El periodismo incómodo de ‘La Nación’, una necesidad nacional
Dice el refrán que uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Por eso les cuento esta historia de aquel mediodía de junio de 1987, cuando el entonces presidente salvadoreño, José Napoleón Duarte (1984-1989), le dijo a Óscar Arias Sánchez: “Ojalá yo tuviera en mi país un enemigo como La Nación”.
Arias se quejaba delante de él –y delante mío– de la cobertura del periódico. Reclamaba que la información era sesgada, que los enfoques estaban dirigidos a perjudicarlo y que este medio era su enemigo de prensa más fuerte. Duarte puso fin a los reproches con aquella corta frase.
Fue en un hotel de Carrillo, Guanacaste. La Nación me había enviado a informar de un encuentro entre los mandatarios de El Salvador, Costa Rica y Guatemala –este último, Vinicio Cerezo–, después de una cumbre celebrada en San José para afinar el borrador del plan de paz para Centroamérica, aprobado finalmente en agosto de aquel año.
Pese al adverso preámbulo, Duarte aceptó que lo entrevistara sobre la inestabilidad política y la guerra en El Salvador. Pero llegó un momento en que debí apagar la grabadora. Él ya no quería hablar con el periodista; quería sincerarse. Me dijo que estaba enfermo, deprimido, cansado de la guerra y que afrontaba una amenaza de golpe de Estado. A los meses, se confirmó públicamente su diagnóstico de cáncer, enfermedad que lo llevaría a la muerte en 1990, a los 64 años.
Treinta y nueve años después, su frase inicial me sigue dando vueltas. No tuvo problema en hablar al medio que su anfitrión había presentado como “enemigo”. Tampoco se sumó a las quejas. Con esas pocas palabras, puso las cosas en su sitio: lo que para un gobernante puede ser una incomodidad –en este caso, el periodismo de La Nación–, para un país puede ser una necesidad.
No es que todo lo que publique La Nación merezca aprobación. Un periódico independiente está hecho por seres humanos, puede tener sesgos y debe estar sujeto a la crítica. La independencia no significa tener siempre la razón. Significa poder buscarla sin pedirle permiso al poder.
Ese principio tiene gran relevancia en tiempos como los que vivimos, en que la resistencia a la transparencia obliga al periodismo a preguntar lo que no quieren que se pregunte y a revelar aquello que se pretende ocultar. Si, por cumplir esa tarea, se le considera enemigo o canalla, gana el país. El compromiso es con los ciudadanos y su derecho a saber.
Eso está en el ADN de La Nación desde su primer día. En el editorial “Nuestro derrotero”, el 12 de octubre de 1946, sus fundadores prometieron independencia de todo sectarismo, “imparcialidad vigilante” y el análisis constante de las actuaciones de los funcionarios. También reivindicaron la “inconformidad permanente” como una fuerza creadora de progreso.
El concepto de inconformidad merece ser rescatado. Una democracia vigorosa necesita periodistas inconformes, es decir, dispuestos a cuestionar –sobre todo al poder– en nombre de los ciudadanos. Si lo hacen, es porque quienes dan soporte económico a la empresa –como lo son los propietarios y accionistas– también están convencidos de que la libertad de información contribuye a un mejor país.
Quien tenga dudas debe mirar lo que sucede en Nicaragua. El Ortega que llegó al poder por las urnas en 2006 convirtió al país en una dictadura donde no existe prensa independiente; la prohibió. El Bukele que también ganó democráticamente en 2019, dirige a su país, El Salvador, por la misma ruta. Allí los periodistas y medios críticos enfrentan restricciones, hostigamiento y exilio. En Costa Rica, aunque la situación es más favorable, cada día son menos los periodistas y los medios independientes.
Por eso, al cumplir La Nación sus 80 años, cabe preguntarse qué ocurriría si mañana este periódico se limitara a publicar lo que quienes gobiernan deciden que se sepa. El único ganador sería el poder. Los ciudadanos perderían una voz crítica, un ojo vigilante y alguien que escuche sus reclamos y exija respuestas.
En buena hora, los costarricenses no hemos perdido a La Nación. Su trabajo diario demuestra que la independencia informativa proclamada hace ocho décadas se mantiene alineada, desde su esencia, con los intereses de los ciudadanos. Solo eso es razón para celebrar.
amayorga@gmail.com
Armando Mayorga fue periodista de ‘La Nación’ durante 38 años. Actualmente, se encuentra jubilado.