Celestina en las piscinas
Hay quien dice que el extremo estiaje español, que de algún modo fríe los sesos (aunque luego estos acaben de congelarse-rebozarse en el aire acondicionado, acentuando la sensación de desquicie), explicaría producciones tan genuinas y felices como la del pícaro, don Quijote, la cábala, el don Juan y, desde luego, la genial alcahueta y hechicera Celestina y los trágicos amantes que inspiraron la extensa progenie de los amantes transgresores y trágicos. Pudiera ser, podría haber influido algo, o bastante, el clima en estas creaciones, que son universales y copyright universal de la marca España, «pesiaquienpesi» (no pocas veces los propios hispanos, qué indigestos son los fritos cenados tarde). Yo creo que el asunto es más complejo y sutil, soy de los que creen en el genio nacional y en que el ibérico, el nuestro, es fruto de un peculiar mudejarismo, rico y feraz, entre Norte y Sur, Oriente y Occidente, rosa de los vientos, jardín de las Hespérides, esta Hispania nostra y de todos y todas. Es el caso que la prensa de verano suele venir ligera y a la vez cargada, con gratas sorpresas y mucha superficialidad y en general entretenida, como conviene a la tumbona, la sombrilla y el granizado, que enseguida se licúa (aunque se puede enriquecer con un chupito de gin, si me permiten la sugerencia). Personalmente, me encanta y agradezco que en los suplementos que embuchan los periódicos en agosto se incorporen sudokus diarios, un poco más hacederos que el diabólico difícil cotidiano. Uno de estos días leí en uno de ellos una entrevista con una autora de novela romántica, género que, al parecer, levanta pasiones y vende muchísimo. No sé si me debo volver a graduar la vista pero pareciome leer que la señora en cuestión ha vendido millones de ejemplares. Siempre he sospechado que en esos recuentos y balances se cuela algún cero de más. Pero pudo ser un aumento de mi presbicia, ya digo, o los efectos del tercer botellín, quintico como dicen en Murcia. O que realmente, se vendan en España tales tiradas… Lo que sería una inesperada esperanza para los que nos dedicamos a escribir y publicar historias. Todo previsible pero, al acabar la interviú, por instigación, todo hay que decirlo, de la persona que hacía la entrevista, esta autora «grandesventas» de romántica novela respondió, a la pregunta de qué libro tiraría a la piscina, que La Celestina. Explicaba que le tiene manía desde el colegio. Y la periodista ratificaba que, en efecto, se trata de un libro «poco romántico», en lo que ambas quedaron muy de acuerdo. Cierre de la entrevista. De la barbaridad o disparate de tirar libros a la piscina vamos a hablar en lo que sigue. Lo que me llena de perplejidad es que una novelista supuestamente romántica tire piedras al tejado de su propia Casa. La Celestina puede y debe considerarse un referente, un alfa del mejor Romanticismo, y no solo el español. Pues de España pasó a Shakespeare (Romeo y Julieta), y de ahí a lord Byron, Walter Scott, Víctor Hugo et alia. Y de todos estos retornó a nuestros Zorrilla, Duque de Rivas, García Gutiérrez, Hartzensbuch y restantes maestros del Romanticismo hispano. A propósito de las tres monumentales antología s que el gran hispanista Kryzstoff Sliwa prepara sobre Poesía, Teatro y Prosa del Romanticismo español, como colaborador en uno de los prólogos, he refrescado ese complejo movimiento. Y resulta que, como toda vanguardia, nació para matar al padre, el neoclasicismo rígido, moralista y estereotipado, abriendo la puerta de la vida, que es exceso, magia, emociones. Pero al tiempo, proponía un retorno a las crónicas, romances y leyendas medievales. Y ahí, en esa encrucijada que conecta el medievo con la modernidad, se alzan prominentes La Celestina y el cancionero de Jorge Manrique. En el Diálogo de la Lengua, «libro de libros», como tiene dicho mi hijo el poeta y filólogo Cristian Lázaro, ya que es, en una, cumbre del diálogo renacentista español, obra parateatral, una antología de coplas y canciones, un refranero y una gramática propiamente dicha, Juan de Valdés sitúa las Coplas manriqueñas en cabeza del canon lírico español y La Celestina en cabeza del canon de ficción. Este diálogo valdesiano incorpora el texto modernizado (¡por primera