Dianne Medrano: liderar sin dejar de ser mujer, mamá y persona
Dianne Medrano aprendió que dirigir una compañía no se parece a ninguna de las lecciones que pudo recibir en una universidad, una maestría o durante sus más de dos décadas de carrera en la industria de bebidas. La experiencia de estar al frente de una organización la obligó a ampliar la mirada, a tomar decisiones difíciles y, sobre todo, a entender que detrás de cada resultado hay personas, historias y circunstancias que también requieren atención.
Desde enero de 2018, cuando asumió la gerencia general de la compañía que produce y comercializa Ron Centenario, su carrera tomó un giro. Venía de ocupar posiciones locales y regionales de marketing en grandes empresas, donde había aprendido a construir marcas, interpretar mercados y medir resultados. Pero una cosa era liderar una marca y otra muy distinta tener bajo su responsabilidad finanzas, recursos humanos, producción, distribución, operaciones y, en general, el rumbo de una compañía nacional.
“Nadie te enseña a ser CEO de una compañía”, reconoce. La frase resume uno de los mayores aprendizajes de estos años: comprender que el liderazgo no consiste únicamente en saber de negocios, sino en aprender a moverse en escenarios complejos, tomar decisiones con información incompleta y asumir la responsabilidad de sus consecuencias.
Su estilo también ha evolucionado. Llegó a la posición con la convicción de que escuchar todas las voces y construir las decisiones de manera colectiva era la mejor forma de liderar. Con el tiempo entendió que la apertura al diálogo no elimina la necesidad de una estructura clara.
“Todo el mundo tiene una opinión y todo el mundo debe ser escuchado, pero tiene que haber una jerarquía y un liderazgo muy claro”, enfatiza.
La mujer detrás de la CEO
Si hay una palabra que Dianne utiliza para describirse es resiliencia. Su filosofía parte de una premisa sencilla, pero poderosa: “siempre se puede”. No significa que todo deba hacerse de la misma manera ni que los obstáculos sean pequeños. Significa que, frente a una dificultad, siempre existe la posibilidad de buscar otra ruta.
Esa forma de pensar ha sido una constante tanto en su vida profesional como personal. Dianne no se considera una mujer que tenga todas las respuestas ni mucho menos una “supermujer”. Por el contrario, una de las principales conclusiones a las que ha llegado después de años de exigirse al máximo es que el éxito no debería estar construido sobre la idea de que para lograr algo hay que sufrir en el proceso.
También ha aprendido a mirar el liderazgo femenino desde una perspectiva menos estereotipada. No cree que la empatía, la tolerancia o la capacidad de escuchar sean atributos exclusivos de las mujeres. Son características individuales. Sin embargo, sí reconoce que existen expectativas sociales diferentes para hombres y mujeres que ocupan posiciones de poder.
A una mujer líder se le puede pedir que sea firme, pero no demasiado dura; empática, pero no demasiado emocional; cercana, pero sin perder autoridad.
“Cuando te ponés dura, la gente se resiente porque espera que seas más maternal”, explica.
Esas expectativas, considera, obligan muchas veces a las mujeres a administrar no solo las responsabilidades del cargo, sino también la percepción que los demás tienen sobre cómo debería comportarse una mujer en una posición de liderazgo.
Su vida como mamá
Mucho antes de convertirse en mamá biológica de su pequeña Alessia, Dianne tuvo otra experiencia que marcó su manera de entender la maternidad. Paola, hija de su esposo llegó a su vida para darle una pincelada de lo que iba a hacer su propia maternidad. Hoy, Paola tiene 23 años y continúa siendo parte importante de su vida.
Alessia llegó cuando ella tenía 39 años, actualmente tiene seis años y es el motor de su vida.
La pequeña llegó en una etapa profesional particularmente intensa y, además, en uno de los momentos más complejos que ha vivido como ejecutiva. Dianne tenía cinco meses de embarazo cuando comenzó la pandemia y, desde la gerencia general, tuvo que enfrentar una crisis que golpeó directamente al negocio.
