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Emilio, 28 años: «Vivo en una casa contenedor de 13 metros cuadrados, pero no echo en falta nada. Al mes gasto unos 20 euros, sin contar la comida»

Abc.es 
Emilio tiene 28 años y hace un año y medio decidió irse a vivir solo a la montaña . Su nuevo hogar, lejos del ruido y de las presiones consumistas de la ciudad, es nada más y nada menos que un contenedor . El joven ha construido desde cero este cubículo de metal y lo ha adaptado a sus necesidades para vivir «feliz». Es la forma más rápida y barata que ha encontrado para irse de casa de sus padres. Él no quería pagar una hipoteca durante 40 años y, sobretodo, lo que buscaba era libertad personal y financiera. Lo ha conseguido con un terreno en la montaña, una inversión inicial inferior a los 1.500 euros y muchos tutoriales de YouTube sobre la vida autosuficiente. Hoy nos adentramos en su historia para descubrir cómo es vivir completamente alejado de la ciudad y cuánto cuesta una casa contenedor . El propio emprendedor lo ha compartido recientemente en las redes sociales, en una entrevista para el canal de Diego Revuelta ( @DiegoRevueltaTV ). La casa contenedor de Emilio mide «6 metros de largo por 2,40 de ancho», lo que resulta en un habitáculo de un total de 14,4 metros cuadrados . Estas medidas en un piso común son inpensables, pero el joven reconoce que «para una persona la verdad que me apaño bastante bien». Apenas pasa su tiempo en el interior sino en el resto de la finca: en el huerto, el parque de calistenia, un cobertizo trasero, una piscina portátil. «Este contenedor me costó 1.300 euros . Después, también me cobraron 300 euros del transporte», recuerda. El joven disfruta de un hogar de su propiedad a más o menos 100 euros el metro cuadrado. Lo montó a mano y en su interior habilitó una habitación principal, una cocina, un despacho y un baño completo. Insiste en que eso es suficiente: « No he hecho nada en falta ». El estilo de vida que lleva supone un gasto mínimo en comparación a el de un joven común que viva en una capital de provincia. Emilio explica que no tiene apenas facturas y las que tiene no le hacen un agujero en su economía. «Se paga el IBI —Impuesto sobre Bienes Inmuebles—, como en todos los sitios, pero se paga muy poco, unos 8 euros al año. Después el agua, pago unos 80 euros cada 5 o 6 meses. Viene un camión cisterna a rellenarme el agua. Luz, no pago nada . Compré en su día un kit solar con sus baterías, sus paneles solares y con eso me da más que suficiente para para vivir», enumera. Al mes gasta unos 20 euros, sin contar la comida. La cesta de la compra es su gasto más grande. «Eso es donde más se gasta , sí», comparte. Gracias a su huerto es capaz de suministrarse una dosis variada y diaria de hortalizas, pero sigue teniendo que ir a comprar otros productos para completar su dieta. El último desembolso que menciona es el de la bombona de butano , que le cuesta 16 euros. «Con eso cocino» y «a lo mejor me dura 4 o 5 meses». Todo este sistema de ahorro y subsistencia parte del miedo que Emilio tenía hace años de quedarse sin un sitio para vivir. «Una de las mayores preocupaciones que tenía antes, y creo que esto es compartido, es el tema vivienda», afirma. «Creo que es indispensable llegar a tener una casa. El día de mañana puede pasar cualquier cosa, me echan del trabajo, pasa esto, pasa lo otro. Tener un techo que sabes que es tuyo y que no te puede echar nadie . Sí, no sé si se llamará libertad, pero tranquilidad al menos la tengo». Esta empancipación fuera de lo común ha sido posible a pesar de su inexperiencia en la vida de campo y las labores manuales, como él mismo reconoce: « Me ha tocado aprender , aprender de todo. Sí, que también me viene bien para el día de mañana. Tengo cualquier problema y me lo puedo arreglar yo solo. No hace falta que tenga que venir hasta aquí un electricista , un fontanero, o lo que sea. Son cosas muy básicas» No quiere pagar una hipoteca, eso lo tiene «clarísimo». «Como no quería pagar tanto dinero por una casa , pues me puse a ver otras opciones. Lo primero era que necesitaba un terreno para poder vivir. Después empecé a ver qué podía poner en un terreno rústico. Vi caravanas, un camión, una caseta de obra y por cosas de la vida terminé con un contenedor». Un año y medio más tarde, el joven está viviendo por cuenta propia y se ilusiona por planear el futuro. Quiere tener una familia grande y enseñar a sus hijos las posibilidades que el campo ofrece, sin preocuparse por si algún día se quedará sin un hogar al que volver.

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