarias y del petróleo. «Si eras pobre y tenías un problema, ni los tribunales ni la policía tenían ningún interés en ti», dice, con un sorprendente control del español. «Entonces necesitabas buscar ayuda en otro lugar, usualmente en el detective privado, que no tiene obligación hacia los tribunales ni los políticos; solo hacia la justicia». Parker es, en ese sentido, un heredero directo de Philip Marlowe, pero Connolly le ha hecho una intervención que Chandler nunca hubiera autorizado: lo ha convertido en un hombre que literalmente ve fantasmas, que habla con su hija muerta y que parece operar en los márgenes de dos mundos simultáneamente. 'Los hijos de Eva' (Tusquets) es la novela número 22 de la serie y se instala, como casi todas las anteriores, en el Maine rural y sus comunidades pequeñas, donde el aislamiento geográfico y el peso de la historia crean las condiciones perfectas para que el mal prospere sin demasiado escrutinio. Connolly tiene una relación complicada y no del todo resuelta con su tradición literaria de origen. Colm Tóibín, la figura más prominente de las letras irlandesas contemporáneas, ha descartado en varias ocasiones la ficción de género como irrelevante. Connolly lo menciona sin acritud, pero con una precisión que delata que la herida no es reciente. Hace unos años editó una antología de tres siglos de ficción de género irlandesa, en parte como respuesta a ese desequilibrio. «Estoy más cómodo siendo un forastero», dice. «Escribir sobre americanos me permite continuar siéndolo». Connolly insiste, contra todo pronóstico, que él no escribe novela negra. Al menos no en el sentido estricto del término. «La novela negra, para mí, es un género que otorga un mundo sin esperanza» , dice. «Uno en el que el mal es nato y permanente. Sin la posibilidad de cambio». Hace una pausa. «No quiero escribir esos libros. Y tampoco quiero leerlos». La declaración sorprende viniendo de un escritor cuyas novelas incluyen ángeles caídos, casas que no deberían haber sido construidas y un detective que ha muerto clínicamente al menos una vez. «Quiero que los lectores terminen mis libros con más confianza en la posibilidad de cambiar el mundo para mejor», dice. «Aunque sea ligeramente y tenga un coste». La redención en el universo de Connolly no es gratuita: está construida sobre una teología laica -o casi- en la que «actuar bien no garantiza salvación pero sí importa, en la que la inacción es una forma de complicidad y en la que el mal triunfa exactamente en la medida en que los hombres buenos deciden no hacer nada», en palabras del autor. Es la cita de Edmund Burke que aparece, de una forma u otra, en casi todas sus novelas: para el triunfo del mal solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada. Parker existe para hacer algo. Eso es todo. Y eso, en el universo moral de Connolly, es suficiente para justificar veintisiete años de ficción. «No necesito hablar de religión para hablar de moralidad», dice. «Pero mis raíces son católicas. Las palabras 'redención', 'expiación,' tienen para mí connotaciones muy específicas, pero no quiero predicar nada: ser sutil es más útil». La tensión entre lo que se puede escribir desde dentro y lo que solo se puede ver desde fuera atraviesa también su manera de entender el presente político. 'Los hijos de Eva' arranca con el cadáver de una joven y desemboca, como suele ocurrir en sus novelas, en algo más antiguo y más oscuro que cualquier crimen individual, pero la elección del tema no es inocente. «Hay un gusto por cierto tipo de ficción en el Partido Republicano en este momento», dice, con una sequedad que no necesita más elaboración. «Pero no quiero escribir esas novelas». Lo que sí ha cambiado con los años es su relación con la violencia que aparece en sus páginas. «Si fuera posible, me gustaría volver a mis primeras novelas y reescribirlas con menos violencia», admite. «Son libros de un joven escritor sin mucha experiencia del dolor». La violencia en sus novelas más recientes no ha desaparecido, pero ha cambiado de función: ya no sirve para mostrar la magnitud del horror, sino para registrar su coste. «Especialmente la violencia contra mujeres y niñas», dice. « Tengo que ser muy cuidadoso. No quiero usarlas solo como víctimas». El lector, insiste, debe hacer su propio trabajo moral. «Parker no es completamente bueno. No quiero que los lectores piensen que lo es. Estas novelas son, en cierta medida, fantasías de venganza con justificación. Pero la justificación no elimina las consecuencias». –¿Es Charlie Parker lo que usted no podría hacer, o lo que nunca querría tener que hacer? –Parker es una manera de reflejar mis experiencias y verlas de una manera diferente. Es una versión de mí. A veces mejor. A veces peor. Aunque Parker es más alto y más guapo que yo. La broma funciona, pero inmediatamente después, admite lo obvio: «No quiero terminar. Va a ser muy difícil para mí continuar sin Parker, sin esta oportunidad de examinar mi vida y el mundo a través de sus ojos». Veintisiete años después de aquella primera novela escrita de madrugada, mientras el mundo sigue produciendo con eficiencia industrial el tipo de mal que sus libros llevan décadas nombrando, la pregunta que atraviesa toda su obra permanece abierta. Tal vez eso sea, precisamente, lo que la mantiene viva.