Las exportaciones, que representaban alrededor de un 35% de la operación, se detuvieron. Después llegaron las restricciones a bares, restaurantes y reuniones sociales, espacios fundamentales para el consumo de bebidas. Mientras esperaba el nacimiento de su hija, tuvo que tomar decisiones para sostener la empresa, proteger los empleos y mantener la operación en medio de una incertidumbre que nadie sabía cuánto tiempo iba a durar.
La maternidad y el liderazgo se cruzaron entonces de una manera inesperada. Mientras su cuerpo atravesaba uno de los procesos más importantes de su vida, la ejecutiva tenía que sostener una compañía en uno de sus momentos más difíciles.
Cuando el rompecabezas se rompe
Pero el desafío más grande no necesariamente estaba afuera. Después del nacimiento de su pequeña, Dianne atravesó una etapa de ansiedad que describe como una de las experiencias más duras de su vida. La maternidad, dice, le desarmó el rompecabezas que había construido durante años y la obligó a armarlo nuevamente.
La experiencia fue especialmente difícil porque estaba acostumbrada a funcionar bajo presión, tomar decisiones y resolver problemas. De pronto se encontró en una situación en la que no se sentía funcional y necesitaba ayuda. Buscar acompañamiento profesional fue fundamental para comprender lo que estaba viviendo y comenzar a recuperar el control.
Aquel episodio también cambió su manera de mirar la vulnerabilidad. “Si yo salgo de esta, puedo superar cualquier cosa”, pensaba entonces. Con el tiempo comprendió que pedir ayuda no era una señal de debilidad, sino una herramienta para avanzar.
Esa experiencia despertó además una inquietud que hoy se ha convertido en uno de sus proyectos: estudiar la relación entre la biología femenina, las hormonas y el liderazgo. Junto con un médico desarrolla una iniciativa que busca profundizar en cómo los cambios biológicos que atraviesan las mujeres pueden influir en su experiencia profesional.
Para Dianne, hablar de liderazgo femenino no debería limitarse a discutir cuotas, oportunidades o posiciones de poder. También implica reconocer que las mujeres tienen un cuerpo y una biología que forman parte de su experiencia y que, durante mucho tiempo, han sido temas poco conversados en los ambientes laborales.
Una CEO que habla de lo que pasa fuera de la oficina
De esa necesidad de transformar su propia experiencia en algo que pudiera servirle a otras personas nació Utopías de una CEO, un proyecto personal que desarrolla desde hace aproximadamente un año y que busca hablar de liderazgo desde una perspectiva más amplia.
La idea no es crear otra plataforma dedicada únicamente al éxito profesional. Su propuesta parte de una pregunta más profunda: ¿cómo construir una vida que realmente pueda sostenerse?
Dianne habla de convertirse en la “arquitecta de la propia vida”. Para explicarlo utiliza la metáfora de una casa: hay cimientos, pilares y un techo que protege aquello que es importante. En esa arquitectura, el cuerpo y la salud deberían estar entre los primeros elementos, aunque muchas veces sean precisamente los que se sacrifican cuando aumentan las responsabilidades.
La plataforma aborda temas como bienestar, liderazgo, comunicación, movimiento, salud, relaciones y crecimiento personal. También busca generar espacios para que otras personas puedan hablar de aquello que ocurre detrás de los cargos, los títulos y los resultados.
“No vine aquí solo a vender”, dice cuando explica la razón de fondo de este proyecto. Su propósito, considera, no puede reducirse a vender productos de consumo masivo, dirigir una compañía o alcanzar resultados comerciales. Las distintas etapas que ha vivido como mujer, mamá, esposa, hija y ejecutiva también pueden convertirse en herramientas para acompañar a otras personas.
No siempre se saca buena nota
En esa búsqueda hay una idea que atraviesa buena parte de su discurso: no es necesario hacerlo todo perfecto.
Dianne reconoce que una mujer puede ser una excelente profesional y, al mismo tiempo, sentir que no está dando todo lo que quisiera en su maternidad. Puede ser una buena madre y tener días en los que el trabajo la absorbe. Puede cuidar a otras personas y descubrir que se olvidó de cuidarse a sí misma.
