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Que la ciencia se entienda para que nos importe

Hace siete años, para un proyecto universitario, recorrí las siete provincias de Costa Rica preguntándoles a los costarricenses, en la plaza, la parada de buses o el mercado, cuánto conocían sobre la biología sintética y la resistencia a los antibióticos.

¿Qué hubiera dicho usted? Si su respuesta fue “no tengo la menor idea”, usted está en buena compañía. Entre el 90% y el 95% de los ticos que entrevisté también respondieron eso en 2019.

Y es que, después de escuchar diariamente estos términos en las aulas del TEC, empecé a olvidar lo lejanos que estaban del conocimiento general.

Pero ese privilegio, en vez de tomarlo con orgullo, lo tomé con responsabilidad. Entendí que si yo no traducía la ciencia que hacía en el laboratorio, nunca iba a llegar más allá de esas cuatro paredes blancas.

Sin embargo, así como le ocurre a la mayoría de los científicos, pequé de ocupar la mayor parte de mi tiempo en que ese experimento saliera. Y, peor aún, pequé de pulir la frase más sofisticada posible antes de publicarlo en una revista científica.

Cuantas más horas pasaba en el laboratorio, más ganas tenía de compartirlo con mi familia y amigos y más me alejaba del lenguaje que ellos podían entender.

Todo cambió un domingo 20 de enero por la noche. Después de siete horas de trabajo en el laboratorio –sí, un domingo–, grabé un video para audicionar en TEDxPuraVida, con la versión más sencilla que pude armar de mi doctorado.

TEDxPuraVida es, probablemente, el mejor evento en el país para difundir una idea al público general y especializado. A nivel mundial, se realizan más de 3.000 eventos bajo el nombre de TEDx, y gracias a los organizadores de TEDxPuraVida, Costa Rica también cuenta con este imponente escenario.

Unos días después, llegó la invitación para audicionar en persona. Tocaba dejar la gabacha en el laboratorio y aprender a pararme frente al público, traduciendo esas palabras que nunca me había tocado siquiera decir en español.

Unos días después, me llamaron: había sido seleccionada como speaker para la edición 2026.

Ahí empezó el verdadero reto. Me tomó seis horas encontrar las palabras para explicar por qué me interesé en entender el cuerpo humano y por qué a veces ese cuerpo falla frente al cáncer. Seis horas.

De allí, explicar cuál es la unidad más pequeña del cuerpo y cómo ahí mismo puede empezar un cáncer, me tomó ocho horas más.

El reto no era solo simplificar. Era lograr que la ciencia siguiera siendo interesante durante diez minutos, porque basta una frase técnica de más para que el oyente piense: “Esto no me está hablando a mí”.

Cada dos semanas, me sentaba con don Roberto Sasso, fundador de TEDxPuraVida, y con los curadores Ale Anchía y Miguel Fuentes, a mostrarles la nueva versión de esos diez minutos.

Una semana la pasaba pensando en reactivos, concentraciones y controles. La siguiente apagaba esa parte del cerebro y encendía otra, la que utilizaría una buena articulación, pausas y acentos para explicarles esos mismos experimentos a mis abuelos.

De cada reunión, salía agradecida por la pasión y la entrega con la que ellos dedicaban su “tiempo libre” a enseñarme una forma distinta de ver la comunicación científica para darme una voz en el escenario.

Los meses pasaban, mis estudios se volvían más y más intensos y cada vez eran más los “ensayos” en los que iba recitando mi charla mientras atendía mis células y mis experimentos.

Pensé que los nervios me iban a comer esa tarde en el Auditorio Nacional. Pero apenas empecé a hablar, la curiosidad del público pesó más que mis propios nervios. Ya no le hablaba al aire, ¡les hablaba a cientos de ticos!

Ese día recibí decenas de comentarios de personas que –ahora que entendían el problema– me proponían qué buscar en el laboratorio. Porque sí, la ciencia no es lejana porque sea difícil. Es lejana porque no la traducimos ni la escuchamos lo suficiente.

Por eso, traduzca eso que ama, aunque le tome seis horas explicar una sola oración sobre su trabajo. Y la próxima vez que haya una charla o un conversatorio cerca de su casa, encuentre una razón para ir. Tal vez salga como salió tanta gente del Auditorio Nacional, con una pregunta que antes ni sabía que tenía.

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María José Durán es la primera costarricense que cursa un doctorado en Bioingeniería en el MIT.

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