Topuria se autoanaliza y escribe sobre su derrota en la Casa Blanca: «Un bache no es una tumba»
Ochenta y tres días después de caer ante Justin Gaethje en el Jardín Sur de la Casa Blanca, Ilia Topuria ha vuelto a la escena mediática . El que fuera doble campeón de la UFC ha querido pasar página y convertir su primera derrota profesional en las artes marciales mixtas (MMA) en un ejercicio de memoria, autocrítica y reconstrucción deportiva y personal. En un escrito, denominado 'Carácter', al que ha tenido acceso ABC, ha repasado desde su infancia hasta el presente, sin hablar de una revancha como obsesión , sino de regresar para descubrir hasta dónde puede llegar después de haber atravesado, por primera vez, el infierno de la derrota. Sin duda, un giro de guion, un cambio de perspectiva, alejado del tono al que Topuria tenía acostumbrado a los seguidores de este deporte. Durante años, la historia de Ilia Topuria estuvo construida alrededor de una idea sencilla: avanzar y conquistar. Desde aquel niño que, después de perder un combate de jiu-jitsu en Lisboa, se sentó en las gradas y se dijo: «yo voy a ser alguien», hasta el doble campeón que convirtió el octágono en el escenario de una trayectoria prácticamente perfecta, la carrera de Topuria parecía obedecer a una lógica de ascenso permanente. Ganar, mejorar, volver a ganar. Caer no formaba parte del relato. Hasta que apareció Justin Gaethje, en la residencia oficial de Donald Trump, quien fue testigo privilegiado de aquel enfrentamiento. Ahora, Topuria no solo ha querido mirar hacia adelante, sino detenerse y mirar hacia atrás. No lo hace para buscar explicaciones a una derrota que, según sus propias palabras, no necesita excusas. Tampoco para reconstruir el combate golpe a golpe. Lo hace para intentar comprender qué queda de un deportista cuando desaparecen el invicto, el cinturón y la certeza de que, hasta entonces, siempre había encontrado la manera de ganar . «Ganar te enseña mucho sobre lo que eres capaz de hacer; perder puede enseñarte quién eres », escribe al comienzo de una carta que parece construida alrededor de esa idea. Topuria repasa su infancia en Georgia, la separación de sus padres, la llegada a España, los primeros entrenamientos y los momentos que marcaron su carrera. Recuerda incluso aquella noche en Baréin en la que recibió una patada en la cabeza, cayó y volvió a levantarse para ganar. Pero todo ese recorrido adquiere un significado diferente cuando se lee después de Gaethje . La carta no pretende demostrar que Topuria siempre fue un ganador, sino que nunca necesitó serlo para seguir adelante. La primera derrota profesional llegó después de 18 combates y dejó también un severo rastro físico: las dos órbitas de los ojos fracturadas, el tabique roto y el pie roto, siendo esta última lesión desconocida hasta este momento. La imagen que Topuria escoge para explicar aquel momento no es la del octágono, sino la del espejo. «Recuerdo despertarme y mirarme al espejo. Durante unos segundos no reconocí el rostro que tenía delante », cuenta. Frente a ese espejo ya no estaba el campeón invicto ni el luchador acostumbrado a salir vencedor. Estaba un hombre golpeado, obligado a enfrentarse a una pregunta que nunca había tenido que responder: quién era después de perder . La respuesta es probablemente uno de los pasajes más reveladores de la carta. «Mientras me observaba sentía más respeto por mí mismo; incluso podría decir que me quería un poco más», escribe. Lejos de sentir que la derrota había reducido su valor, Topuria descubrió que podía reconocerse incluso cuando el resultado decía lo contrario. La clave estaba en una certeza que consideraba suficiente: «Yo sabía algo mejor que nadie: lo había dado todo». Había llegado preparado y se sentía bien física, mental y espiritualmente. Por eso rechaza buscar una explicación externa. «No necesitaba buscar una excusa», afirma. «Lo había intentado y aquella noche no había salido; eso era todo» . Aceptar esa realidad supone enfrentarse al discurso que había construido durante toda su carrera. Topuria había aprendido a creer antes de tener pruebas, a levantarse después de ser derribado y a convertir cada obstáculo en una prueba superada. Lo había hecho en Baréin, lo había hecho cuando recibió la inesperada llamada de la UFC durante la pandemia y tuvo que aceptar un combate con apenas ocho días de preparación, y lo había hecho en cada etapa de su ascenso. Gaethje fue diferente. Esta vez no se trataba de superar una dificultad para ganar, sino de aceptar que, incluso después de haberlo hecho todo bien, también podía perder . «Era muy fácil repetirlo cuando todo salía bien; ahora me tocaba vivirlo. Y lo acepté» , escribe al recordar su fe en Dios y una idea que le ha acompañado durante años: «Si Dios arruina alguna vez mis planes, quizá sea porque esos planes podían arruinarme a mí». La frase adquiere ahora un significado distinto. Antes era una convicción; después de la derrota se convierte en una experiencia. Topuria tuvo que poner a prueba aquello que decía creer cuando todavía no había conocido el fracaso. Por eso se niega a tratar la derrota como un accidente que deba ser eliminado de su trayectoria. «No quiero volver para borrar una derrota. No puedo borrarla