La presión por cumplir con todos los roles puede convertirse en una carrera interminable. CEO, mamá, esposa, hija, amiga, hermana, tía. En cada uno de esos espacios existen responsabilidades y expectativas. “Aquí soy jefa de todo el mundo”, dice con una sonrisa, consciente de que esa lista de papeles puede resultar agotadora.
Por eso su mensaje no busca presentar una fórmula perfecta para conciliarlo todo. Más bien propone aceptar que no siempre se saca buena nota en todas las áreas de la vida. Hay etapas en las que una responsabilidad ocupa más espacio que otra y eso no necesariamente significa que se esté fracasando.
Aprender a sostenerse
La propia Dianne tuvo que llegar a ese punto después de experimentar varios episodios de burnout. El último fue una señal definitiva de que algo tenía que cambiar. Había llevado durante años un ritmo de trabajo intenso, sumado a las responsabilidades familiares y a una logística diaria que incluye desplazamientos de hasta dos horas entre su casa y su trabajo.
Su esposo, quien trabaja en una empresa global, viaja con frecuencia. La organización familiar requiere coordinar colegio, actividades, citas médicas y responsabilidades laborales. Ella misma describe la dinámica como una especie de “logística de vaqueros”: todos deben moverse y coordinarse para que las piezas encajen.
Hoy intenta hacerlo de otra manera. Caminar, moverse más, hacer ejercicio y mejorar su alimentación son parte de ese proceso. No busca convertirse en una atleta ni alcanzar una rutina perfecta; busca recuperar algo que durante años quedó relegado: su propio bienestar.
En ese camino, su hija también juega un papel importante. Dianne sabe que la niña observa lo que hace y por eso procura educarla principalmente con el ejemplo. Si quiere que su hija se mueva, ella también se mueve. Si quiere que cuide su salud, intenta demostrarle que esa responsabilidad comienza por uno mismo.
El liderazgo también se construye escuchando
La preocupación de Dianne por el bienestar no se limita a su vida personal. Como CEO, una parte importante de su trabajo consiste en crear un ambiente donde las personas puedan desarrollarse y comunicarse mejor.
Cuando llegó a la compañía, recuerda que buena parte de sus primeros años se sintió como una especie de mediadora permanente. Había conflictos, diferencias y personas que tenían dificultades para comunicarse de manera efectiva.
Con el tiempo entendió que muchas veces las personas no están necesariamente en desacuerdo en el fondo, sino en la forma en que expresan sus posiciones. Por eso aprendió a escuchar, entender las motivaciones y traducir lo que cada persona intenta decir.
“Uno aquí es psicólogo, abogado, absolutamente todo”, dice al describir las exigencias de una posición de liderazgo. Escuchar no significa darle la razón a todo el mundo, sino comprender qué hay detrás de cada posición antes de tomar una decisión.
Ese aprendizaje también forma parte de Utopías de una CEO. Dianne quiere explorar cómo mejorar la comunicación en los espacios profesionales y familiares, convencida de que saber transmitir una idea, escuchar y comprender incluso la comunicación no verbal puede cambiar el resultado de una relación.
Una mujer que también está aprendiendo
A los 41 años de Ron Centenario, Dianne enfrenta otro reto: mantener vigente una marca madura sin perder aquello que la hizo reconocible.
Su respuesta vuelve a conectarse con su propia historia. Así como una mujer atraviesa diferentes etapas y necesita reinventarse, una marca también debe hacerlo. Para ella, tradición e innovación no son conceptos opuestos.
La tradición está en la manera artesanal de producir el ron, en las barricas de whisky escocés que llegaron a Costa Rica y que todavía forman parte de su proceso de añejamiento, en el conocimiento acumulado durante décadas y en una historia que conecta el producto con el país.
La innovación, en cambio, está en encontrar nuevas formas de contar esa historia y hacerla relevante para nuevas generaciones y mercados internacionales.
Uno de los cambios más importantes bajo su liderazgo fue retirar el caballo que durante años identificó a Ron Centenario. Para Dianne, aquella imagen representaba nostalgia, particularmente para el consumidor costarricense, pero no tenía un relato suficientemente sólido para construir una marca global.
