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Así era invertir en Costa Rica hace 50 años: libretas selladas a mano, tijeras y títulos de papel

Había una época en que las inversiones se podían sostener entre las manos: eran, nada menos, que certificados impresos con pequeños cupones que se recortaban a tijera y se llevaban a la ventanilla para cobrar intereses. Cristina Masís conserva intacto el recuerdo de uno de ¢5.000, porque marcó, literalmente, su primer paso en el mundo financiero.

“Yo tenía 8 años y mi papá me regaló uno de esos títulos, eran muy bonitos porque tenían unos cuponcitos que los recortabas y cada uno era como de dos colones”, dice con nostalgia. Además, aquellos dos colones tampoco se gastaban porque tenían otro propósito.

“Esos cuponcitos no los gastaba, los metía y cuando ya tenía otro poquito los podía comprar y así fui. Entonces me inculcaron desde muy temprana edad todo el tema de la importancia del ahorro y de la inversión”.

Cincuenta años después, Cristina dirige la empresa que fundaron sus padres, Mercado de Valores, empresa socio fundadora de la Bolsa Nacional de Valores. Pero cuando mira hacia atrás no encuentra solamente una compañía que ha atravesado cinco décadas de cambios en el mercado financiero costarricense, sino que mira cómo una historia familiar terminó impactando la vida de muchas familias.

Una historia que creció

Para entender la magnitud del sueño de don Guillermo, hay que viajar a la Costa Rica de los años setenta, una época en la que el sistema financiero era estrictamente analógico.

Las inversiones y el ahorro no eran números en una pantalla de celular, sino objetos que ocupaban espacio físico. Los ahorros se llevaban en libretas bancarias que los cajeros actualizaban con sellos de tinta y tinta de lapicero; los bonos y certificados eran documentos de cartulina gruesa, a menudo con filigranas y bordes decorados, que los inversionistas guardaban en cajas fuertes.

Cobrar los rendimientos implicaba una excursión obligatoria al banco: había que hacer fila frente a la ventanilla, llevar el título original, recortar el cupón correspondiente con unas tijeras y entregarlo al cajero. En un país que funcionaba a ese ritmo manual, pensar en crear un mercado de valores organizado y ágil parecía, para muchos, casi ciencia ficción.

El padre de Cristina, Guillermo Masís, había trabajado en el sector financiero y fue gerente del Banco Crédito Agrícola de Cartago. Desde entonces tenía la idea. “Mi papá siempre tenía la visión de hacer algo más grande, algo que en el país no existía”.

Después de salir del banco viajó a México para investigar cómo funcionaban aquellos mercados y regresó con la intención de formar parte del grupo de empresarios que impulsaría la creación de la Bolsa Nacional de Valores.

Don Guillermo fundó la compañía cuando tenía 60 años, algo que Cristina recuerda con orgullo. “En una edad en que muchos están pensando en retirarse, él estaba fundando una compañía. Fue un emprendedor, eso es algo muy loable”, asegura su hija.

Cristina, mientras tanto, tomó otro camino antes de regresar a aquella empresa que había visto crecer desde niña. Estudió Relaciones Internacionales y luego una maestría en Administración de Negocios. Su entrada al negocio familiar comenzó casi como una ayuda temporal.

“Yo entré a la organización cuando entré a ayudarle a mi papá porque se había quedado sin una persona que le asistiera. Entonces yo le dije: ‘Bueno, te ayudo mientras tanto’. Y bueno, al final me apasioné con el tema y aquí estoy”, dice entre risas.

Ella ha pasado por distintos puestos en la empresa: se hizo corredora de bolsa, atendió teléfonos, fue asistente de los asesores, se hizo asesora y obtuvo su cartera. “Es la mejor manera de aprender: estando en todo lado”, cuenta. “También me ayudó a tener la sensibilidad para la atención de los clientes, que es la piedra angular”. agrega.

Para ella, su trabajo diario es un homenaje a la memoria de su padre quien llegó casi a los 99 años y, dice ella, nunca se retiró. “Tuve la bendición de formarme también al lado suyo. Mi papá fue muy bendecido y trabajó hasta el último de sus días”.

De hecho, curiosamente, conversamos un 16 de setiembre, el día de su natalicio. “Todo lo que nos ha rodeado aquí siempre ha sido mágico; lo siento conmigo siempre”, cuenta.

Crecer un sueño

Hace aproximadamente dos décadas, Cristina asumió la gerencia. La empresa que comenzó con sus padres y unas pocas personas hoy ronda las 90.

“Cuando empezó mi papá eran como seis personas, incluyendo aparte de mi papá y de mi mamá, porque mi mami estaba al pie del cañón con mi papá cuando iniciaron el negocio”, rememora.

El paisaje alrededor de las inversiones también cambió. Los teléfonos, los títulos de papel y aquellos pequeños cupones quedaron atrás. Internet abrió las puertas a información que antes era difícil de conseguir; las inversiones internacionales dejaron de requerir necesariamente una cuenta fuera del país; las nuevas generaciones llegaron con otras formas de relacionarse con el dinero.

“Yo creo que en esto hay un componente emocional muy fuerte en la parte de inversiones, aunque uno no lo crea. Porque primero a todos nos cuesta mucho ganarnos la platita, y estamos también cuidándolo y pensando qué vamos a hacer con esto para futuro, por eso es importante que exista algo como lo que hacemos”.

Por eso, aunque la tecnología haya transformado el oficio, todavía encuentra valor en sentarse frente a una persona y hablar.

“Estas conversaciones son necesarias, sobre todo para entender muy bien en el momento de vida en el que te encontrás y para qué querés hacer esa inversión”.

¿Cómo son las personas que atienden hoy día en sus asesoramientos de inversiones y ahorros? Pues Cristina cuenta que puede ser un adulto joven que empieza a pensar en la educación de sus hijos. Puede ser alguien que se acerca a la jubilación y quiere asegurarse un ingreso futuro. Puede ser, simplemente, alguien que por primera vez se pregunta qué hacer con aquello que ha conseguido ahorrar.

“Cuando tenés la posibilidad de conversar y entender muy bien en qué etapa de vida te encontrás, pues esta planificación te puede cambiar la vida”.

Cristina sabe que la forma de invertir seguirá cambiando. Habla de digitalización, inteligencia artificial, nuevas generaciones, mercados internacionales y educación financiera. “Pero lo importante es que el simple hecho de ahorrar o de aprender cómo ahorrar puede cambiar vidas, puede darte mejor calidad para lo que sea que hagas. Nos gusta ver nuestro trabajo como una oportunidad para apoyar el crecimiento de las familias”.

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