Fracasó como cartógrafo, verdulero y taxista, pero la madera se convirtió en la vida de este costarricense
Antes que con los bloques perfectos que se compran precortados, Daniel Guido prefiere hacer sus esculturas a partir de esos irrepetibles troncos que duermen auténticos en la naturaleza.
A estos, explica, hay que observarlos, sentarse a entender sus raíces, tajos, huecos y “el movimiento” que ya llevan naturalmente hasta sacarles, con pacientes tallas, el potencial arte que llevan dentro.
Quizá lo prefiere así porque este escultor, de 37 años, cuyas piezas se venden por todo Costa Rica, México, Estados Unidos, Brasil y otros lejanos parajes, ha esculpido de la misma forma su vida, una que, aunque él no lo diga, es su mayor obra.
Hoy, Guido tiene encargados trabajos por los próximos tres meses; sus videos promocionando obras acumulan millones de visualizaciones en redes sociales y su clientela, a quienes considera amigos, admira sus creaciones en múltiples países. Pero ese éxito, que lo rebosa de gratitud y humildad, es solo el brillante barniz tras el que se oculta un sinfín de luchas.
Él mismo sentencia, sin complejos, que fracasó en casi todos los caminos que siguió. Sin embargo, en lugar de ser un lastre, sus fracasos allanaron el sendero que por tanto tiempo lo esperó: la vida como artista.
Historia de vida
Daniel Guido Villalobos nació en Cañas, Guanacaste, pero tal ha sido el andar de aquí para allá que, según sus cuentas, ha vivido en más de 160 casas. Por eso, aunque ya tiene vivienda propia y está por construirse su taller, tiene claro que “si hay que jalar, se jala; no pertenezco a ningún lado”.
Su travesía inició a los 9 años, cuando sus padres se separaron. No solo porque le tocó mudarse a casa de su tío junto a su madre y hermanos, sino porque la separación puso a caminar su conciencia y le marcó un camino desde temprana edad.
“Me di cuenta de que quería un hogar, y que cuando estuviera grande quería que mis hijos tuvieran un hogar”, afirmó.
Además, desde pequeño le inculcaron el “espíritu de trabajo”, y por eso, después de la escuela, su tío Henry (el primer escultor de su familia) lo ponía a lijar piezas.
Sus jornadas infantiles se iban de la escuela al taller... y del taller al pleito, porque durante gran parte de su infancia fue chichoso y pelionero, como él mismo recuerda con risa de travesura: “Yo no me dejaba de mi hermano mayor nunca; con él me agarraba parejito, digámoslo así. Y con el de abajo... para mí era un juguete”.
Así fue hasta que en el colegio, de pronto, le llegó la revelación que cambió todo. Con esa calma que le rebosa el corazón hasta salir por su fina voz, recuerda aquel día de adolescencia en que, caminando, se puso a pensar que si quería una familia —como se había convencido desde pequeño— definitivamente debía cambiar su carácter.
Y la transformación la construyó puertas adentro, lijando la áspera relación que tenía con su hermano menor. Para esa época era tal la división entre ambos que cada uno tenía su tarro de gel y su pasta aparte, y si por casualidad se les acababa alguno de esos productos... era un hecho que al pedir prestado recibiría un seco y rotundo “no” como respuesta.
Pero Daniel se convenció de que podía ser distinto. En un ejercicio de paciencia que no se compara ni con las desveladas tallando madera, le regalaba gel a su hermano cuando lo necesitaba y se tragaba el orgullo cada vez que este no le correspondía el gesto. Hasta que llegó el día y la gota que por fin rompió la piedra.
Ver a su hermano acceder a regalarle aquella “cochinada de gel” lo conmovió tanto que a partir de ese momento la bondad ha sido el tronco que sostiene sus días. Según afirma, ahí fue donde vio lo frondosas que son las bendiciones en un alma fértil, y entendió que la generosidad de su madre había germinado en él.
Frente al espejo, bien peinado y sonriente, recordó el histórico día en que, con motivo de la graduación del colegio de su hermano mayor, su mamá los llevó por primera vez a comer pizza.
