World News in Spanish

Carmen Machi, premio Nacional de Cine 2026: «Las mujeres maduras también interesan, y mucho»

Abc.es 
Antes de los escenarios, de las cámaras, de 'Aída', de los Goya y de los personajes que terminarían formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones, Carmen Machi tenía un espejo. Era una niña fascinada por el cine que llenaba las paredes de su habitación con recortes y fotogramas y que veía a escondidas las películas que sus padres ponían en casa. Cuando una escena le impresionaba, corría a su cuarto, se colocaba delante del espejo y trataba de repetir lo que acababa de ver y escuchar. Jugaba, sí, pero no buscaba convertirse en actriz. A veces aquel juego terminaba en lágrimas. «Era algo muy fascinante. Me producía una extraña sensación de libertad», ha recordado este sábado en San Sebastián, donde ha recogido el premio Nacional de Cinematografía 2026 de manos del ministro de Cultura, Ernest Urtasun. El galardón reconoce una carrera construida entre el teatro, la televisión y el cine y una trayectoria en la que Machi ha pasado de la comedia popular a personajes de registros muy diversos. La escena del espejo explica quizá mejor que cualquier enumeración de premios qué clase de actriz ha sido Machi. Su carrera se ha construido, en buena medida, alrededor de la posibilidad de entrar en otras vidas. La actriz ha hablado durante la ceremonia de las mujeres que ha interpretado y de todo aquello que esos personajes le han dejado. «He podido habitar mujeres con mundos muy diversos y muy interesantes, que me han completado a mí como persona», ha dicho. Mujeres «corrientes, con vidas extraordinarias. Fuertes, calientes, frágiles, inteligentes, analfabetas». La frase tiene algo de declaración de principios. Interpretar, para Machi, no parece consistir únicamente en representar una identidad ajena, sino en permitir que esas vidas modifiquen también a quien las interpreta. Es una idea que recorre una carrera en la que la actriz ha saltado con naturalidad entre géneros y formatos, desde la popularidad televisiva de 'Aída' hasta trabajos cinematográficos como 'Ocho apellidos vascos', por el que obtuvo el Goya a mejor actriz de reparto, y otros registros más alejados de la comedia. Pero hay una palabra que ha ocupado un lugar especialmente importante en su discurso, pues desde hace años, después de interpretar a todo tipo de mujeres que han servido para que Carmen Machi, en palabras del guionista Diego San Jose, sea «patrimonio nacional», la actriz ahora abrocha los botones de «mujeres maduras», ha señalado, antes de agradecer a sus creadores que hayan puesto el foco sobre ellas y hayan contribuido a darles visibilidad. «Porque sí, el universo femenino de la mujer madura también me interesa. Y mucho. Doy fe». La reivindicación tiene una dimensión que va más allá de los papeles concretos. Durante décadas, la edad ha condicionado de manera especialmente visible las oportunidades de las actrices, reduciendo el espacio para personajes femeninos complejos a medida que avanzaba su carrera. Machi ha encontrado precisamente en esa etapa vital una parte importante de sus trabajos más recientes: mujeres con historias propias, contradicciones y vidas que no necesitan quedar relegadas al papel secundario de madre, esposa o acompañante. El reconocimiento llega, además, después de una trayectoria extraordinariamente popular. La actriz se convirtió en uno de los rostros más reconocibles de la televisión española y ha construido después una filmografía que le ha permitido mantener ese vínculo con el público mientras ampliaba sus registros. En el cine ha trabajado en títulos como 'Ocho apellidos vascos', 'Verano en diciembre', 'La voz del sol' o 'Thi Mai, rumbo a Vietnam', entre muchos otros. Pero la relación entre Machi y su público no termina en la pantalla. Durante su discurso ha contado algunas de las experiencias que vive cuando espectadores anónimos se acercan a ella por la calle para explicarle cuánto les han marcado sus personajes. Algunas personas le han contado incluso que esos papeles les han ayudado en momentos determinados de sus vidas. «Esto es tan fuerte. Es algo tan valioso», ha dicho, visiblemente emocionada. «Me hace sentir muy útil». Ahí aparece una de las ideas centrales de su discurso: el cine como algo que sucede también después de la película. Machi lo ha definido como «un arma de construcción masiva», capaz de «sacudir», «abrir los ojos», «abrir la mente», movilizar, interpelar y transformar. El cine puede hacer reír y llorar, pero también modificar la manera en que alguien contempla su propia vida o reconoce la vida de otra persona. Por eso, al recoger el premio, Machi ha hablado menos de una consagración individual que de una profesión compartida. Ha dado las gracias a productores y productoras, directores y directoras y a todos los departamentos que participan en una película: maquillaje, peluquería, vestuario, sonido, arte, producción o catering. También ha recordado a algunos de los profesionales que considera determinantes en su carrera, entre ellos Luis San Narciso, Arnold Tarragó y José Luis Gómez. La lista de agradecimientos tiene algo revelador. Frente a la imagen del actor como figura aislada, Machi ha descrito su oficio como una construcción colectiva. Un personaje nace de una actriz, pero también de quien escribe, dirige, ilumina, maquilla, viste, monta y sostiene un rodaje. Incluso ha bromeado con los auxiliares de dirección y producción, que han tenido que lidiar con su «desastroso sentido de la orientación». Después han llegado los agradecimientos personales: sus padres, su familia, sus hermanos, su prima Ana, su representante Javier Cantil y Vicente, su compañero de vida. Ha recordado aquella infancia en la que jugaba y ha recuperado incluso un detalle aparentemente menor —ella era Medusa— que conecta aquella niña con la actriz que ahora recibe uno de los principales reconocimientos institucionales de la cinematografía española. Y así vuelve, de alguna manera, al principio. A aquella habitación llena de recortes, a las películas vistas a escondidas, al espejo frente al que una niña intentaba reproducir una escena para descubrir qué se sentía al ser otra persona. Lo que entonces era un refugio contra la timidez acabó convirtiéndose en un oficio y, ahora, en un reconocimiento a toda una trayectoria. La niña quería sentir lo mismo que la protagonista. La actriz ha pasado décadas averiguando cómo hacerlo. Este sábado, en San Sebastián, el cine le ha devuelto el gesto.

Читайте на сайте