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Sobre ‘El Tartufo’, los diamantes, los sapos y culebras… y la crema de rosas

El Gran Siglo Francés, el siglo XVII, con la corte del rey Luis XIV, el Rey Sol, gozó de dos grandes escritores y pensadores: Molière y Charles Perrault. El uno, dedicado a la comedia y la sátira social; el otro, a los cuentos de hadas y la poesía académica.

En la comedia El Tartufo (1664), Molière crea un personaje engalanado con maneras piadosas, lenguaje afectado e intención abyecta, cuyo artífice es el arte de engañar. Tartufo, el hipócrita, el histriónico farsante, atiza la ira de quienes perciben su verdadero yo. Una, como lectora, goza y llora al unísono. Goza por los trazos ridículos del personaje e incluso por los imprevistos y las confabulaciones circunstanciales; llora porque Tartufos existen en nuestro escenario real y contemporáneo.

Nuestros Tartufos se pavonean de redimir y salvaguardar el uso del lenguaje criollo, aunque, más que criollo, se perfila güilero. Nosotros, los del sexto piso –en los sesentas–, tuvimos la rima burlona Lero, lero, calzón de cuero como recurso para sacar clavos y para chiviar en demasía, con sacalengua y con vaivén de manos, aludiendo a los locos. Chimar al otro güila era nuestra intención, sin la recomendación benevolente de comprar la aún inexistente crema de rosas. En esos entonces, los culitos quemados se trataban con crema Alba o manteca de cacao.

El Tartufo es una obra maestra sobre el engaño, la insolente hipocresía, las vejaciones veladas de un ser entartufado ante otro ser cándido, apantallado por una máscara maquillada a la perfección, con moños de salón y ataviada con exquisitos fabrics; en fin, una máscara.

La misma camada del sexto piso creció entre gruesos libros de tapa dura de los hermanos Grimm y Charles Perrault, entre otros. Como poco se satanizaba, los dibujos de los malos eran espeluznantes, de tonos insípidos, en claroscuro, mientras que los de las hadas y doncellas buenas se matizaban vaporosos, con efímeros rosa y amarillo.

El maestro Perrault, en su obra maestra Las Hadas (1697), inmortalizó la eterna querella entre el lenguaje de “dulzura y suavidad” versus “desagradables y orgullosos”. Para ello, cuenta a sus lectores, niños y niñas, que una mamá viuda tiene dos hijas: la mayor es desagradable, orgullosa y nada amable con sus semejantes, mientras que la menor, nuestra heroína y modelo por seguir, se perfila tal vez demasiado perfecta: dulce, suave de trato y de “extrema belleza”; es decir, el combo de la perfección.

Similar al recurso narrativo griego de un deus ex machina, irrumpe en el pozo, ante ambas, el hada disfrazada y sedienta, rogando por un poco de agua del cántaro. A la de lenguaje dulce y suave, le da el don “de que por cada palabra que pronuncies, saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa”. A la de lenguaje desagradable y orgulloso, también le da un don: “de que por cada palabra que pronuncies, te salga de la boca una serpiente o un sapo”.

Al repasar estos pasillos sinuosos de la memoria, constato, una vez más, lo esencial de un lenguaje sin exabruptos, entrelíneas, comentarios ni burlas deletéreas. La sabiduría se expresa en pocas y sencillas palabras, y así lo sintetizó Perrault en su moraleja: “Las riquezas, las joyas, los diamantes son del ánimo influjos favorables; sin embargo, los discursos agradables son más fuertes aún, más gravitantes”.

De mandar a comprar crema de rosas no se desprende una moraleja, sino que se espeta un soez, ordinario e inoportuno insulto; es decir, una culebra y un sapo.

amatibej@gmail.com

Ana Matilde Bejarano es literata francesa.

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