Los tres menores, que no “comían ni pollo”, se dieron tal festín que, aun atiborrados, ya soñaban con devorarse los cuatro pedazos que habían sobrado. Pero, como rememoró, de camino a la casa ese sueño se deshizo en migajas, porque su mamá donó la añorada e inédita comida a dos abuelitos que se toparon durmiendo en la calle.
“Uno de esos pedazos era mío, sentía yo... Se me salieron las lágrimas. Resulta que mami ni se acuerda y yo le he dicho que me marcó, porque cuando quise cambiar y aprendí que qué rico es tratar de ser buena persona, ese momento llegó a mí, y otra vez se me salieron las lágrimas. Ahora entiendo a mami, fue algo tan increíble el dar cuando se tiene poco”, narró enternecido.
“No sabe de qué forma se me han devuelto a mí las bendiciones. No tiene ni idea. Han sido unas bendiciones que usted dice: ‘Eso no le pasa a nadie’. Tengo clientes que me han dado propinas de $1.000 y que me dicen: ‘Si ocupás algo, me avisás’”, agregó.
Años después y todavía muy lejos de la madera, llegó otro material indispensable para forjar quién es: los fracasos.
El primer tropiezo significativo fue cuando estudió cartografía. Esa decisión vocacional la tomó motivado en que, aunque nunca había prendido una, lo cautivaban las computadoras y, adicionalmente, quería que su trabajo mezclara la oficina con el trabajo de campo.
Por más que intentó, nunca logró ejercer su carrera; sin embargo, su etapa universitaria impactó su historia por completo, pues ahí conoció a quien actualmente es su esposa.
Su profesión lo recibió con las puertas cerradas y entonces optó por ganarse la vida como taxista informal. Paralelamente, una crisis en Monteverde hizo quebrar a su hermano mayor, Heiner, quien llevaba años radicado en esa zona y vivía de ser escultor.
Ese golpe económico hizo a Heiner mudarse a Palmira y a los dos reencontrarse después de mucho tiempo para unirse como nunca entre calor familiar e incertidumbre laboral.
Y para Daniel también fue un reencuentro con el arte que conoció de niño en el taller de su tío. En los ratos libres, mientras esperaba que alguien del pueblo lo llamara para un viaje, le pidió a su hermano que le enseñara a esculpir.
Sus primeras y rudimentarias mascaritas de madera se vendieron en Monteverde, atribuidas a Heiner para que el cliente las comprara. Con ese dinero adquirió las primeras herramientas propias y “comenzó a rodar la bola”.
Pero entonces tuvo que bajarse del taxi pirata que no le dejaba lo suficiente y subirse al camión de su padre, quien lo contrató como ayudante para su ruta de abastecimiento de fruta y verdura. El panorama sonreía, ya que también estrechó su relación con una tienda de souvenirs en Dominical, que dos o tres veces al año le hacía pedidos en madera.
Esa sonrisa que lucía su presente se borró en 2020. Llegó la pandemia y el diésel subió, llevando el negocio de su papá a una situación más que crítica. Su papá, tomando en cuenta que él vivía solo y que en cambio Daniel ya tenía una familia que sostener, le ofreció que asumiera la ruta.
No obstante, con el apoyo de su esposa y algunos clientes que acumulaba, optó por dejar a su papá con el negocio y dedicarse de lleno a la escultura. Su apuesta no salió mal y encontró estabilidad, especialmente gracias a un vínculo comercial con el dueño de un souvenir en La Fortuna, que se comprometió a comprarle 30 máscaras al mes.
En su hogar no había holgura, pero sus mascaritas comerciales, como él les dice, llevaban meses siendo su sustento. Entonces, en el calendario se asomó el décimo cumpleaños de su hijo, y con este un trago que empezó amargo, pero concluyó con las notas más dulces, consagrando el éxito personal y profesional que hoy goza.
Con la fiesta de su pequeño en mente, corrió para terminar los pedidos y avisó al dueño de la tienda. No obstante, diez días después, cuando ya contaba con el dinero, le cayó un balde de agua fría. El empresario le informó que viajaría y que debían trasladar el pedido para más adelante.
“Le dije que no había problema, pero había sido un tiempo de mucho esfuerzo y él no sabía todo lo que implicaba el atraso de cuatro o cinco días”, detalló el escultor.