La decisión generó resistencia. Sin embargo, la ejecutiva defendió que una marca que aspiraba a internacionalizarse necesitaba una identidad capaz de trascender la nostalgia local. El resultado debía ser una historia más profunda: su calidad, la forma en que se produce el producto, su origen costarricense, el proceso de añejamiento y las condiciones naturales que lo hacen diferente.
Llevar Costa Rica al mundo
La internacionalización de Ron Centenario se convirtió en uno de los principales objetivos de su gestión. Actualmente la marca está presente en más de 35 mercados y compite en escenarios donde se demuestra la calidad de un producto hecho en Costa Rica.
Pero su trabajo no se limita a construir una marca propia. La compañía también distribuye un portafolio de más de 50 marcas internacionales de vinos y destilados, lo que coloca a Dianne frente a un doble desafío: llevar una marca costarricense al mundo y, al mismo tiempo, representar en Costa Rica marcas globales.
Ella lo resume como tener “dos sombreros”. Por un lado, está la responsabilidad de construir y hacer crecer Ron Centenario; por otro, proteger y desarrollar las marcas internacionales que la compañía representa.
Su visión para los próximos años mantiene la internacionalización como uno de los principales motores de crecimiento, pero incorpora también nuevas categorías, como vinos, además de la digitalización y el uso de herramientas de inteligencia artificial.
Crecer sin perder el propósito
Hay, sin embargo, otro eje que atraviesa su visión empresarial: la sostenibilidad. La compañía trabaja en eficiencia energética, paneles solares, economía circular y programas ambientales. También forma parte de iniciativas como Bandera Azul y Esencial Costa Rica y desarrolla acciones vinculadas con la conservación del entorno que rodea sus instalaciones.
Para Dianne, la sostenibilidad tiene una relación directa con la identidad de Ron Centenario. Si la marca busca representar a Costa Rica en el mundo, considera que debe ser coherente con los valores que el país quiere proyectar.
Pero su concepto de sostenibilidad va más allá del ambiente. Incluye la sostenibilidad económica y, especialmente, la de las personas. De ahí que el liderazgo, la equidad, el bienestar y la construcción de un ambiente laboral saludable sean parte de la agenda que quiere impulsar.
En ese punto convergen sus dos mundos: la CEO y la mujer detrás de ella. Lo que intenta construir dentro de la empresa también lo está explorando en sus proyectos personales.
La vida no cabe en una sola etiqueta
Dianne Medrano no parece interesada en elegir entre ser una buena CEO o una buena mamá, entre ser una mujer fuerte o vulnerable, entre perseguir resultados y cuidar su bienestar. Su experiencia le ha enseñado que la vida no funciona con elecciones tan simples.
Hay momentos en los que toca sostener una compañía mientras se está embarazada. Otros en los que toca pedir ayuda. Hay etapas para trabajar al máximo y otras para aprender a detenerse. Hay días en los que es una CEO segura de sus decisiones y otros en los que simplemente intenta descubrir cómo volver a armar el rompecabezas.
Su historia tampoco pretende mostrar una conciliación perfecta. Más bien expone el proceso de una mujer que sigue aprendiendo a sostener las diferentes partes de su vida sin exigirse que todas funcionen al mismo tiempo y con la misma intensidad.
Quizá por eso su proyecto personal tiene tanto sentido. Después de años dedicada a construir marcas, equipos y resultados, Dianne dirige parte de su energía y tiempo a otra construcción: la de su propia vida y la posibilidad de compartir lo aprendido con otras personas.
Porque si algo parece haber descubierto en el camino es que liderar no significa tener todas las respuestas. Significa seguir aprendiendo, reconocer los límites, escuchar, reinventarse y entender que incluso las mujeres que ocupan las sillas más importantes también necesitan detenerse, pedir ayuda y volver a empezar.
Y, sobre todo, aceptar que no todos los días se obtiene una buena nota en todo, y esta es la parte más importante de su filosofía de ser primero el CEO de nuestra propia vida.