Beckham, Shakira, Bardem: los ‘aficionados bien’ se apoderan del fútbol
La imagen ya es la esperada. Está presupuestada. Robada del básquet –como los pases con la mirada en dirección opuesta de Ronaldinho–, es ahora propia de este fútbol tan irreconocible, con las segundas oportunidades y bocanadas desesperadas de aire que regala el VAR, con el descanso de hidratación (estos nuevos cuatro tiempos y sus cambios de ritmo en la posesión de la bola y su publicidad, faltaba más), con las tarjetas rojas que no penalizan a los jugadores, con selecciones que deben viajar a otro país después del partido para tener un lugar donde pasar la noche, con ciudades sede y cosmopolitas en las que la mayoría de sus habitantes no tiene ni idea de lo que es la Copa Mundial de la FIFA.
Es el nuevo orden del deporte, sumado, claro, a la imagen maravillosa, pulcra, inmaculada, de un millonario que es tan millonario que no necesita pagar la entrada que solo los millonarios pueden costear. Está más que tranquilo porque no tiene que tocar la caja chica para su boleto, el de su esposa o el de sus hijos, los amigos, algún colega también millonario o compinches varios. Son las localidades reservadas, que no salen a la venta, a las que se accede solo por invitación –o gratis, durante tres segundos, para el 99,99% de la población a través de la televisión, claro–. Para estar ahí más de ese tiempo se necesita ser, pertenecer, conocer. Lo malo de la argolla es estar afuera, dicen por ahí. Pero no tan rápido; se requiere de otros condimentos: admiración –u odio– de una buena plataforma publicitaria. En resumen, ser marca.
El espectáculo se nutre de todo, lo absorbe todo. Como el matapalo que con el tiempo estrangula aquella ceiba poderosa. Que lo diga el Che Guevara, cuyos restos enterrados en Cuba deben de retorcerse cada vez que su imagen es proyectada en una botella de vodka. Entonces están ellos, los aficionados bien, tan esperados cuando la bola sale por la línea final y hay un tiempito para que los pongan, con su saco de diseñador, su camisa poco abotonada, sus bebidas elegantes, sus bailes, su plenitud, su felicidad. Sí, eso, su plenitud y felicidad. El kwam que perseguía Rod Tidwell, interpretado por Cuba Gooding Jr. en la película Jerry Maguire: el combo de la felicidad que incluye amor, respeto, comunidad y dinero. En cada transmisión, cuando el aura del personaje de turno no encandila lo suficiente, la pregunta que surge es: ¿existe la capacidad humana para que los asistentes a esa sección puedan ingerir toda la comida que está a sus espaldas? Y en caso de ser así, ¿cómo hacen para mantener esas hermosas figuras, atléticas, con huesos prominentes y poca adiposidad abdominal?
Entonces vemos la imagen y decimos miren miren, ahí está David Beckham, ahí está Javier Bardem, ahí está Shakira. Miren que ahí están, como si los conociéramos, como intimando, imaginando lo que sería sentarse cerca, al menos a unos cuantos metros, y volver a verlos así casuales, de reojo, quizás saludarlos; tal vez tomar una fotografía cuando estén distraídos y enviarla al chat de amigos diciendo vean quién está aquí, conmigo, a unos cuantos metros. En el mejor de los casos, tomarnos un selfi juntos si el mastodonte de seguridad recibe el visto bueno, luego de tanto ruego. Qué suplicio, por Dios, aunque bien vale la pena.
Pero tal vez no fuimos al palco ni a la platea, pero como propone el anuncio, a punta de tarjeta todo es posible, y pues lo logramos, y ahí estamos, casi guindando de los reflectores, mirando a los aficionados bien a través del zoom del celular. Nada pasa, que igual vale para mandarlo al grupo de los compas; los nuevos dispositivos disimulan la pixeliada, por más metros que nos separen de ellos. Qué importa, la otra semana vemos a ver cómo pagamos el hotel-vuelo-entrada-comida, porque esto es solo una vez en la vida y hay que aprovecharlo todos juntos, que Infantino bien sabe del concepto de comunidades.
Abajo en la cadena alimenticia, la app de transmisión del Mundial nos da un buen consuelo, por más que se quede pegado el streaming. ¿Qué tiene de malo? O quizás vamos a un restaurante y lo vemos, e igual respiramos y pensamos en qué chiva estar ahí, en medio de los gritos y rituales que nacieron en la gradería de sol, aunque ahora no estén los que van a la gradería de sol.
Y un día en medio de la depresión postmundialista nos damos cuenta de que no era solo una cuestión de fútbol –de este nuevo fútbol, del nuevo orden–. Se trata, en realidad, del momento exacto en el que se codifican ciertas cogniciones, en el que se imprime el esquema mental que define cosas tan indefinidas como el éxito, las aspiraciones, qué queremos llegar a ser. Para pequeños y grandes. De qué vale el endeudamiento, para qué voy a pensar en la anorexia, en el desgaste que tenga que pagar con salud, si puedo aspirar a eso. De niños veíamos el Mundial imaginándonos cómo sería ocupar el papel de buenos deportistas; ya viejos, habiendo renunciado a la idea del alto rendimiento, queremos parecernos a aquello, vestir como aquello, seguir aquellos códigos. Ser parte, que todavía estamos a tiempo, aunque sea a nuestro modo. Y que en esta ocasión no nos deje el tren, otra vez.
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.