Casualmente, había estado trabajando en una máscara de mayor tamaño, para probar su arte más allá de los repetitivos souvenirs. Estaba claro: lo único que le quedaba era tratar de venderla. La tasó en ¢200.000 (pensando en los gastos de la fiesta y los meses que le dedicó), contactó con todas las galerías y tiendas que tenía agendadas, pero lo rechazaron estrepitosamente.
“Me agarró una rabia porque el dueño de una galería me decía: ‘¿Cómo le voy a comprar eso en ¢150.000, si tengo arte de otro artista en un tamaño parecido y él me lo vende en ¢100.000?’. Y me ponía comparadas las piezas y la mía era, humildemente, 10 veces más elaborada", recordó.
Devastado, se tumbó en la cama, hasta que el afán por no malgastar el tiempo le ganó y decidió grabar un video promocionando la máscara grande.
“Cuando lo vi dije: ‘No soy yo el que estaba hablando ahí’. Era puro odio, pura frustración. Todo lo que sentía yo en ese momento era lo que se estaba viendo en ese video. Fatal”, confesó.
Arrepentido, lo volvió a grabar, hablando sobre el reto y lo que significaba para él. Después, subió el video y, resignado, se fue a mejenguear. Al volver, se topó con que el algoritmo de TikTok logró lo que toda una mañana de llamadas no pudo.
“En total, llegó como a 300.000 y resto de vistas. Fue el primero, digamos, viral. Ese video me dio trabajo por año y medio”, comentó.
Su obra se vendió a los dos días, le entregaron la mitad del pago y, una semana después, el resto, además de un encargo de otras diez piezas.
“Lo bonito fue que la fiesta de mi hijo se hizo. No hay forma de agradecer lo que la madera ha significado para mí. Ese día yo aprendí una cosa: que es muy importante mi tiempo en contacto con la madera, pero igual al que dedico a compartir contenido por redes sociales. Yo me mataba 22 días haciendo 30 máscaras y apenas ganaba para agua, luz y alquiler”, explicó.
Quién sabe qué habrá pedido su hijo antes de soplar las candelas, pero ver su alegría fue el mejor augurio para Daniel. Desde entonces, de la mano con su insistente trabajo en redes, puede dejar volar su creatividad y ser remunerado con buena paga.
La gente deposita su confianza en Guido más de lo que él cree en sí mismo, reconoce, y eso lo ha llevado a explorar sus capacidades al máximo. Sin embargo, cada vez que toma un tronco en su taller, lo hace con la misma admiración que guardó toda la vida por ese arte que, a pesar de conocer de primera mano gracias a su familia, siempre vio como algo fuera de alcance.
Por eso fue que un día de tantos, que casualmente no tenía “nada que trepar” a sus redes, su esposa lo grabó firmando una escultura y, sin impostaciones, le salió una frase que define su esencia y que ahora es la favorita de los miles que lo conocen a través de una pantalla: “Tengo un loco sueño: que algún día esta firma sea la de un gran escultor”.
Y la verdad es que ya es un sueño cumplido el camino que ha recorrido, la paz que lo gobierna y la ilusión con la que mira el porvenir.
Allá en su casa, en la zona sur, de cuando en cuando ve a su estiba de madera esfumarse en manos de alguna señora del pueblo que, ni lerda ni perezosa, la toma sin hacer preguntas y se la lleva para prender el fogón.
Y entonces, aquel tierno hurto le trae a la mente los cincelazos de luchas, fracasos y necesidades con las que se labró a sí mismo. Los transformadores golpes que hicieron que, tal y como en una escultura suya emerge una mágica mujer desde una raíz, se asomara hace cuatro años su destino de ser artista.
“Me roban la madera y yo me cago de la risa. ¿Qué voy a pelear yo con una abuelita? ¿Vieron leña fácil? Se la llevaron. Pero ahí me siento superidentificado, sobre todo con esa parte de que lo que no tiene valor puede convertirse en algo superbonito”, narra emocionado.
“¿Quién iba a decir que este pedacito de palo (señala una escultura que horas después envió a un cliente en Limón) iba a tener un valor económico, que iba a contar una historia? Nadie. En mi propia familia me dicen: ‘¿Quién diría que Dani iba a terminar de escultor?’. Nadie”, afirma Daniel Guido, ese loco soñador de la madera, quien siempre camina con una sonrisa.