Ana, misionera en Perú: «Piensas que eres español y cristiano y que vas a evangelizar a esta pobre gente. Estás totalmente equivocado»
España es uno de los países más misioneros del mundo. Aquí, la vocación de dar a conocer el Evangelio y servir a quienes no conocen a Cristo se recibe como en ningún otro lugar. En la actualidad hay 5.335 misioneros españoles en activo que trabajan en distintos rincones del planeta. Las cifras que recoge Obras Misioneras Pontificias (OMP) revelan algún detalle interesante sobre esta forma de ministerio: más de la mitad de estas personas, un 53%, son mujeres; su edad media es de 76 años y el 65,14% de ellos están en América, siendo Perú el país más atendido, con 494 misioneros. Con todo esto, se entiende que muchos grupos de jóvenes aprovechen el verano para irse a Perú de misiones, como se está viendo ahora. Ese fue el caso de Ana Zornoza . Ella se fue de misiones a Perú en 2019, de la mano de la OMP. La joven madrileña estudiaba Derecho en la capital y utilizó sus meses de vacaciones estivales para conocer de cerca la realidad de la Iglesia misionera en la selva de Perú. «Aparecimos ahí en el pueblo de San Ramón y estuvimos un mes entero de misión». Acaba de recordar aquella experiencia en una entrevista publicada en YouTube. En ella, explica que la misión «es una cosa muy normal» y que el día a día de los misioneros «es una rutina». Como uno se puede imaginar, los días se pasan entre oración, convivencia con las personas locales y experiencias de para el recuerdo. Ana explica que esta normalidad se convirtió en extraordinaria cuando entendió que ella no era una salvadora. «La realidad de la misión no es tu realidad, eso es lo primero. Estás en un contexto de mucha oración y una rutina de oración muy ordenada y quieras que no, eso te ordena el corazón muchísimo», explica. Además, las conversaciones que tenía en la vida en comunidad le ayudaron a abrir la mente a nuevas realidades distintas a la suya: «Yo tengo una familia maravillosa, pero somos 4 y muchas veces la profundidad que hay de las conversaciones de las comidas de la misión no las tengo en mi día a día». El testimonio de sus compañeros y responsables y lo que vio en los vecinos de San Ramón tiró muchas de las barreras que traía de Madrid. «Ahí al final es un continuo chocarte mucho con tus límites. Llegas ahí pensando que eres español y que los españoles somos un poquito egocéntricos. Lo sabes todo. Eres cristiano, vas a evangelizar aquí a esta pobre gente que no sabe nada y lo que empiezas a darte cuenta es de que estás totalmente equivocado», reconoce. Ana vivió este choque con una intensidad mayor en la cárcel de allí, donde entendió que Dios ya estaba acopañando a los presos y su tarea como misionera era solo «ver, oír y callar, y ya si luego tienes que hacer algo, lo haces». Estas experiencias le marcaron profundamente y motivaron un cambio en su vida en España. «Yo hasta Perú no era consciente de que tenía que cambiar cosas en mi vida», reconoce. «De una manera que no sabría explicar, la misión te va poniendo poco a poco tu vida por delante, lo bueno pero especialmente lo malo. Yo con 19 años toda la basurilla de mi vida, de mi infancia, estaba en un cajón metida bajo llave y yo no lo sabía». Vio sus límites «a través, sobre todo, del encuentro con las personas y de pequeños encuentros que vas teniendo con el Señor, alguno más impactante que otro, pero en general muy sencillo. Dios en la misión trabaja muy de constancia y a pasos pequeños. Todos los días te vas dando cuenta de que tu vida no es tan bonita y de que tal vez deberías cambiar cosas». De hecho, la joven afirma que su mes en la selva fue el inicio de una historia de amor con el Señor que tenía olvidada: «Mi reconversión comenzó en Perú y sigue y seguirá toda mi vida, pero comenzó en Perú».