vez en 5 siglos!), por mi hijo, recién mencionado, y por mí mismo (Toledo, Orbe, 2026). Eso por un lado. Pero hablemos ya de piscinas. Hasta donde se me alcanza, yo desde luego es la primera vez que oí hablar de ello, el escritor Francisco Umbral fue quien alardeó de arrojar a la piscina de su «dacha» (así la llamaba él), en el norte de Madrid, los libros que no le gustaban. Fahrenheit y los inquisidores de todos los tiempos quemaban libros. Y ya sabemos del poder destructor del agua, no inferior al del fuego. Sobre atentado contra el soporte, fundamento y vehículo de toda cultura, esa sádica ocurrencia propone un atentado ecológico. ¡Saturar de libros los fondos de las piscinas! Umbral, ameno e incisivo articulista, logró hacerse una imagen dandy, imitando a su aire al inimitable César González Ruano. En pleno realismo social, con el estraperlo y las cartillas de racionamiento todavía en las nucas, le dio por recuperar vanguardias y mitos eróticos, por escribir de los Ramones (Valle y Gómez de la Serna), Baudelaire, Óscar Wilde y Marilyn, sin olvidarse del mayo del 68, la Transición y la movida. Casi siempre muy entretenido y, a veces, hasta emotivo. Escribió unos cuantos libros notables y alguno sobresaliente, pero, como dandy de pro, lo que le obsesionaba era la conexión con la actualidad, la imagen, promoción y ventas (quién no recuerda aquello de «pero yo he venido aquí a hablar de mi libro»); proyectar, en definitiva, una atractiva imagen, a la vez progre y aristocratizante y desdeñosa. En ese contexto, pienso, se inscribe su imagen de los libros arrojados o arrojables a piscinas. Tomemos como una metáfora su disparatada propuesta. (Lo malo de las propuestas disparatadas, por muy metafóricas que sean, es si hacen fortuna y arraigan, y esta ya vemos que arraigó, muy desafortunadamente.) Por cierto, que La Celestina (Tragicomedia de Calisto y Melibea) sería lectura muy recomendable para nuestros ocios de piscina y nos enseñaría a conocernos mejor y a conocer el Mundo, que solo en ciertas formas y técnicas ha cambiado desde entonces. Son la guerra y el amor, escriben sus autores (el primero, el toledano Rodrigo Cota y el segundo, el pueblano Fernando de Rojas), motores de las relaciones humanas. Como botón de muestra, una sentencia, adagio o refrán, tristemente vigente: «Cargado de hierro, cargado de miedo». ¿Y cómo se puede odiar La Celestina? ¡Por una manía de bachillerato! Todo está en La Tragicomedia: el deseo, el amor, la codicia, el impulso homicida, el conflicto de castas, la lucha de clases, el humor, el honor, el dolor, la lucha contra el Hado, el triunfo de este, juventud y vejez, la brujería y la mística, la luz y las sombras, el duelo y su llanto. Pienso en los numerosos profesores y profesoras de Lengua y Literatura que se esfuerzan tenazmente cada curso, a lo largo y ancho de nuestra geografía, en que la juventud conozca, comprenda y disfrute con La Celestina, que es libro para aprender pero, ante todo, disfrutar. Cabe que no lo consigan, que no entusiasme o siquiera guste la inmortal trama urdida por Rodrigo Cota y compuesta y ampliada por Fernando de Rojas. Pero de ahí al odio… De ahí a pensar en arrojar el libro a la piscina… Hace unas décadas, en el floreciente mundo de los bolsilibros, cuando los portales de quejumbrosas maderas tenían librerías con sus banquitos y poyatas para sentarse a leer, reinaban Marcial Lafuente Estefanía en el género del Oeste y Corín Tellado en el romántico. Sus libritos se vendían y alquilaban, porque admitían devolución, pasaban de mano en mano. Había otro formato que era la fotonovela, también de enorme éxito. Alguna llegué a hojear, porque estaban por todas partes, en las peluquerías, en las consultas de los dentistas, etc. Recuerdo que solían recrear el esquema del ascenso social a través del cortejo, el noviazgo y el matrimonio, que era uno de los pocos resquicios que, de siempre, ha permitido una cierta movilidad social en el cerrado sistema de clases y de castas. Personalmente, no contemplo leer próximamente una novela romántica, aunque me encantaría que me recomendasen alguna. Y que se tratase de auténtica literatura. Lo que desde luego nunca haría, aunque no me gustara, es tirarla a la piscina. Ni siquiera metafóricamente.