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Bernardí Roig: frente al exceso de realidad y el modelo goyesco

Abc.es 
«De todas formas, no se puede competir con el sol por el oeste». Lo escribe Bernardí Roig (Palma de Mallorca, 1965) sobre una pared del Centro de Arte de Aínsa (que convive con el Fondo Documental de Miguel Marcos, el galerista). No sé si la frase es cosecha del artista o cita. No lo dice. El visitante llega allí perturbado por la belleza del Sobrarbe. Deja fuera, también, a los numerosos turistas que peregrinan a la célebre villa. Lo que encontraremos dentro son ventanas bien trancadas y la luz artificial de los neones. Otro mundo. Podríamos decir que antinaturaleza o humanidad enclaustrada. Es un espacio que ha sido ampliado y está lleno de posibilidades. Con el artista mallorquín estas salas se han sabido aprovechar de maravilla. En su montaje se da una comunión extraña entre barroquismo y ascetismo, entre helada y carbón. Creo que estamos ante Bernardí Roig en estado puro, en blanco y negro, desdoblado entre dibujante y escultor, personaje y espectador. Los gestos piden dramaturgia y ésta, cuerpos. Como su 'Homo Aluminium Black', un sujeto que no alcanza el metro de estatura, y a cuya medida se han colgado unos dibujos, que son unos dibujos de Ingres, digamos que vejados. La escala nos descoloca y desazona. Ese personaje, u otro, llamado 'Homo Lux', tienen problemas serios con su ropa, sus pantalones parecen capullos de los que el hombre-crisálida emerge a disgusto. Sospecha que es la muerte a lo que accede. La luz del neón le hace dudar y existir a la par. El artista habla de un «exceso de realidad». Es un problema del que alertó T. S. Eliot, y algo de este poeta parece danzar por estas obras. La exposición encogería un poco el ánimo si no fuera porque hay una samba que suena, de fondo, la pegadiza y euforizante «Brasil». Es la banda sonora del vídeo «Joie de Vivre», que rodó el artista en Tabacalera (Madrid) y que presentó en la gran exposición que hizo allí. Cinco mujeres desnudas, y generosas en sus formas, juegan y se persiguen por la antigua fábrica sobre sus tacones. La idea del goce y la vitalidad femeninas, y en general, lo comunitario, político o festivo parecen un antídoto contra la erosión del rostro, una arqueología atroz de las facciones que cualifica la «figuración como desfiguración», un poco al modo de los accionistas vieneses y bastante como Goya. No será casualidad que Bernardí Roig presente unas 'Pinturas negras', que funcionan como espejos opacos, ocupados por parejas que reflejan más la incomunicación con uno mismo que con el otro. Y no será casual, tampoco, que la mejor de las instalaciones presentes sea 'La cabeza de Goya'. La famosa cabeza perdida sirve para fantasear, y sacar a pasear el gesto, en variaciones al carboncillo. Pero el contemplador que la valora es un Edipo, ciego por sus propias manos. No consta que Goya representara nunca a Edipo. Echaremos de menos su versión. Goya fue un ilustrado a quien la realidad se le mostró monstruosa y nocturna. Hubiera entendido bien lo desolador de las luces. Lo de Bernardí Roig nos enfrenta a una doble mutilación, la decapitación y el vaciamiento del ojo. Esta pieza, altamente representativa, es de las que gustaría ver en alguna colección pública, algún día.

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