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Lecciones desde Kabul para Europa

Abc.es 
El quinto aniversario de la salida de las tropas occidentales de Afganistán es la crónica de una opresión anunciada: la del régimen talibán sobre las mujeres. No es un hecho aislado en el retroceso general del país, sino el que perfecciona la vuelta a un sistema integrista medieval, cuyo eje es la sumisión de la mujer al poder masculino. Tampoco es una práctica privativa de los talibanes, porque está presente en numerosos países donde rige la ley islámica en su vertiente más integrista y en muchas comunidades musulmanas arraigadas en Europa. En el caso de Afganistán, el borrado que iba a sufrir la mujer estaba descontado desde que Estados Unidos anunció su retirada del país. Retirada que se ejecutó más como una fuga a la carrera que como un repliegue ordenado. El país cayó en manos de los talibanes, que habían mantenido la estructura suficiente para derribar el frágil sistema de libertades y derechos construido a la sombra de los aliados. No hay que banalizar ese tiempo de libertad, porque permitió a muchos jóvenes afganos crecer en un ambiente donde podían elegir qué estudiar, en qué trabajar y, en general, cómo vivir. Mujeres juezas, periodistas, médicas y políticas dan fe de los milagros que hace la libertad. Lo que en Occidente representa la normalidad cotidiana, en Afganistán fue un paréntesis, una oportunidad malversada por la endémica falta de compromiso de Occidente a largo plazo con países traumatizados por guerras y tiranías que se acogen a sus fortalezas militares, económicas y democráticas. La vuelta de los talibanes ha sido procesada por Occidente como un mal menor y necesario a cambio de taponar los costes humanos y económicos de su permanencia en el país. Un simple análisis de costes y beneficios. Pero, en realidad, Afganistán se ha convertido en una lección con múltiples contenidos. La primera de ellas es que el objetivo de una derrota militar exige, como en este país asiático, despliegues masivos de tropas sobre el terreno, la ocupación efectiva del territorio y la creación simultánea de una estructura estatal lo suficientemente fuerte para funcionar con autonomía el día de la retirada de los aliados. La segunda lección es que no se puede jugar frívolamente con las aspiraciones de millones de personas a una vida digna y libre. La liberación de Afganistán se limitó fundamentalmente a Kabul, la capital. Fue un frágil microclima de libertades que no se infiltró en el mundo tribal rural y, por eso, no resistió la retirada occidental. Por último, también deja la lección sobre lo que significa el islamismo en su vertiente más extrema y los riesgos de su infiltración en las sociedades democráticas, de los que ya existen ejemplos, no solo con formas de agresiones terroristas, sino de aplicación de hecho de la ley islámica en barrios y comunidades, incluyendo matrimonios forzosos de menores, crímenes de honor, juicios religiosos y la marginación laboral de la mujer. Que no se hable de estos temas no significa que no existan. La normalidad con la que se trata al régimen talibán –que llegó mintiendo desde el primer día sobre lo que pretendía hacer con los derechos de las mujeres y niñas– por parte de las instituciones occidentales sólo puede entenderse por el deseo de no agravar la situación de su población y de sustraer a los talibanes de nuevas colaboraciones con el terrorismo yihadista. Es el típico planteamiento voluntarista que acaba en el más rotundo de los fracasos. El proceso de cosificación de la mujer en Afganistán es imparable y las pulsiones colaboracionistas del talibán con el terrorismo forman parte de su ADN. El discurso de Occidente sobre la mujer desaparece por sus silencios ante la confiscación de la libertad y la igualdad a la mujer afgana. Este es el gran abismo que nos separa con el islam integrista, el trato que dispensa a la mujer; y es lo que lo hace incompatible con los valores democráticos y sociales de Europa, en cuyo suelo hay pequeñas réplicas del 'Kabul' afgano, envueltas en el mantra de la multiculturalidad política, ese veneno mortal que la democracias beben entre sonrisas.

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