El Equidistante, el hombre que reventó X tras colgar una nómina de su padre: «Los jóvenes vieron reflejada su frustración»
En la red social X, antes conocida como Twiter, El Equidistante es una celebridad. Por sus análisis certeros y elocuentes, sobre los más variados temas de actualidad, no es extraño que se cuenten por miles sus fieles seguidores, entre ellos reconocidas firmas de los medios y algunos de los perfiles más activos en la conversación pública de ese foro. Asuntos tan dispares como la crisis de Ceuta, el ático comprado por la Comunidad de Madrid, los hidroaviones operativos durante los incendios o los hoteles solo para adultos se cuentan entre sus aportaciones, pero entre todos ellos quizá destaquen sus análisis jurídicos. Divertido en ocasiones, serio en otras, siempre riguroso y ecuánime, eso no significa que, más allá de los datos y los hechos, no tenga su propia posición y no dude en manifestarla cuando corresponde, sin fanatismos ni complejos. Tras tan enigmático y provocador pseudónimo se encuentra alguien capaz de, sin proponérselo, romper todos los estereotipos y prejuicios preconcebidos. Así, me habría resultado imposible acertar, apostando conmigo misma antes de conocerle quién es, cómo es, de dónde, a qué se dedica, qué le gusta, a quién vota o a quién reza. Pero prefiere seguir manteniendo su anonimato y no seré yo quien desvele el enigma. No lo hace tanto por él, me explica, sino por la gente a la que quiere, y debido a los tiempos que corren. «Utilizo el anonimato para poder hablar con libertad» , me explica. «Es verdad que podría hacerlo dando mi nombre, no temo las consecuencias. Pero sí me dan miedo las repercusiones que pueda tener eso para otras personas. Todo mi círculo íntimo sabe quién soy, pero no veo la necesidad de que lo sepa todo el mundo porque lo importante es lo que digo, no quién soy yo ni como afecta eso a lo que digo. El mensaje es lo verdaderamente importante». Considera que, actualmente, ese quién que él oculta deliberadamente se utiliza en ocasiones para evitar que se diga lo que uno quiere decir, para silenciar al incómodo. «Ahí tienes el ejemplo de Jon González en Twitter y esa mala costumbre de 'doxear' (buscar y publicar datos privados de alguien en internet sin su permiso) a usuarios», señala (Jon González es un divulgador de economía que se vio obligado a abandonar sus redes sociales tras una campaña de señalamiento y acoso debido a sus análisis críticos sobre la gestión del Gobierno). «Yo creo que el anonimato es un derecho -dice-, pero hay que intentar usarlo bien. Y para quien no lo use bien existen mecanismos previstos con sus consecuencias. Lo que me parece una pena es que la cosa esté tan mal que haya gente que se vea obligada a utilizarlo con el fin de evitar problemas, como es mi caso». Pero hablemos de lo que hace y de cómo lo hace, de su presencia en redes y las razones por las que invierte su tiempo (sus publicaciones no son una ocurrencia y llevan detrás mucho trabajo de documentación) en eso. «Estoy muy preocupado por la situación actual de España» , confiesa. «Creo que es necesario un cambio importante y por eso intento que mis publicaciones sean mi pequeña contribución al debate público y, en la medida de mis posibilidades, que ayuden a los demás a encontrar reflexiones o explicaciones interesantes para que puedan formarse una opinión propia sobre los temas que me parecen importantes. Intento que mi cuenta sea constructiva, que tenga utilidad para la conversación pública: poner sobre la mesa temas graves, como sería el futuro de los jóvenes o explicar las sentencias judiciales o informes de una manera clara, que pueda llegar a todo el mundo y que sea entendible». Concluye que una red social bien usada puede ser un arma muy poderosa que contribuya a enriquecer ese debate público. Por eso tiene una cuenta activa en X desde hace muchísimos años, «al principio con una cuenta privada y desde 2020 con esta (El Equidistante) más pública». El motivo de ese cambio no fue otro que la necesidad de hablar sobre la gestión de la pandemia. «El crecimiento fue paulatino, muy poco a poco y no de manera buscada. Fue más bien algo casual», explica, aunque