Destruido en el olvido: El majestuoso edificio de mármol y ladrillo que San José perdió para siempre
En enero de 1972, al comentar la reciente creación de la Comisión Nacional de Patrimonio, en el Diario de Costa Rica; el señor Ramiro Brenes Peralta lamentaba también la destrucción del viejo edificio del Banco de Costa Rica:
“Arquitectura sencilla, elegante y sobria. Mármol, basalto y ladrillo. Verjas y balcones de hierro. Estilo antiguo, fuerte como la institución dueña. ¿Por qué no se conservó intacta como un recuerdo histórico? ¿Por qué había que demolerla inmisericordemente?
“Tal vez la Comisión pueda rescatar sus verjas, sus balcones, sus mármoles y sus basaltos utilizándolos en algún edificio nacional, antes de que, puestos en subasta, pasen a manos de particulares, convertidos en chatarra y piedra de relleno. Tal vez aún no es tarde” (Nuestro Patrimonio).
Entre artesanos desde España
Oriundo del pequeño municipio de Chiclana de la Frontera, en Cádiz, España; en 1884 llegó a Costa Rica Francisco Gómez Rodríguez. Arquitecto de profesión, aquí se casó con María Ester Miralles Alvarado, educadora; con quien procrearía, dos años después de su arribo, al futuro fotógrafo Manuel Gómez Miralles (1886-1965).
En diciembre de 1886, un anuncio suyo aparecido en La República,aclaraba a diversos artesanos que: “Las clases nocturnas del sistema decimal, aplicado al dibujo lineal y topográfico (…) se han trasladado a la Calle de la Universidad Nº 34”; esto es, a la actual avenida 2, entre calles 5 y 7 (Albañiles, carpinteros, mecánicos y demás artesanos).
En el mismo anuncio, Gómez ofrecía sus servicios como arquitecto, específicamente el de “levantamiento de planos”, como se llamaba entonces al diseño arquitectónico. En 1888, en asocio con el constructor Francisco Guillén Brenes formó la Compañía Constructora Gómez & Guillén, con sede siempre en la Calle de la Universidad, pero ahora en el Nº 18.
Ahí, además de ofrecer sus servicios como arquitecto, se contaba con “los elementos materiales para toda clase de construcciones y reparaciones de albañilería y carpintería”. Dos años después de establecida la empresa, retomó “las clases obreras de artes y oficios”; práctica nocturna que lo condujo a un compromiso cada vez mayor con la naciente clase obrera josefina.
Así, pasados los sucesos cívicos del 7 de noviembre de 1889, Gómez se involucró en la creación del Club Constitucional de Artesanos y de su órgano de prensa El Demócrata, cuyo primer número se publicó en enero de 1890. En marzo de ese año, una gacetilla del medio anotaba:
“Los artesanos tienen ya un local céntrico para sus reuniones. El activo y generoso arquitecto español, don Francisco Gómez es quien ha dado todos los pasos necesarios, y a quien más se debe que los obreros posean hoy ese local céntrico y espacioso. Halagador espectáculo es el que presentan el señor Gómez y varios artesanos en el principio de la noche trabajando en reparar el local a la luz de las candelas”.
La generosa preocupación por el mejoramiento intelectual y material de obreros y artesanos, siguió siendo una constante en su actividad profesional; aun cuando la empresa con Guillén parece no haberse sostenido más de tres años. Su trabajo, sin embargo, no se detuvo y, más bien, se orientó hacia el desarrollo inmobiliario; aunque sin mayores resultados, al parecer.
Un teatro y un hotel en San José
Es por entonces cuando se pierde la pista del arquitecto en la prensa local; casi al mismo tiempo en que, se afirma, desarrolló la única obra por la que era conocido hasta ahora: la del Teatro de Variedades, en las actuales calles 5, entre avenidas Central y 1ª.
El local, único centro de espectáculos de la ciudad, se había estrenado en 1891; como “un rústico salón, (…) angosto, sucio e incómodo” –como dijo de él el periodista Fernando Borges. Por esa razón, dos años después, su propietario, el español Tomás García, se asoció con el adinerado empresario artístico Fernando Luque, con el fin de mejorarlo: se pintó por dentro, se levantó otra fila de palcos y se establecieron las secciones de butacas y galería (Teatros de Costa Rica).
Las fotografías de época muestran una sencilla fachada, con sócalo y unas pilastras ritmándola a partir del centro, que ocupaba una puerta principal de arco rebajado; y amplios portones de madera a cada lado. Frente tan modesto, estaba cubierto por un alero de poca pendiente, sostenido por ménsulas; seguido por un antepecho cornisado que soportaba un notable frontón.
