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El placer perdido de no saber

Existe una sensación que hemos ido perdiendo lentamente, casi sin darnos cuenta. Antes de Google, alguna duda podía perseguirnos durante horas. Uno recordaba una cara, una época, una canción; le preguntaba a alguien cercano, le daba vueltas y vueltas, ensayaba posibilidades. Y, cuando dejábamos de buscar, la respuesta aparecía de repente. Ese instante tenía algo de milagro. El escritor argentino Hernán Casciari lo describió con humor y nostalgia en su escrito “Elogio a la punta de la lengua”. Parece que ya no tenemos paciencia para esos momentos.

Ahora podemos conversar con una inteligencia artificial que responde velozmente, con un nivel de seguridad capaz de convencernos de su certeza. Ya no debemos soportar por mucho tiempo la incomodidad de no saber. La duda apenas tiene oportunidad de aparecer y no llega a instalarse en la incómoda punta de la lengua. Antes de que podamos perseguirla, reconstruirla o simplemente convivir con ella, ya tenemos una respuesta.

Anótele una bandera roja más a nuestro uso de estas herramientas, capaces de hacernos olvidar que obtener una respuesta no es lo mismo que construir conocimiento.

Un estudio del MIT Media Lab permite mirar esta cuestión desde otro ángulo. Comparó a personas que escribían ensayos usando ChatGPT, ayudándose con un buscador o basándose solo en sus conocimientos, mientras se registraba su actividad cerebral.

Los investigadores describen diferencias en la conectividad cerebral y una mayor participación de redes relacionadas con la generación, integración y control de la información en quienes escribían sin apoyo de herramientas.

En la primera sesión, 15 de 18 usuarios de ChatGPT no pudieron reproducir correctamente una frase de su propio ensayo, frente a dos de 18 en los otros grupos.

El estudio es pequeño y no demuestra que la IA “nos haga tontos”. Pero plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando un instrumento hace por nosotros una parte importante del esfuerzo mental?

Otro estudio, publicado en 2025 en Societies, analizó a 666 personas y encontró una asociación negativa entre el uso frecuente de herramientas de IA y las puntuaciones de pensamiento crítico. La relación estaba parcialmente mediada por el llamado cognitive offloading: delegar en una herramienta tareas que antes exigían recordar, analizar, comparar o resolver.

Quienes tenían mayor formación educativa obtenían mejores puntuaciones de pensamiento crítico y tendían a evaluar y contrastar más las respuestas de la IA. Lo importante no es que la tecnología pueda ahorrarnos esfuerzo. El problema aparece cuando nos acostumbramos a ahorrar precisamente el esfuerzo que nos hace pensar.

Un buscador en línea, al menos, nos enseña caminos. Nos obliga a escoger uno, comparar resultados y decidir si lo que encontramos realmente responde a nuestra pregunta. Podemos regresar, cambiar de camino y buscar de nuevo.

Un modelo de lenguaje funciona de otra manera, generando una respuesta a partir de patrones aprendidos de enormes cantidades de texto. No es una enciclopedia que “sabe” todas las respuestas; puede acertar o equivocarse con la misma seguridad.

Aparece entonces un riesgo para el pensamiento crítico muy propio de nuestra actualidad: confundir fluidez con veracidad. Una respuesta bien escrita puede ahorrarnos tiempo, pero también puede ahorrarnos la incomodidad de preguntarnos si es correcta. Si dejamos de comparar fuentes, detectar sesgos, identificar inconsistencias o reconstruir por nuestra cuenta el razonamiento, podemos terminar perdiendo también la capacidad de hacerlo.

Por eso, el verdadero peligro no está en utilizar estas herramientas, sino en cómo lo hacemos y, sobre todo, en qué parte de nuestra inteligencia estamos dispuestos a delegarles.

De vuelta a Casciari, hay algo más allá de lo cognitivo que igualmente inquieta. Podemos estar perdiendo el placer de no saberlo todo de inmediato. Dejar una pregunta sin resolver. Discutirla con un amigo. Recordar a medias. Buscar en nuestra memoria. Intentar deducir la respuesta con lo que ya sabemos. Irnos a dormir con la duda y descubrirla al día siguiente, mientras hacemos cualquier cosa que no tenga nada que ver con ella. Ese dulce momento no es un desperdicio de tiempo. Es el resultado visible de haber pensado, recordado o simplemente conectado con algo no relacionado.

La inteligencia artificial puede darnos respuestas extraordinarias, mas no debería quitarnos el camino. No toda pregunta necesita una respuesta inmediata. Algunas merecen, todavía, el lujo de quedarse un rato en la punta de la lengua.

santiago.batalla@gmail.com

Santiago Batalla Garrido es médico pediatra.

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