y tampoco deseo hacerlo: forma parte de mí» , asegura. El matiz es importante. Su intención no es regresar para fingir que aquella noche nunca ocurrió, sino hacerlo incorporando lo aprendido. «Ahora vuelvo con algo que antes no poseía: la experiencia de haber caído». La derrota no borra el camino anterior; añade una experiencia nueva a ese camino. Ahí se encuentra el principal mensaje de la carta. La caída no elimina lo construido, sino que modifica la forma de entenderlo. Topuria recuerda que desde niño tuvo que empezar de nuevo. Cuando le separaron de sus padres, la guerra de Georgia, el traslado a España y la adaptación a una nueva vida le enseñaron que una situación puede cambiar de un momento a otro. «Mi hogar no era necesariamente un lugar; mi hogar eran los míos», escribe. Aquella capacidad de adaptarse y comenzar otra vez aparece ahora aplicada a la etapa más complicada de su carrera. El regreso, por tanto, no nace de una obligación ni de la necesidad de recuperar una imagen. Nace del deseo de continuar. «La derrota no apagó el fuego, sino que lo hizo más grande» , afirma. Topuria asegura tener «más ganas de entrenar, de volver y de hacer las cosas bien». No sabe todavía cómo será ese regreso, pero sí sabe que quiere comprobar hasta dónde puede llegar después de haber conocido algo que nunca había experimentado. También reconoce que no quiere vivir condicionado por el miedo al fracaso. «No quiero que pasen veinte años, mirar atrás y pensar que tenía que haber arriesgado más», escribe. Y añade: «Prefiero vivir con las consecuencias de haberlo intentado que con la duda de qué habría sucedido si hubiera tenido el valor de hacerlo». La reflexión trasciende el deporte. Topuria utiliza su propia caída para hablar de una idea más universal: el fracaso puede formar parte del camino sin convertirse necesariamente en su final. Por eso su promesa para el futuro es deliberadamente limitada. No garantiza una victoria, un cinturón ni siquiera un determinado resultado. «No sé cómo será mi próxima pelea y no puedo prometer ningún resultado», afirma. Lo único que considera que depende exclusivamente de él es la voluntad de continuar: «No me van a ver dejar de intentarlo» . Es una promesa distinta a las que acompañaban al Topuria invicto. Ya no promete demostrar que es superior a todos; promete mantenerse en el camino. Consulte aquí la carta íntegra de Ilia Topuria Ese mismo mensaje aparece cuando se dirige a quienes puedan estar atravesando sus propios fracasos. «Puedes caer en un bache, pero un bache no es una tumba», escribe. Una derrota deportiva, un fracaso profesional o cualquier proyecto que salga mal no tiene por qué decidir el final de una historia. Mientras exista la capacidad de elegir qué hacer después, todavía queda recorrido. «Lo estás intentando. Ya haces algo que muchísimas personas nunca se atreverán a hacer. Ahora aprende, mira tus errores, hazte las preguntas incómodas, mejora y vuelve a intentarlo», le diría a un joven de 18 años que hubiera fracasado en aquello que más quería. Topuria tampoco quiere ser recordado como el hombre que nunca cayó. «Quiero que vean a un hombre al que pueden tirar al suelo y que continúa tomando una decisión: levantarse». Es quizá el cambio más profundo que plantea la carta. El Topuria invicto construyó su identidad alrededor de la capacidad de ganar. El Topuria que ha perdido tiene ahora la oportunidad de construirla alrededor de la capacidad de levantarse. La vulnerabilidad, que durante años parecía incompatible con su personaje, se incorpora finalmente a su historia. La carta termina regresando al principio, a aquel niño sentado en las gradas de Lisboa que se prometió «ser alguien». Con los años, Topuria pensó que ser alguien significaba ganar, conquistar cinturones y conseguir reconocimiento. Ahora la definición es distinta. Habla de ser «buen hijo, buen padre, buen hermano y buen amigo», de cuidar de los suyos y de conservar sus valores. Quiere recordar que cuando sintió miedo avanzó, que cuando ganó agradeció y que cuando perdió aprendió. La derrota ante Gaethje ocupa ahora un lugar central en ese relato. No como una mancha que deba ocultarse, sino como la noche que le obligó a comprobar si realmente creía en todo aquello que había defendido durante años. El carácter, la fe, la capacidad de levantarse y la voluntad de continuar dejaron de ser palabras para convertirse en una experiencia. «Pueden quitarte una victoria o un cinturón; pueden cambiar un resultado, la opinión de la gente y prácticamente todo. Pero hay una victoria que nadie puede arrebatarte: el carácter », escribe. Por tanto, El Matador no pretende borrar a Gaethje, ni recuperar mediante una pelea la imagen del campeón invicto. Quiere regresar porque todavía tiene preguntas por responder, porque sigue teniendo fuego y porque todavía ama el camino. «He estado abajo, me he mirado al espejo y sigo aquí». La última palabra de la carta resume también su transformación. Después de una vida construida sobre la idea de avanzar, después de haber conocido por primera vez el otro lado del deporte, Topuria vuelve a aquella promesa que se hizo siendo niño. Ya no se trata solamente de ganar. Se trata de decidir qué hacer cuando se pierde, de «seguir adelante».