Este poseía un almohadillado en punta de diamante, que podemos presumir metálico, y una buhardilla central y enrejada de apariencia neoclásica; y era rematado en el vértice y los lados, por unos pináculos estilizados. Esa fachada sobrevivió hasta 1915, cuando el teatro fue remodelado del todo por el arquitecto Luis Llach y adquirió la apariencia que le conocemos desde hace más de un siglo.
Eso sí, sabemos con certeza que una de las primeras obras del español en San José, se remonta a 1887. Era un inmueble propiedad del comerciante Teodosio Castro Angarita, ubicado en la esquina suroeste de las actuales avenidas 2.ª y calle 2.ª, frente al Parque Central.
Construido en mampostería de ladrillo, era un sobrio pero refinado edificio esquinero de dos plantas, que ocupaban 25 varas sobre la primera vía y 50 sobre la segunda; mientras que sus esbeltas fachadas adquirían el ritmo de las puertas y ventanas de arco, con antepecho abajo y balcones metálicos arriba. En la esquina, una ochava articulaba ambas caras, antes de ser rematadas por un angosto alero.
Aunque edificado originalmente para albergar la vivienda de Castro y unos locales comerciales; después de una remodelación, el edificio se convirtió en la segunda ubicación del Gran Hotel Francés, que lo ocupó de 1914 a 1924. Más el terremoto de este último año parece haberlo dañado; por lo que en la década de 1930 desapareció para dar espacio al famoso salón de baile El Sesteo.
¿Su obra maestra?
Aún sin terminar aquel inmueble, Gómez emprendió la que posiblemente fuera su más notable obra arquitectónica. Según La República del 6 de octubre de 1886: “La capital tendrá dentro de poco tiempo, un nuevo y gran edificio. Nos referimos al que (…) ha de servir para el Banco de la Unión.
“El arquitecto de esta nueva obra es don Francisco Gómez, cuyo gusto y conocimientos han sido objeto de aplauso en el edificio del señor Teodosio Castro que está por concluirse”.El Banco de la Unión había sido fundado en 1877; pero en noviembre de 1890 asumió el nombre de Banco de Costa Rica.
La propiedad elegida para la nueva edificación, era un cuarto de manzana ubicado en la esquina suroeste de las actuales Avenidas Central y Calle 4ª; por lo que el edificio resultante tributaba hacia la vieja plazuela de La Merced, lo que realzaba su volumen al brindarle mayor perspectiva.
Su arquitectura era ecléctica, es decir, de raíz neoclásica en esencia; pero con una libre integración de otras estéticas. En primer nivel, un zócalo almohadillado en piedra, era seguido por ventanas rectangulares, finalizado por un entrepiso que se expresaba como un arquitrabe mensulado. En segundo nivel, los vanos de ventana continuaban las de abajo, pero con balcones de baranda metálica y rematadas con arco rebajado y dintel.
En las esquinas, unas robustas cadenas daban la impresión de soportar la cornisa clásica; en tanto que el centro de la fachada principal, era realzada por un frontis igualmente con cadenas, que albergaba el acceso principal. Dicho cuerpo era rematado por un vistoso frontón metálico de aire victoriano, que se extendía perimetralmente por todo el cornisamiento mediante una crestería metálica.
Dos reseñas periodísticas de época, nos brindan una mejor idea del inmueble por fuera y por dentro. Una, aparecida en La Información en julio de 1908, dice: “El edificio (…), construido expresamente para albergar aquella poderosa institución, es sin duda, por su solidez, la elegancia y la perfecta distribución de sus departamentos, uno de los mejores de Centro América.”
Otra, aparecida en El 7 de noviembre, en marzo de 1892, apuntaba: “Edificio elegante, los marcos de sus ventanas y puertas son de mármol, igualmente sus escalinatas, sus pisos de abajo forman caprichosas figuras por el fino ladrillo mosaico; y el cuerpo superior puede considerarse como una de las maravillas del mundo si tenemos en cuenta lo pequeño del país. (…) Se ve que el director de la obra era un verdadero arquitecto”.
Sin embargo, en 1972, y pese a los buenos deseos del señor Brenes Peralta, ya era tarde para el vetusto inmueble que ocupara el Banco de Costa Rica. Porque, como para tantos otros edificios históricos capitalinos desde dos décadas atrás, la “modernización” de San José implicaba para ellos ser destruidos de modo inmisericorde para con el pasado y la memoria urbana.
Con él, además, desapareció el último de los edificios de que tengamos notica –hasta ahora– del arquitecto Francisco Góméz en San José; profesional a quien hemos querido rescatar de algún modo con esta crónica.