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El mito del ‘multitasking’ y la realidad del ‘phubbing’

Empecemos por tres afirmaciones sustentadas en ciencia e investigación que usted, aunque lo intente, no podrá rebatir:

a) Eso que llaman multitasking simplemente no existe como muchos lo conciben: es una palabra en la que mucha gente se refugia para no reconocer su incapacidad de concentrarse en lo que debería o para ocultar el irrespeto hacia su interlocutor.

b) Cada vez que abandonamos el foco sobre lo que estamos haciendo para ir a hacer scroll en las redes o cambiarnos de pantalla, al regresar tardaremos más de 20 minutos en volver al mismo nivel de concentración que teníamos (Mark, Gudith y Klocke, 2008).

c) Usted no es capaz de escribir un mensaje mientras, simultáneamente, sostiene una conversación. Inténtelo.

Así que no me venga con el cuento de que “le estoy poniendo atención, pero necesito mandar un mensaje” o con el afamado “las mujeres tenemos esa capacidad de hacer muchas cosas a la vez”. Mejor dígame que me calle, que me dedique a lo mío y que cerremos la charla.

Eso sí, antes de que alguien busque una salida fácil al argumento diciendo que uno puede ir trotando al tiempo que habla con su compañero de ejercicio: en ese escenario, una de las acciones es automática (correr), pero lo que no podemos hacer es llevar en simultáneo dos acciones –y menos tres o más– que demanden atención completa.

El interés por este tema y por buscar la forma de comprobar que el cuento del multitasking es una falacia nació hace unas semanas, cuando leí El valor de la atención (2023), un libro de Johann Hari, escritor y periodista británico. Él llevó su interés a un extremo que solo puede ser experimental, pero que le sirvió de base para su investigación.

Hari se fue tres meses a vivir en un pueblo costero, con una computadora sin Internet y un teléfono que solo servía para llamadas. Luego de ese periodo, salió a viajar por el mundo para entrevistar a cientos de expertos y tratar de explicar lo que nos está pasando con la concentración, o con la incapacidad de tenerla.

Claro que nadie pretende llegar a esos extremos ermitaños o volver a la Edad de Piedra. Pero sí dejemos de ser mentirnos y reconozcamos las limitaciones que, como seres humanos, tenemos.

Al hacerlo, podremos volver a ser respetuosos con nuestro trabajo, con el amigo sentado frente a nosotros en la mesa, con el conferencista que invirtió horas en lo que le está mostrando o con su familia, que trata de que el almuerzo sea uno de los pocos momentos de conversación compartida.

Claro, podríamos estar doblando camisas para meterlas al armario mientras hablamos en altavoz con la mamá: es el mismo caso del corredor citado arriba.

Pero imaginemos tres dispositivos abiertos en el escritorio: en el teléfono va a responderle al dentista que sí irá a la cita de mañana; en el iPad va a pagar el recibo de luz mediante Internet, y en la computadora, está redactando la síntesis del informe que pidió el jefe. Felicidades, es usted el rey multitarea. Falso.

Hay múltiples estudios científicos que demuestran cómo, en realidad, lo que usted está haciendo es un cambio de tarea y lo hará tres veces. Mando el mensaje al dentista, salgo, entro a la página del banco y pago la luz, salgo, me paso al correo en la computadora y empiezo el informe. El cerebro nunca estuvo haciendo las tres cosas a la vez: se alternó entre ellas.

Aún peor: la psicóloga Gloria Mark afirma en un libro de 2023 que, luego de una interrupción en aquello en lo que estamos concentrados, se requieren unos 20 o 25 minutos para volver a alcanzar el foco sobre esa tarea.

Y –lo siento, mujeres– en esto no hay distinción de género. Porque este es el otro argumento que debemos oír constantemente si la contraparte es femenina. La evidencia científica publicada en revistas como PNAS y comentada en Nature muestra que no existe un “cerebro masculino” y un “cerebro femenino” categóricamente distintos (Joel et al., 2015; Eliot, 2019). No me vengan con el cuento del multitasking selectivo.

