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La vida que dejamos para después

Hay una versión adulta de “después lo hago” que no tiene que ver con ordenar la casa ni responder un correo.

Después descanso. Después pienso qué quiero. Después retomo aquello que me hacía ilusión. Después veo cómo estoy yo.

Nos volvemos buenos para mantener la vida funcionando. Administramos trabajo, recibos y necesidades ajenas. Resolvemos lo urgente y prometemos regresar a nosotros mismos apenas haya tiempo.

Pero la vida rara vez termina de despejarse. Y podemos pasar años sosteniendo una vida en la que nosotros mismos hemos quedado para después.

No porque no nos importe vivirla, sino porque hubo momentos en los que sobrevivir necesitó ocupar casi todo el espacio.

Ante el dolor o la incertidumbre, aprendemos a contener lo que sentimos y atender lo urgente. Nada de eso debería avergonzarnos. La versión de nosotros que aprendió a aguantar buscaba protegernos y nos trajo hasta aquí.

El problema aparece cuando esa forma de vivir se vuelve la única que conocemos. Seguimos cumpliendo, pero cada vez estamos menos presentes en la vida que sostenemos.

El sufrimiento no siempre impide funcionar. A veces se acomoda alrededor de nuestras responsabilidades.

Una madre puede conocer las necesidades de su familia y sentirse sola en su hogar. Alguien puede alcanzar el éxito y descubrir que no sabe cuánto lo disfruta.

Podemos estar presentes para todos y ausentes de nosotros mismos.

No todo lo que nos ocurre aparece como un pensamiento. A veces se presenta como un nudo en el estómago, la mandíbula apretada, el pecho cerrado o un cansancio que no desaparece después de dormir.

Podemos saber que ya no estamos en peligro y continuar en alerta, necesitar descanso y sentir culpa al intentarlo, o tener derecho a poner límites y quedarnos sin palabras al expresarlos.

El cuerpo y las emociones transmiten información. No significa que cada molestia tenga un origen psicológico ni que debamos obedecer lo que sentimos. El cuerpo no sustituye una evaluación médica y una emoción no contiene toda la verdad. Pero ignorarlos también tiene un costo.

El miedo puede advertirnos sobre un peligro; la tristeza, hablarnos de una pérdida; el enojo, señalar un límite, y la alegría, acercarnos a lo que nos devuelve vitalidad.

Creemos que estar desconectados significa no sentir. Pero muchas veces sí sentimos el cansancio, la incomodidad, el miedo y las ganas de algo diferente. La desconexión aparece cuando vivimos como si esa información no tuviera derecho a participar en nuestras decisiones.

Sentimos, pero no nos escuchamos.

Escucharnos no significa analizar cada sensación ni dejar que las emociones decidan. Significa preguntarnos: ¿qué ocurre en mí?, ¿qué puede estar señalando?, ¿qué quiero hacer con esta información?

Esa pausa abre un espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos. Allí recuperamos calma para pensar, pedir ayuda y elegir nuestra respuesta.

No todos los problemas se resuelven mirando hacia adentro. Respirar no hace que alcance el dinero ni reemplaza la atención profesional o una red de apoyo. Pero escucharnos puede ayudarnos a reconocer cuándo necesitamos compañía. Dejarnos acompañar también es cuidar nuestra vida.

Escucharnos no sirve únicamente para reconocer lo que duele. También nos permite recordar qué nos importa, qué nos entusiasma y qué hemos dejado para después.

No podemos elegir todo lo que nos ocurre ni cumplir un sueño solamente por desearlo. Pero tampoco estamos completamente indefensos.

Podemos pedir ayuda, acercarnos a personas que nos hacen bien, poner un límite, revisar una decisión, retomar un sueño o dar un primer paso hacia algo que no creíamos posible.

Recuperar poder sobre nuestra vida no significa controlarlo todo. Significa dejar de entregar también la parte que sí podemos decidir.

Quizá sobrevivir necesitó ocupar casi todo el espacio. Podemos mirar esa historia con ternura. Aquella versión de nosotros hizo lo que pudo y nos trajo hasta aquí. Pero nuestra historia no termina en la manera en que aprendimos a sobrevivir.

Podemos agradecer lo que hemos sido capaces de sostener y, con el mismo amor, aprender una forma diferente de vivir: una en la que no solamente cumplamos, cuidemos y resistamos, sino en la que también podamos elegir, crear, vincularnos, soñar y disfrutar.

Porque no vinimos a este mundo únicamente a resolver pendientes. También merecemos estar incluidos en la vida que con tanto esfuerzo hemos construido.

ale@loveinsightcr.com

Alexandra Ortiz Pérez es psicóloga y psicoterapeuta.

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