¡Qué lección le dio papá a mi hermano Alejandro!
Esta historia empezó cuando mi madre, Elizabeth, le pidió a mi hermano Alejandro, el tercero de sus cuatro hijos, lavar la tumba del abuelo Orlando, pintarla de blanco y escribirle el nombre de quien vivió entre el 25 de marzo de 1916 y el 12 de octubre de 1968. Claro, se acercaba el 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos.
Ni lerdo ni perezoso, aquel estudiante que cursaba el quinto año del colegio en 1981 preparó jabón, cepillo y trapo, pintura, pincel y brocha, y se dirigió al Cementerio Nuestra Señora de Guadalupe, en Guadalupe, Goicoechea.
Al verlo trabajar con tanto esmero, varias personas lo contrataron para rotular las lápidas de sus familias. Aguardaban a que terminara la tarea en presencia de ellos y le pagaban la suma acordada.
De pronto, se le acercó una señora y le preguntó cuánto le cobraba por inscribir el nombre de uno de sus difuntos. Una vez más, Alejandro hizo cálculos rápidos en su mente y, en cuestión de segundos, le puso un precio a su servicio.
Hacer negocios no le costaba nada. Había sido siempre el mejor comerciante de nuestra familia; durante su infancia en San Ramón de Alajuela, vendía en las casas del vecindario verduras y legumbres que nuestros padres habían comprado para el consumo familiar.
Pues bien, la clienta aceptó el monto y le dijo a mi hermano que mientras él hacía su tarea, ella iría a su casa a traer el dinero para pagarle, pues “andaba sin plata”.
Aquel muchacho que pintaba a mano alzada, sin bocetos ni plantillas, puso manos a la obra, pues ansiaba alimentar aún más sus hambrientos bolsillos con algunos billetes y monedas.
Sin embargo, la señora no regresó… ¡Típica amarrada de perro!
“Yo esperando y ella no aparecía, no aparecía”, rememora Alejandro 45 años después de aquella experiencia que le dejó varias enseñanzas; la primera: que en ese tipo de situaciones, siempre, lo que se llama siempre, hay que cobrar por adelantado.
El Pisuicas entró en acción
Mientras aguardaba sentado sobre la tumba, ¡se le metió el Pisuicas! Tomó el pincel, lo humedeció en el tarro de pintura negra y comenzó a llenar la inscripción de errores ortográficos; donde iba una ese pintaba una zeta, donde iba una ce trazaba una ese, donde iba una qu plasmaba una ka, donde iba una vocal anteponía una hache, y así por el estilo.
Al finalizar aquella obra de arte de la venganza, se sintió orgulloso de su ingenio y ocurrencia, tanto que, al llegar a su casa, ubicada en San Pedro de Montes de Oca, le contó a toda la familia la hazaña recién realizada. Esperaba risas y aplausos, pero no fue eso lo que cosechó…
Nuestro padre, David, molesto, le llamó la atención de inmediato. “Lo que usted hizo no es correcto; eso no se hace. No tenía por qué desquitarse con la memoria del hombre que yace en esa tumba. Hágame el favor de ir otra vez al cementerio y corregir el nombre”.
A mi hermano no le quedó más camino que salir nuevamente de casa con el rabo entre las piernas y el rubor en el rostro, abordar el bus de la Periférica, llegar al camposanto y reparar el daño que había hecho.
“A veces, uno toma decisiones creyendo que ganó, que se salió con la suya, pero las palabras de papá, un hombre justo, me hicieron pensar, reflexionar sobre mi error. Fue una lección de vida inolvidable”, confiesa Alejandro.
El acto de enmienda no solo le dejó una enseñanza indeleble, sino más clientes, pues mientras corregía la inscripción en la lápida, más personas lo contrataron para que al día siguiente lavara y pintara las tumbas de sus seres queridos. Como que la honestidad es un buen negocio…
Mi padre falleció el 16 de julio de 2020, hace poco más de seis años. Desde entonces, al evocarlo en familia, Alejandro nos recuerda siempre el breve poema Permanencia, de Miguel d’Ors, poeta y profesor universitario español: “Se fue, pero qué forma de quedarse”.
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José David Guevara es periodista.