Helen DeWitt contra todos y a nuestro favor
A esta altura del asunto, poco y nada cuesta afirmar -porque es justo y justiciero- que Helen DeWitt es una escritora legendaria. Y el afilado y certero mito de DeWitt (Maryland, 1957) fue desenvainado en el año 2000 con la publicación por todo lo alto de ese ovni literario y Gran Novela Americana que fue y sigue siendo 'El último samurái' . Allí, DeWitt -hija de diplomáticos, educada a lo largo y ancho de Latinoamérica, traductora de diccionarios y empleada de Dunkin' Donuts- de pronto se codeaba de igual a igual con David Foster Wallace y Jonathan Franzen con una novela muy diferente. Algo que no recordaba a nada, pero que se las arreglaba para fundir las maniobras posmodernas de William Gaddis con la sensibilidad epifánica de J. D. Salinger mientras honraba a Akira Kurosawa con compulsión babélica y multi-tipográfica emocionando con una trama donde el amor materno-filial se enfrentaba al mundo todo. Y vencía. Así, 'El último samurái' arrasó en la Feria de Frankfurt, se vendió a numerosos idiomas y despachó 100.000 ejemplares en EE.UU. Pero el sueño viró a pesadilla y la autora se descubrió muy endeudad a con su editorial por cuestiones de producción de su debut. Y así DeWitt se convirtió en una suerte de Unabomber literaria denunciando (entre confesas fantasías suicidas y desapariciones reales) los maltratos a los que había sido sometida por la industria mientras, de tanto en tanto, publicaba maravillas a las que sólo cabía definir como dewittianas: la sátira sexual-laboral à la Mel Brooks 'Lightning Rods' (2011) o el más que curioso artefacto-experimento à deux con Ilya Gridneff que es 'Your Name Here- (2025). Y -entre uno y otra- el volumen de cuentos + poema 'Some Trick' (2018) y la novela corta 'The English Understand Wool' (2022) ahora reunidos -con el añadido de dos relatos que no figuran en la edición en su idioma original- en este 'Los ingleses entienden de lana y otros trucos' . Gran noticia. Alegría. Aleluya. Oraciones y párrafos y páginas enteras que conducen, sinuosa pero directamente, a la admiración hilarante con modales en los que parecen comulgar Miguel de Cervantes y James Boswell y Laurence Sterne y Vladimir Nabokov e Italo Calvino y John Kennedy Toole y Georges Perec y Thomas Pynchon. Y diagramas y letras cambiantes y notas al pie y juegos de palabras y fórmulas matemáticas y, por supuesto, esa constante furia de DeWitt contra la muerte de la luz ilustrada y la necia conjura en su contra del mundo intelectual (y, en especial, de todos esos 'publishers' que no demoraron en bordarle la letras escarlata de autora 'non grata' y complicada no sólo en sus ficciones sino en la no-ficción de personalidad para muchos un tan inestable). Así, aquí, todo tipo de artista (con pluma o pincel o teclado) batiéndose a duelos dignos de Montecristo con hordas de mercaderes del arte y agentes literarios y académicos intrigantes unidos por la estupidez del marketing y de lo políticamente correcto y de la cláusula en mala-letra minúscula mientras se lanzan a la caza «del próximo 2666» y teorizan con mala-práctica sobre «la muerte del autor» y todo eso. Variaciones tan graciosas como desesperadas en las que DeWitt sonríe carcajadas rebosantes de dientes. Y por allí leemos de qué va y viene el apasionado impulso de DeWitt para arrojarse con arrojo y de lleno a un vacío mundo cruel. Es mundo inmundo en el que el prestigio y la admiración no suelen traducirse en un poder llegar a fin de mes. Una nota final de la escritora da cuenta de ello y pide ayuda a sus seguidores para «dar la batalla un día más» y que «la atormentada autora» pueda «afrontar el reto de un modo menos azaroso». Otra buena (muy buena) opción de S.O.S. es comprar este libro. 'Los ingleses entienden de lana' insiste y condensa a la vez que expande - mini-maximalísticamente, sátira ligera a la vez que profundo estudio de carácter, con algo que suena a Henry James como filmado por Wes Anderson - estas preocupaciones y obsesiones. Lo que en principio parece un divertimento epistolar enseguida degenera -y genera- en diatriba acerca del hacer 'memoir' y de 'publishers' exigiendo el contarlo todo, «con sentimientos». Y, si no hay nada que contar y sentir, entonces... Aquí, precoz y prodigiosa y nómade narradora -Marguerite, bajo la vigilancia de 'Maman'- lista para ser procesada por y para el mercado a partir de un episodio criminal listo para ser auto-ficcionalizado o algo así. Una línea final, un último 'twist' , pone a todo y a todos en su sitio. Y nos confirma que -por suerte, a pesar de todo y de unos cuantos de poca inteligencia, contra todos y de nuestra parte y nosotros de la suya- Helen DeWitt sigue en su lugar y a su manera y haciendo y deshaciendo de las suyas: la suya.