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Solo este reloj en San José anuncia el tiempo con campanas y péndulo sin estar en una iglesia. ¿Lo ha visto?

Si alguien en el paseo de las Damas quiere saber la hora, pero no sabe medir en las sombras el avance del sol, podrá darse por satisfecho con que cada media hora escuchará una campanada. Quizás resulta extraño que no haya una iglesia cercana que emita el sonido, porque la repicada viene de un edificio josefino.

Al pie de las gradas de piedra que conectan al norte con el parque España, un reloj de péndulo acompaña desde hace siete décadas a los transeúntes. Aunque sus campanas están ocultas y sus agujas solo se aprecian desde la calle, cada 30 minutos se hace notar.

A las 6 a. m. y al mediodía también canta el Ángelus, gracias al mantenimiento que recibe dos veces por semana de Jorge Azofeifa, quien se dedica a aceitar las cuerdas y levantar las pesas para que no se detenga.

Fue en la década de los 90 que se topó con este reloj, época en que dejó de funcionar por unas cuantas averías. Entonces su abuelo, el ingeniero electromecánico Victor Lizano Riggioni, fue contratado por la Universidad San Marcos —que adquirió el edificio— para restaurarlo.

A su lado aprendió sobre la anatomía del aparato: los brazos que conectan a las cuatro campanas, las varillas que dan al reloj exterior y los tambores que sostienen los cables; así como la destreza que amerita aceitar sus piñones y desempolvar el puntiagudo péndulo.

“Es algo que no cualquier persona tiene la oportunidad de hacer. A mí por las circunstancias se me presentó el chance de estar en esto y sí es algo bonito. Uno procura disfrutarlo al máximo, porque como todo en la vida, nada es eterno. Procuro disfrutarlo al máximo, como si fuera el primer día”, dice Azofeifa sobre la máquina que ha trabajado ininterrumpidamente desde 1999.

Y aunque lamenta que las campanas ya no se pueden observar desde la calle, como cuando fueron instaladas cuando el edificio lo albergaba el comercio de Sellos Botija, aprecia que la máquina todavía puede visitarse gratuitamente.

Ahora se encuentra en el cuarto piso de la universidad, en un cuarto casi blindado que conserva los componentes de la madera original, acompañado de un vitral que reza Omnia tempus habent: en español, “todo tiene su tiempo”.

Allá reside desde setiembre de 1956, cuando Luis O. Siebe decidió importar el reloj de la empresa alemana J.F. Weule —basada en Bockenem, fundada en 1836 y cerrada en 1966— conocida por producir relojes que hoy están por distintas partes del Viejo Continente y también aquí, en América Latina.

Así que si usted anda por las calles históricas de San José, puede enterarse del avance del tiempo basándose en su compás. Al igual que lo hace una iglesia, este reloj anuncia las 2 de la tarde con dos campanadas, las 3 con un trío de repicadas y, hora tras hora, hace lo propio hasta recibir a un nuevo día.

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