Podríamos seguir con los argumentos comprobados de lo que implica creernos el cuento de la multitarea y mencionar análisis que, además, demuestran el incremento de estrés y cansancio en quienes pasan en ese pimpón cerebral todo el día.

Es cierto que la vorágine en que vivimos hoy exige atender múltiples cosas, pero ¿qué tal si lo hacemos en compartimentos separados? ¿Y qué tal si le damos reposo un rato al teléfono?

La nueva chupeta… ahora digital

Si la cosa es seria con esto de la multitarea, el problema se agravó cuando decidimos que el teléfono celular es ahora la extensión de nuestra vida, un “órgano” de importancia igual a la de los mismos pulmones. ¿Cómo sería mi vida sin celular?

Nuevamente, no se trata de abogar por regresar a las señales de humo, sino de analizar cuándo hemos pasado a padecer el phubbing. Sí, porque el solo hecho de que ya el fenómeno tenga nombre propio indica que no se trata de un reclamo majadero de viejillos anticuados.

Wikipedia lo describe como “el acto de ignorar las interacciones sociales inmediatas para concentrarse en el teléfono inteligente”, y la Fundación del Español Urgente, en colaboración con la RAE, prefiere recurrir a la acepción de “ningufoneo” (Fundéu RAE, 2016), que debe ser algo así como cuando uno está tomándose un café con alguien que está pegado a la pantalla… y aquel dice que nos está escuchando porque es multitasking.

Nuevamente, en este caso específico, los análisis citables son muchos y reveladores, pero mencionemos solo el resumen (abstract) de un metaestudio que revisó 79 estudios, realizado por la Universidad de Maguncia, en Alemania.

El resumen indica textualmente que “el phubbing –es decir, desairar a alguien en interacciones cara a cara al concentrarse en el propio teléfono en lugar de en quienes están presentes– ha aumentado enormemente en los últimos años y se ha convertido en un fenómeno generalizado, asociado a consecuencias negativas, por ejemplo, para las relaciones de pareja y las amistades” (Arenz y Schnauber-Stockmann, 2024).

Ahora, si llegados aquí, entendemos que la multitarea, pensada como justificante para nuestra falta de concentración e interés, así como el “ningufoneo”, son hojas de la misma rama, y que ambos tienen consecuencias poco ventajosas, tal vez sea hora de tomar el timón de ambas cosas.

Volvamos a sentir lo gratificante de tirarnos una birra en una mesa en la que todos y todas las compas decidan meter el teléfono en la bolsa o a la cartera, o hasta apagarlo y quitarlo de la vista (así, de paso, no corre el riesgo de que alguien se lo moje), y hablarnos viéndonos a los ojos, riendo, contando anécdotas sin tener que repetirlas después de un “¿ah?”.

Pero, además, tratemos de no sentarnos en el escritorio cada día y convertirnos en esclavos de las pantallas. Estas pueden esperar; no se van a ir.

Dale Carnegie nos enseñaba en sus cursos que es mejor “vivir en compartimentos estancos”, haciendo referencia al sistema de los barcos grandes, que dividen el casco en tramos separados por puertas de acero que se cierran si una de esas secciones se empieza a inundar. Si nos podemos concentrar en algo, en una cosa, por un tiempo específico, las tareas que hacen fila no se nos meterán a hacer ruido antes de tiempo.

Nadie es tan importante como para que el mundo deje de girar si usted no le contesta ese mensaje o si no responde pronto –tal como lo quiere el algoritmo– a los posteos de Facebook o IG.

No le voy a sugerir que haga lo que Hari en su experimento. Lo que sí le pediré es que, cuando esté compartiendo la mesa con muchos (pero, en realidad, nadie esté junto), no diga que usted es multitarea, salvo que se esté refiriendo a la simultaneidad de darle un sorbo a la cerveza mientras conversamos viéndonos la cara.

alvabon68@yahoo.com

Eduardo E. Alvarado Bonilla es periodista.

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