Costa Rica ya escapó de una trampa. Ahora viene el verdadero desafío
Costa Rica tiene una buena noticia que contar. Mientras buena parte de América Latina lleva años atrapada en un crecimiento insuficiente, nuestro país ha logrado escapar de lo que la Cepal denomina la “trampa de la baja capacidad para crecer”.
Pero otra reciente publicación de la misma institución trae una advertencia igualmente relevante: el mundo en el que Costa Rica construyó buena parte de ese éxito está cambiando aceleradamente.
Vistas conjuntamente, ambas publicaciones plantean una pregunta fundamental: ¿cómo aprovechar lo que Costa Rica ha logrado para prosperar en un mundo más incierto, fragmentado y competitivo?
Comencemos por la buena noticia. Entre 2014 y 2023, 20 de los 32 países latinoamericanos y caribeños estudiados por la Cepal estuvieron atrapados en un crecimiento inferior tanto respecto a su propio desempeño histórico como al promedio mundial. Costa Rica fue uno de apenas cinco países que escaparon simultáneamente de ambas condiciones. Y cuando se amplía el periodo a 2000-2023, nuestro país continúa fuera de la trampa.
Una explicación importante es la productividad. Mientras economías como Argentina, Brasil y México se alejaron de los niveles de productividad laboral de Estados Unidos, Costa Rica redujo esa brecha. Esto importa porque, a largo plazo, producir más valor por trabajador resulta fundamental para sostener el crecimiento, crear mejores empleos y elevar los ingresos.
Pero aquí termina cualquier motivo para la complacencia.
El nuevo informe Rupturas y oportunidades, elaborado por la Cepal, y que versa sobre geopolítica, globalización y desarrollo, describe un escenario internacional diferente. La globalización no desaparece, pero se transforma. Ya no importan solamente los costos y la eficiencia: pesan también la seguridad, la resiliencia de las cadenas de suministro, la tecnología y las rivalidades geopolíticas. Al mismo tiempo, se debilita el multilateralismo y la inteligencia artificial transforma la producción, el empleo y hasta nuestras democracias.
Para Costa Rica, este nuevo mundo presenta riesgos, pero también enormes oportunidades. Durante décadas, construimos una plataforma basada en apertura comercial, inversión extranjera, talento humano e instituciones relativamente sólidas. Así, desarrollamos actividades sofisticadas en dispositivos médicos, servicios empresariales y digitales, electrónica y semiconductores.
Aquí resulta particularmente útil la teoría de la complejidad económica desarrollada por Ricardo Hausmann, César Hidalgo y sus colaboradores. Su idea central puede expresarse sencillamente: los países pueden producir aquello para lo cual poseen las capacidades necesarias. Estas incluyen conocimientos y know-how (muchas veces tácitos), habilidades humanas, tecnologías, infraestructura, instituciones y capacidades organizacionales. El desarrollo consiste, en buena medida, en acumular esas capacidades y utilizarlas para avanzar hacia nuevas actividades productivas cada vez más complejas.
Costa Rica ya ha acumulado muchas de ellas. Y esto es importante porque las nuevas oportunidades no aparecen al azar: los países tienden a diversificarse hacia actividades cercanas a aquellas que ya saben realizar. Por eso, las capacidades desarrolladas alrededor de dispositivos médicos, semiconductores, servicios digitales y otras actividades sofisticadas pueden convertirse en plataformas para dar nuevos saltos productivos.
Pero el objetivo no debería ser solo atraer más multinacionales ni lograr que más pymes costarricenses sean sus proveedoras. Debemos proponernos algo más ambicioso: fomentar startups y spin-offs de propiedad costarricense, surgidas del talento, conocimiento y experiencia acumulados alrededor de esas multinacionales, capaces de innovar, exportar e internacionalizarse hasta convertirse en nuestras futuras empresas multinacionales.
Irlanda ofrece una experiencia ilustrativa. En su clúster de tecnologías médicas, la llegada de multinacionales generó conocimientos y capacidades; después, ingenieros y gerentes formados en esas empresas crearon compañías propias. El país desarrolló así un importante tejido de empresas irlandesas que participan en mercados internacionales. Costa Rica debería aspirar a una evolución semejante: de atraer conocimiento extranjero, a absorberlo y, finalmente, llevar conocimiento costarricense al mundo.
Esto exige también difundir la productividad. Podemos tener empresas de clase mundial y, simultáneamente, enormes diferencias entre empresas grandes y pequeñas, sectores y territorios. El verdadero éxito será conseguir que más pymes, trabajadores y regiones participen de esta transformación.
Esto requiere talento, innovación, financiamiento, infraestructura y un Estado capaz de coordinar y ejecutar. Rupturas y oportunidades insiste precisamente en superar la fragmentación institucional y vincular las prioridades nacionales con resultados concretos.
Costa Rica no parte de cero. Una guía reciente para discutir seriamente y con evidencia cómo avanzar en esta dirección es el libro de la Academia de Centroamérica, Productividad e innovación para un desarrollo productivo más inclusivo y sostenible: cómo superar la dualidad productiva en Costa Rica, disponible en la página web de la institución.
Los dos estudios de la Cepal dejan entonces un mensaje esperanzador pero exigente: haber escapado de la trampa de la baja capacidad para crecer no garantiza que escapemos de ella mañana.
El próximo salto consiste en convertir nuestra exitosa inserción internacional en capacidades nacionales: más productividad, innovación, empresas costarricenses internacionalizadas, mejores empleos y oportunidades en todo el territorio.
Costa Rica ya demostró que puede insertarse exitosamente en el mundo. Ahora debe demostrar que puede transformar esa inserción en desarrollo propio.
rmonge@academiaca.or.cr
Ricardo Monge González es el presidente de la Academia de Centroamérica.