a partir del tercer año ya comenzaba a participar más activamente en la conversación pública, a interactuar con otros perfiles más o menos relevantes. Pero la verdadera eclosión de su éxito no se da hasta este mismo año, cuando decidió subir a su perfil una fotografía de una nómina antigua de su padre. «Encontré en casa de mis padres una vieja nómina del año 1992 y me llamó la atención», cuenta. «La subí a mi perfil y esa publicación se viralizó». En ese post, que aparece ahora fijado bajo la cabecera de su perfil público, se puede leer lo siguiente: «Por curiosidad me he puesto a hacer cálculos, y me ha dado (se refiere a su padre) permiso para compartirlos». Ahí, partiendo de esa nómina, simplemente exponía los datos crudos: lo que se cobraba hace treinta años comparado con lo que se cobra hoy (ajustando el IPC), las cargas fiscales de entonces y las de ahora, el neto… «De verdad vivimos mejor?», concluía. «Los datos dicen una cosa. La narrativa que nos venden, otra». La publicación fue compartida miles de veces y abrió una dinámica conversación al respecto en la que participaron cientos de tuiteros. «Llegó incluso a otros países, como Francia o Brasil», cuenta. ¿Por qué tuvo éxito una publicación como esa? Para él, la clave está en la frustración de los jóvenes con sus sueldos hoy en día, independientemente de la ideología que tengan. «Además, ahí yo no atacaba ni señalaba a nadie, solo ponía los datos y lanzaba la pregunta: '¿de verdad vivimos mejor?'. Y yo creo que fue eso lo que hizo que fuera tan transversal». Y, a partir de ahí, comenzó a analizar informes y sentencias judiciales (el primero fue el informe de la UDEF sobre el 'caso Zapatero') y a comentar la actualidad. Desde entonces ha notado un gran cambio: ahora, cualquier cosa que comenta, tiene mayor repercusión que antes, se multiplican sus seguidores. Un ejemplo es el análisis, capítulo por capítulo, del libro de Iván Redondo, 'El Manual'. «Parece que gusta cómo explico los temas judiciales. Y a mí es algo que me gusta mucho hacer», comenta divertido ante la expectación que despiertan algunas de sus publicaciones, que llegan a ser compartidas y recomendadas por jueces y abogados. «Para mí es un orgullo, claro, que personalidades así consideren interesante y acertado lo que hago», dice. «A todos nos gusta saber que gusta lo que hacemos. Pero decepcionar es inevitable y tampoco se le puede gustar a todo el mundo. Yo intento hacer las cosas bien y contarlas lo mejor posible». Volvemos a las redes sociales y, en concreto, a X, que es para él la mayor fuente de imaginación. «Me fascina la creatividad que se puede llegar a encontrar, la capacidad de la gente para encontrar lo humorístico en todo, de crear los mejores memes, pero también de reflexionar sobre lo más serio y de hacer reflexionar a uno». Para él, cuenta, es más importante encontrar a alguien que nos saque de nuestro encasillamiento mental que encontrar esa cámara de eco donde todos están diciendo lo mismo y lo único que hace es reafirmar las convicciones propias. «Eso en Twitter se encuentra», explica, «tanto lo uno como lo otro. Y es uno el que elige lo que quiere». ¿Lo mejor? Que ha conocido a gente que habría sido muy difícil conocer de otro modo, si no imposible. Y esa riqueza no la cambiaría por nada. ¿Lo peor? «La otra parte, el reverso tenebroso, son los insultos, las campañas organizadas, los 'bots' pagados por partidos políticos de todos los colores, la desinformación de un lado y del otro. Pero es imposible librarse de eso si no se ponen límites que destrozarían la gracia de la propia plataforma. Así que creo que hay que vivir con ello y no entrar al trapo». Lo que sí le parece realmente mal, y lo destaca, es que sean los propios políticos, «precisamente los que tendrían que luchar contra la desinformación o la violencia digital» quienes la fomentan y la alientan, cuando no directamente la ejercen. «Por personalizar, y aunque son muchos los ejemplos», dice, «es muy llamativo el uso que hace e l ministro Óscar Puente de sus redes sociales. De hecho, yo soy uno de los muchísimos españoles bloqueados por él en Twitter (X)». Y ríe: en el fondo, es un favor.