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Temimos a la IA y terminó dándonos tres empleados ejemplares por $100

Tuve Gmail cuando todavía se entraba por invitación. Usé Waze y Uber antes de que existieran en Costa Rica: los estrené de viaje. En noviembre de 2022 probé un GPT que alucinaba –es decir, inventaba– con aplomo admirable. Cuando esta ola llegó, ya estaba en el agua.

Empecé con la versión gratuita y pasé al plan de $20. Una mañana, en medio de un proceso de selección de alto nivel, dos horas me costaron $14 adicionales en tokens, las fichas con que estas máquinas cobran cada palabra leída y escrita. Hice el cálculo de tesorero y me pasé al plan de $100. ¿Caro? Comparado con una suscripción a Netflix, ¡carísimo! Pero esa es la comparación equivocada. La correcta exige ver qué contraté.

Tres empleados en uno (por ahora)

Tres empleados en uno (y sospecho que terminarán siendo muchos más). Una secretaria ejecutiva multilingüe que jamás pierde un documento ni confunde una fecha. Un analista júnior con un coeficiente intelectual de 160 (el que le atribuyen a Einstein, por si el lector tenía la duda) y la biblioteca completa, de Sócrates a Harari (sí, sí: pasando por Hayek), leída y subrayada. Y –lo confieso con una sonrisa– un consejero psicológico, espiritual y de pareja, disponible a las 3 a. m., sin tarifa por sesión ni cara de juicio. Esa es la comparación correcta: tres salarios con sus cargas sociales y escritorios con aire acondicionado. Visto así, no es carísimo: es baratísimo.

Los tres son la misma máquina. Le digo “la máquina” como en Person of Interest, aunque en casa tiene nombre: MIA, “Mi IA” (caí en la misma tentación de quienes bautizaron a Siri y a Alexa). Se me acaba de salir que corre sobre Claude; no se lo cuenten.

El taller a plena marcha

En estos cuatro meses construimos –MIA y yo, en ese orden– una base de datos del sistema financiero costarricense: 47.028 filas, las cuatro superintendencias, 12 años de historia, auditada hasta el último decimal; no existe otra igual en el país.

Con ella produje estudios completos de entidades financieras en días, no en meses. El proceso de selección pedía un assessment estratégico: entregué 34 páginas, 17 láminas y un tablero financiero. El caso más exigente fue una consultoría: una empresa de retail con muchas tiendas, cuyo giro comercial cambió y arrastró el registro contable y el flujo de caja, hasta obligarla a replantear su deuda y quizá su estructura.

El modelo final: un Excel de 5.636 fórmulas verificadas, cero errores. La IA no entendió el problema –eso me tocó a mí–; solo multiplicó la velocidad y la profundidad del ataque. Hasta mi red de contactos se administra con la disciplina de un CRM.

La máquina no se apaga con la oficina

Cuando cierro los archivos del trabajo, el empleado sigue ahí. Convierte en itinerario un viaje al exterior para dejar a nuestro hijo menor donde inicia sus estudios universitarios, con un detalle que ningún operador turístico toleraría. Me ayuda a acompañar la salud de mis papás, adultos mayores, y a entender mejor la de mi esposa. Los currículos de media familia han pasado por el mismo taller. MIA es ya un activo doméstico, como la lavadora, solo que esta discute. La impresora sigue siendo una cabra montés; ahora genero pptx, docx, xlsx, pdf, html y jpg, y los mando por donde quiera. Bye bye, impresora.

Cuatro cosas a la vez

Hace unos días, mi hija mayor me miró con carita de “uy, el viejo”: “¿Papi, por qué trabajás un tema a la vez? Podés dejar corriendo uno con lo de tu cliente, otro con el viaje, otro con lo de mami...”. Tenía razón. Delegar es oficio de líder; por dicha, lo aprendí primero con humanos. Ahora, mientras cuatro trabajos intensivos en criterio avanzan en paralelo, me leo el resumen de noticias que MIA preparó al amanecer según mis suscripciones y gustos. ¿Quién dijo que con la IA pensamos menos? Nunca había pensado en tantas cosas a la vez. Ni tan bien acompañado.

Lo que de verdad aprendí

Primero: la IA es un espejo con aumento. Amplifica al que sabe qué preguntar y desnuda al que no. Su mayor peligro no es equivocarse, sino equivocarse con una seguridad encantadora; oler el error, exigir la fuente, rehacer el cálculo es el oficio que llevo tres décadas practicando. La máquina no me jubiló el criterio: me lo puso a trabajar horas extra.

Segundo: a la máquina se le gestiona como a un equipo; la mía tiene hasta su sistema operativo (MIA-OS) con reglas escritas, memoria institucional y auditorías. Quien la deja improvisar (quien cree que esto es hacer copy-paste de prompts) obtiene eso: improvisación, servida con excelente ortografía.

Tercero, la lección económica: si la inteligencia se volvió abundante y barata, lo escaso –y lo caro– es el criterio para dirigirla. La biblioteca se democratizó; el bibliotecario que sabe qué buscar, no.

El reto

Hace poco reté a mi hijo de 19, con quien comparto esta afición: “Conseguime uno solo, uno, de tu grupo de amigos que tenga las habilidades tecnológicas de este viejo de 51 con el que compartís tanto de esto”. Sigue buscando.

No lo cuento por vanidad –bueno, no solo–, sino porque desarma la mejor excusa del mercado: la edad. Si un economista formado entre calculadoras financieras y papel continuo convirtió esta tecnología en su ventaja, la edad no es frontera; es coartada.

La puerta está abierta y el tiquete cuesta menos que una cena para dos. Adentro esperan la secretaria, el analista y el consejero. Lo único que no viene incluido es el criterio: ese lo pone cada quien. Nunca, en 30 años de ver mercados, vi un activo subir de precio tan rápido. El suyo cotiza desde ya, ¿qué espera?

Jonathan Valembois es consultor financiero corporativo.

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